![]() |
el país | el mundo | dinero | columnas |
| gente | medios | ciberia | ensayos | |
| libros | cultura | mañana | tianguis | |
| espectáculos | águila y sol | etcétera | ||
|
libros |
||
|
de la imprenta tintero atril
|
El resplandor de Carrizales
Héctor González Jordán
Carrizales es un pueblo que bien se puede suponer surge con el siglo. Ubicado cerca de la costa, al sureste del país, los tupidos bosques que lo rodean se convierten en fuente de su principal riqueza; de igual forma es el lugar que se convirtió en cuna de los Cazares, una dinastía de hombres que inicia con don Rosario, un cantinero que llega a Carrizales en busca de oportunidades, de la mano de su hijo Mariano, quien será el primero en padecer la fiebre de la codicia cristalizada en la madera y la contagiará a su hijo Julián, e ir armando con el resto de los descendientes una cadena de obstinados hombres de negocios. Para los Cazares la única ley válida es la "ley de la bragueta", misma que aplicaban con rigor a quien -a juzgar por cada uno de ellos- se la merecía. La vida en Carrizales tiene su propio ritmo, que en ocasiones no parece ser el mismo que se mantiene en el resto del país, pero en la medida que se desarrolla la revolución mexicana, sus efectos hacen eco en un lugar donde el progreso se presenta en favor de quienes lo pueden costear. Desde un principio, la madera juega un papel fundamental en la región, pues alimenta de prosperidad las ilusiones de quienes están dispuestos a arriesgarse y levantar lo que será su nuevo hábitat. Los grandes negocios y las grandes empresas, al igual que la desgracia de Mariano y su hijo Julián Cazares, giran alrededor de la caoba, elemento que se convierte en manzana de la discordia entre gobernantes y terratenientes. Quien controla la madera tiene el dinero y, por consiguiente, el poder. Lo que en primera instancia es un sueño termina por convertirse en una obsesión. Las mujeres y el dinero son las dos pasiones de los Cazares, ambas se heredan a las generaciones subsecuentes, tal es el caso de Julián, nieto de Mariano, quien padece las mismas debilidades y corre la misma suerte que sus antecesores, sólo que en otro escenario, ya no en Carrizales, sino en la ciudad, donde no mantiene pleitos con terratenientes sino con empresarios. Arropada por el paso del siglo, El resplandor de la madera, la más reciente novela de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, Quintana Roo, 1946), es un recorrido por el tiempo, que inicia en los momentos finales del porfiriato, nos permite percibir el paso de la revolución mexicana y de ahí hasta nuestros días; todo bajo una estructura poco usual en la literatura mexicana que invita a leerse de tres maneras. Siguiendo los capítulos titulados: Casares, enumerados de manera arábiga, tenemos la novela que nos presenta la historia del conflicto entre Julián Casares y su tutor, un empresario duro y corrupto, capaz de hacer casi cualquier cosa en pro de sus intereses; por otra parte, los capítulos denominados Carrizales, ordenados en numeración romana, recogen en voz de Presciliano el cronista de Carrizales -personaje con el cual el autor recupera la figura del escribano-, el ascenso y la caída del imperio de los Casares. En ambos casos se puede considerar una novela independiente de la otra, a pesar de relacionarse. La tercera posibilidad para acercarnos a la obra se consuma al momento de leerse en conjunto y no alternados los relatos, es entonces cuando el ejercicio de la lectura se vuelve más interesante y, por qué no decirlo, hasta lúdico. Este tipo de estructura de inmediato nos hace recordar a Julio Cortázar o William Faulkner, la intención de involucrar al lector de una manera más activa al momento de su contacto con el libro, la recoge el autor a manera de homenaje a sus maestros, donde también se puede ubicar a Juan Rulfo. Más allá de la ficción que presenta El resplandor de la madera, el autor hurga entre las acciones de los personajes masculinos. El hilo conductor de la novela es el carácter de los Cazares, su arbitrariedad y autoritarismo, así como la amplia colección de mujeres -quienes en palabras de Mariano Cazares, deben tener las mismas cualidades que la caoba, ser maleables y resistentes- y, por ende, de hijos; la noción de padre en cada uno se manifiesta como un espectro que no pasa de merodear lo que le pertenece. La ausencia de la figura paterna se transmite de generación en generación, para finalmente quedar plasmada dentro de la novela como una realidad, que quizá tiende a ser cada vez más constante -actualmente son más de ocho millones de hogares en México donde recae en la mujer el principal sostén-; en el caso de los Cazares la historia siempre se repite, terminan abandonando -mas no desamparando- a su esposa y a sus hijos, a cambio de sus intereses propios. A pesar de que puedan adquirir plena conciencia de lo que hacen no tratan de evitarlo, sus impulsos y debilidades terminan por imponerse. En Héctor Aguilar Camín es evidente la influencia de su ejercicio periodístico y de investigador dentro de su obra literaria; el escritor asimila un momento histórico a partir del cual se desarrollará una historia, como ya lo ha hecho en otras ocasiones, por ejemplo, Morir en el golfo (1985) o La guerra de Galio (1991). Las pugnas políticas en las que el poder está en juego, son situaciones presentes dentro de El resplandor de la madera, inclusive algunas cosas podrían interpretarse con cierta similitud a cuestiones reales que, seguramente, sólo pasan en México pero que son dignas de la ficción, por ejemplo, que el gobierno recurra a una adivina como asesora -cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia-. Finalmente, en palabras del propio autor, El resplandor de la madera está guiada por la idea que lo motivó a hacerse escritor Héctor Aguilar Camín, El resplandor de la madera, Alfaguara, 1999, 470 pp. Héctor González Jordán estudió Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. |
|
|
|
![]() |