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Mejor un sueñito
Fedro Carlos Guillén

 

 

 

 

 

Mensajes divinos

Fedro Carlos Guillén

En este mundo matraca lleno de milenaristas que buscan mensajes ocultos porque pasó la mosca es muy fácil hallar signos escalofriantes. No me refiero a encontrar en un aeropuerto a un señor vestido con una sábana pidiendo dinero (aunque pensándolo bien el asunto sí es ligeramente escalofriante), sino a algo más elemental: si uno busca con suficiente ahínco puede hallar relaciones que explican (siempre ex post) las cosas de la vida. Así, por ejemplo, se argumenta que la Línea 2 del Metro tiene la misma longitud que la base de la pirámide de Keops y ello presupone una fatalidad que se manifiesta el día que a un coterráneo chilango se lo lleva el tren porque se cayó a la vía.

Haga favor, querido lector, de leer el siguiente párrafo en inglés, que proviene de la Biblia:

And hast not suffered me to kiss my sons and my daughters? Thou hast now done foolishly in so doing.

El contenido del texto, que habla de besar parientes, es lo de menos. Lo interesante es empezar con la "r" de la palabra "daughters" y a partir de ahí seleccionar cada cuarta letra hasta la segunda "l" de "foolishly", ¿resultado? La palabra "Roswell". Acto seguido hay que seleccionar la "u" de "thou" y escoger las dos siguientes decimosegundas letras, lo que queda es "Ufo". ¿Y qué con eso? Pues resulta que Roswell es un lugar en Nuevo México donde en 1947 supuestamente se estrelló un ovni que, como usted supone, se dice ufo en inglés. Ante esto la conclusión inmediata es que la Biblia está llena de mensajes en clave acerca de nuestro futuro.

Sin obviar la nada obviable idea de que los textos sagrados no fueron escritos originalmente en inglés, un grupo de estadísticos se dio a la tarea de buscar estas palabras a través de lo que ellos llaman secuencias equidistantes de letras (SEL). En 1994 se publicó un artículo firmado por los doctores Witzun, Rips y Rosenberg en donde se enseñaba una cantidad importante de mensajes agregando que la probabilidad estadística de que esto ocurriera era tan pequeña que podría suponerse un origen divino. (¿No es un mundo hermoso aquel en el que los científicos buscan evidencia de Dios?) De hecho, se generó una especie de culto alrededor de esa idea sin que nadie reaccionara, hasta que en septiembre otro grupo de científicos publicó una refutación ligeramente contundente y cargada de mala leche en la revista Statistical Science, en la que, palabras más, palabras menos, se pasearon en la metodología empleada por el grupo original argumentando que sus propios experimentos con ligeras variaciones demostraban que no existe tal efecto e inclusive deslizan la sombra de la sospecha explicando que parecería que las palabras estudiadas fueron elegidas sin que el azar (una premisa estadística básica) interviniera de ningún modo y sí, en cambio, el prejuicio de los investigadores.

Cualquier mensaje se puede hallar si uno busca lo suficiente y define un criterio, como palabras salteadas o diagonales, usted puede hacer la prueba y con la paciencia suficiente podrá encontrar frases como "soy el hijo del chupacabras" o "el amor no existe; sólo el deseo sexual, sobre todo hacia Demi Moore". La enseñanza de esta historia es que nuestros prejuicios y la selección y descarte deliberados de datos favorecedores es una combinación peligrosa que nos puede llevar a ciertos excesos, como hallar, de cuando en cuando, que Dios sí está jugando a los dados con el universo

Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM.

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