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puros cuentos

Treinta y cuatro

Laura Islas Reyes

Maldita sea. ¿Dónde diablos se habrá metido? ¿Dónde estaba? ¿Qué estaba haciendo?

Del primer piso se alcanzó a escuchar una voz, es su voz, seguramente es su voz. Hay alguien ahí, alguien anda por ahí, con ella.

¿Con quién demonios habla? Es un hombre, ella está hablando con un hombre.

Casi puede verla, recargada en la balaustrada color ceniza, balanceándose hacia el frente, hacia la nada de donde sopla un viento fuerte. Siempre sonriente, siempre risueña. Mientras tanto él, ¿cómo es él? No, no puede ni siquiera imaginar su cara, pero sabe que está frente a donde ella da la espalda divertida y probablemente mira con atención su boca cuando habla.

Risas, alguien se ríe, ¿serán ellos?, qué le dirá él que le causa tanta gracia y consigue atrapar la mirada de ella en la suya. Se observan detenidamente los ojos con los que se acercan hasta tocarse. Sopla fuerte viento otra vez, él acomoda el cabello que se le despeina, y ella, en su tímida estrategia hace como que se apena, simula una sonrisa y baja la cabeza. Algo más dicen, algo más hacen, quizá él le ponga la mano en el hombro mientras ella le dice algo triste o exagere una noticia fatalista.

Celos, no es que sean celos, pero sería mejor bajar y mirarlos, saber con certeza qué están haciendo y no suponer por qué bajan la voz o guardan silencio. Por qué ella ríe, por qué él la mira absorto. Hay que ir al piso inferior y saludarlos, andar sin buscarlos y encontrarlos casualmente y entonces saludarlos, entrar en su cintura y saludarla y permanecer ahí, sólo para cuidarla. Pobrecita, tan frágil, que cualquiera con o sin proponérselo puede lastimarla.

Pero por otro lado, ir y andar sin buscarlos para encontrarlos parecería como si hubiera cedido ante ellos, ante ella. Como reconocer que no pudo contenerse para vigilarla, como que no hubo forma de reprimir esa ansiedad, simple curiosidad e interés por saber qué hacían. También es probable que ni siquiera se imaginen que ganaron, o quizá ni cuenta se han dado de que está arriba, tratando de descifrar sus murmullos y risitas, teniendo que cerrar los ojos para no distraerse con el color rojo de un auto que acaba de pasar enfrente. ¿Acaso será eso?, ¿es que no se han dado cuenta de que los vigilaba, de que está pendiente de lo que abajo sucede? Mejor para él, así no se dan su importancia, así no se creen indispensables (sobre todo ella) y ni se enteran de su victoria (si es que se decide a bajar al primer piso). Si así fuera, qué ingrata le parece ella, que no se ha percatado de que él está preocupándose por lo que pudiera llegar a ocurrirle y por lo que hace, dice o quiere. Y el otro, tan aprovechado de que ella tan tonta, que pensándolo bien no lo es tanto ni es tan ingenua ni está tan perdida, dejándose querer y adorar como si fuera una diosa.

Aunque él sabe de sobra que nunca fue narcisista o ególatra, vivía enamorada de él y de la eternidad de su cuerpo en un espejo, pero siempre deseaba parecerse a alguien y nunca creía que otro llegaría a amarla, y entonces podría ser que ahora ya se hubiera enterado de que no fue siempre así y estuviera sacando provecho y ventaja de un pobre imbécil que le demostraba interés; por lo tanto, se deduce que tal vez todo el tiempo lo supo -se supo querida- y había estado mintiendo.

Farsante, mentirosa. Ahora se siente engañado, timado, como el pobre idiota con el que está abajo y que, iluso, se debe creer el único. Debería bajar y reclamarle, humillarla, buscar a la vecina del departamento treinta y cuatro para tomarla de la mano, decirle cosas que a las mujeres les gustan y pasearse frente a ella, demostrándole que no le importa.

Se callaron, se cayeron las voces que estaban descolgadas desde abajo. No hay nadie, se fueron, ¿a dónde se largaron?, ¿dónde se metieron? Ahora sí corre peligro, ella está en el filo de la navaja, si regresa salva sería capaz de perdonarle todo. Nunca dejará de reprocharse si alguien la daña, si alguien la toca y rompe su frágil mirada llena de alegría, en pesadas lágrimas, como las que se agolpaban cuando le venían desde lejos los recuerdos.

Hay que encontrarla para salvarla antes de que le pase algo de lo que después no se quiera acordar. Corriendo de dos en dos los escalones. El fatídico piso uno. Una silueta.

Maldita y mil veces maldita suerte. Pobre, pobre indefensa e insegura. Maldición, ahí está de nuevo. Ella sola de espaldas, vestida de crochet amarillo, ensimismada en sus ideas y firmemente apoyada en el viejo barandal, jugando, perdiendo el tiempo con la profundidad de la postal que dibuja un pájaro mirlo y pinto que acaba de atravesar el cielo.

El se enfada, se enoja tanto que entra en su cintura y sin decir algo, mudo le reclama, algo le echa en cara mientras ella sonríe, se vuelve hacia él y asombrada -no tanto- le pregunta por qué tardó tanto tiempo en bajar

Laura Islas Reyes es periodista.

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