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Gordos
Fedro Carlos Guillén
Lo hemos dicho en repetidas ocasiones: ser gordo no es buen negocio en estos días de bulimia y modelos de pasarelas que pesan menos que un perro maltés. Las que tienen que aguantar los gordos del mundo son muchas tiznaderas que van desde los apodos hasta el desprecio público. Sin embargo, una amenaza más se cierne sobre aquellos que son generosos en carnes. La señora Patricia Jones (nombre de a mentiritas, pues ella pidió el anonimato), una dama que pesa 140 kilos, perdió su trabajo en junio y de inmediato se dio a la tarea de encontrar uno nuevo. Aparentemente la que no es la señora Jones ha recibido llamadas constantes de reclutadores que revisan sus antecedentes, le consiguen entrevistas telefónicas y hasta ahí el asunto marcha sobre ruedas; sin embargo (y en este "sin embargo" de diez letras cabe plenamente la imbecilidad que tiene 11, lo cual no deja de ser una paradoja semántica), apenas se presenta a una entrevista personal es descartada. ¿Por qué? Por su aspecto. Un reciente estudio de la Universidad del Oeste de Michigan publicado en una revista especializada en tópicos psicológicos ha demostrado que la discriminación en contra de personas obesas es un signo de los tiempos que vivimos. Una de las evidencias encontradas en el trabajo -realizado con 29 estudios acerca de personas que tienen sobrepeso- es que los salarios iniciales de la gente "normal" comparados con los que reciben los gordos son, en promedio, tres mil dólares más altos. El doctor Mark V. Roehling afirma que uno de los prejuicios más frecuentes entre los empleadores es que los obesos son flojos y carecen de higiene personal (y los italianos son guapos, así como los brasileños buenos futbolistas, agregaría un servidor que navega por los mares del estereotipo). La discriminación, además, se fundamenta en la creencia de que aquellos que tienen sobrepeso, son directamente responsables de esta condición y, en consecuencia, poseen poca fuerza de voluntad. Otra razón para despedir o no contratar gordos se centra en criterios de "imagen corporativa" (imaginar una empresa con gente rubia de dientes rubios y figuras envidiables para entender el término anterior). La batería legal para defenderse de este acoso parece ser débil, pues para que los discriminados tomen medidas civiles deben acogerse al Acta de Norteamericanos con Limitaciones, un instrumento al que pueden acceder si tiene 100% más de su peso ideal, por lo que muy pocas demandas han sido ganadas por parte de gente que no encuentra trabajo debido a su aspecto. La otra cara de la moneda la ofrece la señora Kristin Accipiter, de la Sociedad para el Manejo de Recursos Humanos, quien argumenta que las razones de la discriminación son económicas y no estéticas, pues las personas obesas requieren de mayores gastos en salud y se ausentan del trabajo con más frecuencia que el promedio de la gente, por lo que su productividad es menor. Datos de la Revista americana de promoción de la salud indican que 5% del total de los gastos de atención médica en EU se dedican a atender cuestiones de obesidad. Accipiter ofrece una salida que no alcanzo a comprender cabalmente: dar estímulos a los empleados que pierden peso, como lo ha hecho la empresa Xerox durante los últimos 15 años. ¿Y por qué no a los que se operan la nariz o a los que hacen pesas o a las buenonas de minifalda? Vuelvo a preguntarme sin tener respuestas para entender un mundo tan moderno y tan progresista que permite que la gente, sólo por ser diferente, no pueda tener derecho a una vida digna. Qué pena Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM. |
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