etcétera el país el mundo dinero columnas
gente medios ciberia ensayos
libros cultura mañana tianguis
espectáculos águila y sol etcétera
el mundo

aldea global
Se entierran los cuchillos
María Cristina Rosas

textos
¿Un nuevo Nuremberg?
Luis T. Díaz Muller

 

 

 

 

 

real politik

Tratado a las prisas
Capitulación y desinformación

María Cristina Rosas

Por fin concluyó la negociación entre México y la Unión Europea, mediante la cual se liberalizarán el comercio y la inversión entre las partes involucradas, estableciendo, al mismo tiempo, un diálogo político al más alto nivel. El acuerdo se buscaba desde el inicio de la administración del presidente Zedillo y, de hecho, se convirtió en su más importante objetivo en materia de política exterior. Originalmente el proceso negociador en sí fue pensado para comenzar en el segundo semestre de 1995, cuando España presidía el Consejo de la Europa comunitaria. Sin embargo, la crisis financiera y el paquete de rescate por 51 mil millones de dólares que Washington le otorgó a México, minaron sensiblemente la capacidad de gestión de los mexicanos y, hacia finales de 1995, cuando Madrid abandonaba la presidencia de la UE, el acuerdo se mantenía en el limbo.

Posteriormente, las exigencias de Bruselas hacia México se incrementaron. La UE planteó como condición sine qua non que México adoptara la cláusula democrática que los europeos imponen a casi todos los países con los que negocian acuerdos comerciales. A pesar de las reticencias iniciales del gobierno mexicano, finalmente se accedió a ello en medio de declaraciones muy atropelladas (todo mundo recuerda que antes de que el gobierno mexicano anunciara que sí aceptaría la suscripción de la cláusula en cuestión, el entonces canciller José Angel Gurría dijo que "nadie podría enseñar a México cómo ser democrático" para, más adelante, desdecirse con su ya célebre "por supuesto que siempre estuvimos a favor de la cláusula democrática").

Cuando se estableció el proceso negociador con el envío de Jaime Zabludovsky a Bruselas, la UE señaló que no aceptaría un acuerdo que no le diera a los socios comunitarios un acceso idéntico al mercado mexicano que aquel del que gozan Estados Unidos y Canadá en virtud del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC). La pretensión enfadó a más de uno de los negociadores mexicanos, quienes a sabiendas de la importancia política de suscribir un acuerdo con la UE también entienden que en términos de comercio, la magra relación con México no justifica un documento similar al TLC. Sin embargo, la insistencia y los condicionamientos de los europeos, combinados con la débil capacidad de gestión de México, determinaron que se aceptara la mayor parte de las exigencias de los países europeos en circunstancias no del todo claras.

Una lección que arroja este proceso es que México ha perdido a pasos agigantados el bargaining power que, por ejemplo, tenía en 1991 cuando signó con la entonces Comunidad Europea el Acuerdo Marco de Tercera Generación. Ciertamente eran otras condiciones: en ese tiempo, los mexicanos gestionaban el TLC con EU y Canadá, y Bruselas temía que ese acuerdo pusiera en peligro sus intereses comerciales y de inversión en México. Asimismo, se buscaba mantener la posibilidad de que el territorio nacional fuera plataforma para que diversos productos e inversiones europeos llegaran a la Unión Americana. Pero también en aquellos momentos, México proyectaba la imagen de un país moderno, reformado, camino a la democracia, capaz de sentarse en la misma mesa de las negociaciones con la primera potencia mundial. Todo ello determinó que a México se le "exentara" de la cláusula democrática y que el Acuerdo Marco de Tercera Generación fuera suscrito con gran celeridad.

Contrástese ese escenario con elactual. La negociación con la UE se concretó prácticamente al final de la administración del presidente Zedillo. México capituló con la cláusula democrática, con las concesiones a los países europeos y todo ello en reuniones maratónicas en torno a las cuales surgen muchas preguntas. La comunidad empresarial mexicana ha dicho que ignora los términos de la negociación. La desinformación sobre el acuerdo gestionado es tal, que en un inusitado consenso entre los tres grandes partidos políticos presentes en el Senado se ha dicho que la ratificación no procederá en tanto no se haga una evaluación detallada del texto base del documento. Y a pesar de que la ratificación de tratados internacionales es una atribución que la Constitución reserva al Senado, varios diputados han insistido -a propósito de la nebulosidad que rodea al acuerdo en cuestión- en que también la Cámara baja debería tener la capacidad de ratificar este tipo de documentos (como ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos).

Esta situación remite a los tiempos cuando se negoció el TLC, con las mismas prisas de siempre, poniendo en primer lugar de prioridades las necesidades del socio comercial en cuestión (en ese caso Estados Unidos) porque los tiempos políticos así lo demandaban (concretamente la Convención Republicana de Houston en la que George Bush utilizaría al TLC como su plataforma electoral). Hoy se concretó el acuerdo con la UE porque también así lo demandan los tiempos políticos: el presidente Zedillo tomó como principal bandera en materia de política exterior la concreción de este documento con la UE y es evidente que lo presentará como un gran logro de su gobierno. Sin embargo, los medios no deberían confundirse con los fines. Si la idea era hacerle ver a Estados Unidos que México tiene capacidad negociadora suficientemente amplia como para concretar un tratado comercial con Bruselas, y de esa manera buscar en Europa contrapesos a la injerencia de Washington en los asuntos mexicanos, la medicina resultó peor que la enfermedad. No es incrementando la dependencia hacia Europa como México ganará márgenes de maniobra en su relación con la Unión Americana. En todo caso, debería buscarse una relación interdependiente. Y es que un acuerdo correctamente negociado, defendiendo los verdaderos espacios que Europa occidental ocupa en el comercio y la inversión que llegan a México, habría sido más benéfico al amparo de la prudencia. Porque de otra manera, México proyecta la imagen de un país capaz de aceptar cualquier cosa, con tal de anunciar que posee un acuerdo comercial con la Unión Europea. En adelante, ello podría llevar a otras potencias a exigir más concesiones comerciales y en materia de inversión a México, sin ofrecer la tan necesaria reciprocidad.

De todas maneras, el acuerdo seguramente será ratificado por el Senado. Pero ese derrotismo en la política exterior mexicana debe ser analizado con cuidado: ojalá no sea una tendencia que se reproduzca en futuros gobiernos, dado que toda negociación implica dar y recibir, y no claudicar a cambio de tan poco

María Cristina Rosas es profesora-investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Correo: mcrosas@df1.telmex.net.mx

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores