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Experimentos con humanos

José Luis Durán King

En marzo de 1945, Ebb Cade, un negro de 53 años, se fracturó algunos huesos en un accidente automovilístico. Fue trasladado al Hospital del Ejército Proyecto Manhattan de Oak Ridge, en Tennesee. Durante varias semanas le fueron inyectados 4.7 microgramos de plutonio, el combustible radiactivo para bombas atómicas. Los científicos querían saber qué sucedería en caso de que el metal entrara accidentalmente en los cuerpos de los laboratoristas. Ebb Cade fue el primero de 18 sujetos inyectados con plutonio en experimentos financiados por el Estado en los dos años siguientes. Ninguna de las personas sujetas a experimentación fue advertida acerca de lo que se les estaba suministrando, tampoco a ninguna se le pidió su autorización.

En 1994, tras la publicación de una serie de artículos sobre las inyecciones de plutonio, el presidente William Clinton creó un comité para investigar el asunto, abriéndose así -aunque fuera parcialmente- el acceso a millares de documentos hasta entonces secretos. Jonathan D. Moreno, un biomédico genetista de la Universidad de Virginia, trabajó para el comité empapándose de la historia de los experimentos que el gobierno de Estados Unidos llevó a cabo crípticamente en humanos, experimentación clandestina amparada bajo los presuntos intereses de la seguridad nacional emanados de la Segunda Guerra Mundial y bajo el calor nuclear de la guerra fría. El resultado de esa parte de la historia que tocó de cerca al biomédico genetista fue el libro Undue Risk, el cual hace un escalofriante recuento de la experimentación en sujetos humanos con agentes biológicos y químicos, también radiactivos, así como de las políticas -o, más bien, de la ausencia de éstas- que el gobierno de aquel país emplazó o aplazó en dichas operaciones.

Durante la Segunda Guerra Mundial, agencias civiles y militares financiaron numerosos experimentos paralelos a la investigación de la penicilina, de los agentes contra la malaria y de la protección contra gases tóxicos. Los sujetos en experimentación eran objetores de conciencia, presos, pacientes de hospitales, estudiantes y reclutas del ejército. La mayoría fue informada de los riesgos de la empresa. Sin embargo, muchos otros "participaron" sin su conocimiento o consentimiento, incluyendo, como apunta el biomédico Moreno, "decenas de miles de soldados", quienes fueron expuestos deliberadamente a gases tóxicos con el único objetivo de que la industria militar probara ropa y máscaras antigas.

Jonathan D. Moreno señala en su obra que durante los famosos juicios de Nuremberg, los abogados de los médicos nazis invocaron ciertos experimentos llevados a cabo por los estadounidenses, en un intento por defender a sus clientes de las atrocidades que se les imputaban. De esta manera, la corte de Nuremberg, aparentemente inquieta por las acusaciones veladas de los abogados nazis, promulgó lo que con el tiempo se conocería como el "Código de Nuremberg", una lista de derechos para los sujetos seleccionados para experimentación médica. Entre otras cosas, según el código, el consentimiento de las personas en cuestión "es absolutamente esencial". El participante no debe encarar un riesgo no advertido, además de que tiene el derecho a dar por concluido el experimento en el momento que lo desee.

A pesar del Código de Nuremberg, la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos careció de una política gubernamental general en la experimentación con sujetos humanos. El Departamento de Defensa aprobaría dicha política hasta después de 1953 y sólo en lo que concierne a guerras atómica, química o biológica, aunque aquélla no fue lo suficientemente promovida. Jonathan Moreno arguye que una de las razones de la carencia de una política bien reconocida fue el secreto que rodeaba a los programas de defensa. Otra causa fue la tendencia de los científicos médicos a no aceptar interferencias en su trabajo.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los militares expusieron a las tropas de tierra -sin el conocimiento de éstas- a explosiones de prueba. Por otra parte, el Servicio de Salud Pública estadounidense obligó a los propietarios de minas de uranio a prestar sus instalaciones para que los científicos estudiaran a los mineros expuestos a la radiación. Asimismo, alrededor de seis mil 700 personas recibieron drogas psicoactivas por parte del ejército o la CIA.

Jonathan Moreno habla también de operaciones a gran escala, como la llamada Paper-Clip, que a partir de 1945 reclutó en las filas estadounidenses a científicos alemanes, incluyendo algunos que guardaban complicidad con la investigación biomédica nazi. Moreno sugiere que algunos de estos médicos alemanes practicaron pruebas "abusivas" entre el personal militar estadounidense.

En la larga y al parecer interminable experimentación con sujetos humanos aún estamos a la espera de la documentación de una historia que fue revelada en los años 70: el estudio de la sífilis financiado por el Servicio de Salud Pública de EU, el cual tomó mayoritariamente como objetivo a elementos de la comunidad afroestadounidense

José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa.

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