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economía

Ahora, TLC con la UE
¿Qué esperar?

Ciro Murayama

El acuerdo comercial entre México y la Unión Europea, que ahora irá a su fase de ratificación por los respectivos cuerpos legislativos, contrasta con la estridencia de la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. La diferencia puede estribar no sólo en que con EU, de facto, la integración era una realidad demostrada por el volumen de los intercambios de mercancías que ya se daban antes del acuerdo y en la importancia que desde varias ópticas tiene la relación con el vecino del norte, sino también en el papel que los distintos gobiernos mexicanos le concedieron a cada uno de los puntos y en el debate que la oposición planteó.

En la administración de Carlos Salinas, el TLC fue presentado como la clave para que México consolidara su presencia en la economía mundial y para que, internamente, los frutos de las reformas estructurales -de privatización y liberalización- comenzaran a llegar a todo el engranaje económico y social de la nación. Siendo tan importante para el gobierno, no lo fue menos para la oposición: para los sectores mayoritarios de la izquierda mexicana el TLC significaba una cesión inaceptable de soberanía y una tormenta de malas noticias: destrucción de la planta productiva nacional, condena a los bajos salarios, la fatalidad de ser eternamente un país maquilador.

La discusión sobre el TLC, entonces, se sobrecalentó por ambas posturas y, finalmente, quedó desdibujada. Como señaló Paul Krugman en 1993, la ecuación de mercado libre más moneda fuerte (el escenario que privaba en México en aquel entonces) no era, ni por mucho, suficiente para garantizar el crecimiento e, incluso, la estabilidad macroeconómica. Por lo mismo, tampoco era acertado presentar al TLC como la puerta de llegada al mundo desarrollado. No, con el TLC se buscaban nuevas oportunidades, se abrían flancos de riesgo por la competencia, pero todo ello habría de desembocar en una ganancia en eficiencia económica inducida por importaciones más baratas. De eso se trataba el TLC y, grosso modo, eso ha sido. Si así se hubiera presentado por sus impulsores, quizá habría habido menos sombrerazo y más mesura y objetividad para saber qué esperar del acuerdo y, también, para evaluar sus costos y aportaciones.

En esta ocasión, el acuerdo con la UE significa, en términos prácticos, una serie de retos y oportunidades similares a las que, en su momento, abrió el TLC con Norteamérica aunque, es obvio, la importancia de los intercambios comerciales, su monto e intensidad son muy diferentes. Y, esta vez, que no se haya generado una polémica, así se quiera reducida con la participación de la clase política institucional y el sector empresarial, quizá encuentre explicación en los siguientes factores: no se trataba de una gran bandera política del Presidente y hay bastantes temas abiertos del debate político-económico (v.g. el rescate bancario) donde la oposición encuentra más tela de donde cortar; Europa no levanta los resquemores que Estados Unidos, y finalmente, mal que bien, la liberalización por fin se ha asumido como irreversible, lo cual puede dar un buen marco para discutir en serio la economía política del desarrollo mexicano en el futuro en un contexto de restricciones objetivas.

Aun así, el presidente Zedillo anunció que el acuerdo "significará la creación de más empleos para los mexicanos". Puede ser, pero no per se ni automáticamente; de nuevo, habría que apelar a la mesura.

Vayamos por partes a enunciar algunos de los efectos que son del todo predecibles. El acuerdo es bueno y válido porque permite el acceso de una amplia gama de productos a un mercado de 376 millones de consumidores y se podrán hacer compras de bienes a mejor precio, lo que habrá de traducirse en un aumento del comercio entre México y aquella región. De esta forma, y dada la vinculación de la economía mexicana con la estadounidense, habrá que esperar que el efecto "creación de comercio" sea superior al de la "desviación de comercio" (por tanto, son más los pros que los contras en pura clave de teoría del comercio internacional) y que, a la vez, crezca el peso del sector exterior en la conformación del producto nacional. Asimismo, acercarse comercialmente a Europa permite extender y estabilizar la demanda externa hacia nuestra economía, no sólo por la posibilidad de colocar mercancías en aquel mercado sino porque el ciclo económico en Europa suele ir a paso cambiado con el de Estados Unidos. La diversificación de mercados, entonces, puede contribuir a mitigar los efectos de una eventual recesión en el principal destino de las exportaciones mexicanas.

Por otra parte, la firma del acuerdo por sí mismo es una ratificación de la confianza de Europa hacia nuestro país. Expresa que México es ya considerado una democracia, que es una de las condicionantes de la UE para avanzar en este tipo de arreglos con terceros países, y eso también es susceptible de tener efectos directos positivos sobre otros capítulos económicos, como es la atracción de inversión extranjera directa (que en sus variables básicas introduce la consideración de la estabilidad políticoeconómica), donde la participación europea ha crecido en términos absolutos y relativos durante los últimos años (en especial, la española en el sector servicios).

Ahí, los efectos positivos. Los negativos, al menos en el corto plazo, como ya se señaló, se relacionan con el riesgo de desplazamiento, por razones de competitividad -que al final son de productividad- de productores nacionales del mercado interno por bienes europeos. Ahora bien, no cabe esperar un crecimiento importante del empleo por el mero hecho de tener horizontes comerciales externos más amplios.

El sector automotriz, por ejemplo, es uno de los grandes beneficiarios, y se trata de una rama de alto valor añadido, donde las ganancias en productividad han hecho declinar la demanda unitaria de trabajo, por lo que no es factible esperar que ahora ocurra lo contrario. En general, los sectores exportadores, salvo la maquila, no son intensivos en uso de mano de obra y, habría que añadir, la producción del sector primario es la que menos liberalizada resultó en el acuerdo -no por habilidad de nuestros negociadores, sino porque en Europa ese sector es el más protegido y ni las últimas rondas del GATT ni las gestiones de la OMC han removido las históricas barreras en las que se funda la Política Agraria Común (PAC)-, por lo que no se ve dónde habrá de darse la ampliación de la demanda de empleo de los sectores directamente beneficiarios del acuerdo.

De igual forma, si el acuerdo sirve para reforzar la llegada de inversión europea directa, ésta se dirigirá, como es usual en toda Iberoamérica, a la compra de empresas ya existentes, por lo que la principal derrama se traduce en un aumento de eficiencia y transferencia de tecnología y know how, pero no en creación de empleo. Si las más altas tasas de desempleo en la OCDE se localizan en Europa, es por lo menos ingenuo esperar que sus empresarios vengan a hacer aquí lo que no consiguen en sus dominios.

La generación de ocupaciones, el eslabonamiento productivo, la calcificación de la fractura entre sectores dinámicos y un amplio archipiélago de actividades donde se busca -por pura y dura necesidad- la sobrevivencia y no la maximización de beneficios que hoy conviven en la economía mexicana, son cuestiones que nuestra economía política ha de atender sin esperar que sean resueltos por los acuerdos comerciales, que tienen otros fines y otras virtudes y que, en todo, caso son complementarios a la estructura económica interna

Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

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