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La política no es esto
Mia Men Stilman
"El único mecanismo que puede frenar esta carrera hacia el desastre, en la fase de glaciación mundializadora a que hemos llegado, es el de una disidencia que implique progresivamente a una masa crítica de ciudadanos decididos a hacer prevalecer sus derechos elementales y a favorecer el advenimiento de una verdadera sociedad política. Esta disidencia empieza con el rechazo de la teología económica que ha confiado al mercado el gobierno del mundo... Tenemos poco tiempo, puesto que múltiples signos anuncian en nuestras sociedades desorientadas una pregunta inquietante: ¿está confiscada la democracia por un pequeño grupo de privilegiados que la usan en su casi exclusivo beneficio?" (Ignacio Ramonet, Un mundo sin rumbo. Crisis de fin de siglo). Un fantasma recorre Europa. Es el fantasma del desencanto político. En una Europa que tiende inevitablemente hacia la cohesión, encontramos una lamentable realidad: la juventud de izquierda se halla desprotegida, casi podríamos decir desilusionada. La juventud que me rodea ya no es como la de antaño. Nos hallamos en un sistema donde ya no luchamos por causas determinadas sino que simplemente "somos" antisistema, por naturaleza y por convicción. Es una especie de grupo que contradice sin dar soluciones y cuando realmente tiene las respuestas le han cambiado las preguntas. Y es que ser de izquierda en la actualidad ya no es tan fácil, y esta sectarización y grupusculización de la izquierda española lo único que hace es beneficiar a sus oponentes. Bastante clarificadora resulta la respuesta que dio Habermas en su momento cuando se le preguntó por el significado de ser de izquierda: "Si quisiera participar en el juego de qué es la izquierda estaría aún más confundido de lo que estoy. Todo el mundo sabe qué es la izquierda. Ahora díganme ustedes por qué ya no lo saben". Partamos, sin embargo, de una visión más global; podríamos decir que el sistema político español actual debe, en principio, ser tildado de democrático sin duda alguna. Pero ello entraña inevitablemente un error, y es que el sistema como tal se ha estancado. Que nuestra democracia actual nos satisfaga enormemente más que los modos franquistas de actuar o que los sistemas políticos de países como Cuba o Argelia, no nos debe dejar caer en la euforia. Todo es mejorable aunque nada perfecto. En las pasadas elecciones autonómicas y al Parlamento Europeo me topé con una realidad bastante difícil de asimilar; jornadas antes del 13-J se me planteó de pronto la duda del voto. Y es que si, por una parte siempre he sido partidaria acérrima de la participación ciudadana, porque la política es un asunto que nos atañe a todos y no sólo a unos pocos que se dedican a ello, llega un momento en el cual se me creaba el enorme dilema de a cuál partido político apoyar. El problema no reside tanto en a cuál partido donar mi voto, pues eso siempre lo he tenido bastante claro. El problema es que el único partido donde siempre he visto plasmados mis ideales, claramente de izquierda, ya no es tal, lo cual puede ser achacable a todos las grandes formaciones políticas españolas. (Aunque en menor medida a la derecha, siempre caracterizada por la unidad y la decisión.) La idea básica era la siguiente: debía emitir mi sufragio para que fuera a recaer en un partido que representara lo "mejor dentro de lo peor". Y sinceramente, a mi edad, enfrentarme a este pensamiento es bastante desconcertante. Porque la juventud actual tiene suficiente fuerza e ilusión para cambiar lo que no nos satisface en función de unas determinadas necesidades, participando en los foros políticos y expresando nuestras inquietudes. Sin embargo no se da. Y no se da porque la gran masa de izquierdas comprendida entre los 18 y 25 años tiende mayoritariamente a las utopías y a la radicalización de los ideales. Debemos dar respuestas ahora y para tiempos actuales donde no cabe hacer apología del anarquismo o el comunismo porque está inevitablemente condenado al fracaso en tanto el hombre es tal. Porque el socialismo está por delante del marxismo, y la izquierda por delante del socialismo. Tal vez estos jóvenes puedan darse cuenta, hoy más que nunca, de que las ideologías en términos de Weber, o en sentido marxista, han llegado a su ocaso. Tal vez podamos apuntar que la ideología se ha desideologizado porque no es posible decir, pese a todas las posibles carencias de nuestro sistema, que su principal característica sea la de venir dada por la "clase históricamente dominante". Pero, volviendo a las anteriores elecciones, debemos precisar una cuestión que, creo, no es baladí: la imagen pública que nos ofrecieron nuestros candidatos fue lamentable. Como muy bien dijo Joaquín Estefanía, para que haya un debate público fructífero sobre las cosas que acontecen, han de existir mínimas reglas de juego: por ejemplo, el respeto de las partes que se confrontan dialécticamente. Sin embargo, las críticas e insultos entre las distintas formaciones eran el pan nuestro de cada día, como si de un encuentro futbolístico se tratara y donde lo único que importaba era obtener la victoria. No señores, no; las cosas no son así. La política no es esto. La política debe servir a fines claros de desarrollo organizativo y conducción de las sociedades en las diferentes instancias: económica, social, etcétera. La ética debe ser el fundamento básico de la existencia y práctica política. Ya no había propuestas; sólo injurias y calumnias. Es bastante ilustrativo el hecho de que yo tuviera que acudir a un medio como Internet para conocer un programa electoral; un medio altamente cualificado para llevar a cabo labores políticas como la que nos ocupa; un medio donde la palabra la tiene la sociedad, el individuo de a pie, con las mismas oportunidades de plasmar sus necesidades y propuestas un adolescente de Francia, que un anciano de Paraguay. Porque la política debe ser para la sociedad, nunca viceversa. Las bases ideológicas, los fundamentos en los cuales se basa un partido deben ser conocidos por la sociedad en su conjunto. Y ello no es posible en tanto los políticos continúen escondiéndose tras la palabra, como muy bien ha apuntado Rosa Díez; en tanto la palabra esté al servicio del poder y no el poder al servicio de la palabra. Estamos cayendo en el opuesto, y como dijo Borges: "Nos entendemos a pesar de la palabra". Porque con cada palabra de un candidato hay un mundo de intereses ocultos detrás. Definitivamente, como señaló la ministra francesa Martine Aubry, "hay que reconstruir la política". Los programas políticos deben ser explicados a través de unos medios de comunicación que lleguen a la totalidad de la sociedad; unos medios que, no como los actuales, no se vean manipulados estando en manos de los que gobiernan. Todos estos datos me llevan a cuestionarme si estamos ante una verdadera democracia. Formalmente parece claro que nadie podría aseverar lo contrario sin "oír murmullos de fondo". Sin embargo, preguntarnos por el significado del término democracia actualmente puede acarrear una pluralidad de puntos de vista, lógicamente más subjetivos que científicos y posiblemente todos válidos. ¿Es la participación el eje en torno al cual gira la democracia? Por esta regla de tres, la solución vendría a ser excesivamente simple; implicaría que los mayores niveles de democracia serían consecuencia directa de una mayor posibilidad de elección ciudadana. Sin embargo, yo no tomo como válida esta postura. Es cierto que un mayor número de formaciones políticas vendría a representar a una población cada vez más heterogénea ideológicamente. A su vez, y desde mi humilde punto de vista, la democratización del sistema no debe provenir de esta cuestión sino de elementos como la posibilidad de elegir qué persona es la más adecuada en una formación política para llegar a ser candidata y en su caso presidente; de la misma forma que en su momento planteó el Partido Socialista en referencia al señor Almunia y al señor Borrell. Sin embargo, tampoco debemos caer en la trampa pues, si bien por una parte las primarias socialistas pretendían ser un reflejo de la tan deseada Democratización, ésta se quedó como mucho en democracia con minúsculas. Borrell, el elegido por los "alumnos", no era el predilecto del profesorado. Y volvimos a caer en lo mismo, en la falacia frente a las bases, en la hipocresía política. Borrell, nos gustara o no, había sido, más que nunca, democráticamente elegido. Pero el aparatosocialista no pudo asumirlo. El aparato socialista, del mismo modo que lo "creó", lo eliminó. Porque, por lo visto, el cliente no siempre tiene la razón. Las respuestas a todas estas interrogantes no están en manos de nadie. Es cada sociedad -a lo largo de la historia- la que va dictaminando qué sistemas políticos parecen los más adecuados, con base en las experiencias vividas, en una cultura, en unos ideales. Y cada etapa debe servir para aprender de los errores y los aciertos, y para que la utopía se convierta en realidad. Tal vez algún día no tan lejano la política deje de ser cosa de unos pocos y la crítica entre partidos pase a ser constructiva. Soñar no cuesta nada Mia Men Stilman es estudiante de Derecho y Ciencia Política y la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid. Correo: men@arrakis.es |
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