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textos El cambio del PRI
Ricardo Becerra
A botepronto, un día después del 7 de noviembre podría proponer siete reacciones instantáneas: 1. Podemos estar ante el inicio de una etapa refundadora, acaso tan importante como la que escenificó Calles en el pacto de 1929 y tan definitoria como la protagonizada por Cárdenas en el límite de los años 30. ¿Qué es lo que estamos viendo? Un partido que no tiene triunfos asegurados, una presencia electoral de partidos opositores cada vez más poderosos, imposibilidad de alterar la voluntad popular recurriendo a fraudes, un Presidente de la República que ya no puede imponer a su sucesor y una estructura quebradiza, permanentemente amenazada por la escisión. Y es que el contexto democrático que se desarrolló en el país ha carcomido y ha hecho inviables muchas de las prácticas inveteradas "del Partido", los hábitos más queridos de eso que llamamos cultura priista: los dispositivos corporativos han demostrado ser insuficientes para garantizar el triunfo electoral; la proverbial disciplina se desvanece en el aire para dar paso a una multiplicación de corrientes disidentes, discutidoras, desafiantes; el tapadismo cede su lugar a la exhibición adelantada, a precandidaturas claras y explícitas; y el domingo llegó su turno al dedazo, es decir, a la facultad todopoderosa de designar sucesor. 2. Francisco Labastida era y es el candidato de Zedillo. Pero ése no es el problema esencial, eso no constituye una deformación antidemocrática en sí misma. Los impugnadores deben demostrar que esa inclinación presidencial fue seguida por prácticas irregulares, fuera de las reglas, por dispendio de dinero público, por coacción o por presión a militantes, ciudadanos o funcionarios. Decir que el Presidente hizo política y tenía su candidato es reiterar lo obvio y oculta la verdadera novedad: que el nuevo mecanismo abre la posibilidad, precisamente, de que el candidato del Presidente no sea elegido en las urnas. 3. La "mecánica" de la democracia se ha vuelto un torrente irresistible: ya no hay fuerza o grupo significativo que no invoque a los votos y no le dé a las minucias electorales (reglas, distritos, urnas, padrones, boletas) el valor de un método que resuelve los conflictos políticos, que encauza positivamente la discordia. Por fin, los priistas tomaron nota de que en los tiempos de la competencia abierta, los candidatos unánimes, los productos del dedazo, no generan unidad sino legiones de inconformes y un caldo de cultivo para regalar candidatos a los demás partidos. No fue por virtud sino por necesidad, no fue debido a su cultura sino a una urgencia política: obligado por las circunstancias el PRI decidió lanzarse de lleno al tobogán democrático. Estamos ante uno de lo saldos mayores de la transición: el fortalecimiento de la oposición, las reformas electorales, la construcción del IFE, han puesto en manos de los ciudadanos la decisión crucial de la política: quién gobierna, quién legisla en el país. Al menos desde 1994 ya no bastó la decisión presidencial para determinar al sucesor: su inclinación tenía que ser sancionada por las urnas, por otros 40 millones de mexicanos. Ahora, el Presidente de la República y la cúpula partidista también perdieron peso en la decisión previa: quién es el candidato del PRI. Una nueva vuelta de tuerca: los ciudadanos, grupos, organizaciones, aquellos mexicanos afines al priismo definieron al candidato de ese partido. Así, el centro de gravedad de la política mexicana que durante décadas estuvo autoritariamente de cabeza, se está poniendo de pie. 4. El experimento fue serio y, por eso, porque no fue una comedia, pudo fallar. El trayecto al día de la elección fue un campo minado: no había padrón, instrumentos ni costumbres democráticas; más bien había todo lo contrario, como lo demuestra el reflejo automático de las "cargadas", el primitivismo de varios gobernadores y dirigentes, la campaña soez de varios precandidatos y la pobrísima discusión programática. El éxito de todo el experimento se jugó sólo en dos condiciones: limpieza en la elección y aceptación de la derrota por parte de los perdedores. A la luz de los resultados el riesgo valió la pena. Lo que el PRI ganó con este procedimiento es un candidato presidencial con legitimidad y credibilidad pública, uno que puede, por tanto, entrar con posibilidades a la contienda presidencial en el año 2000. Pero por sobre todas las cosas, lo ocurrido el domingo nos pone ante una ganancia neta de la transición: la modernización del más tradicional, arcaico, menos democrático y más poderoso de los partidos políticos de México. 5. Además estamos ante un golpe publicitario de primera magnitud. El PRI se exhibe como un partido capaz de cambiar y con orden. Exhibe una gran capacidad organizativa al instalar cerca de 65 mil casillas en todo el país. Y un poder de convocatoria real que ronda los nueve millones de ciudadanos, 15% del padrón federal del año 2000. Pero aquí subyace otra buena noticia: la publicidad agresiva, a ratos demagógica, incluso grosera, fracasó esta vez. Ese tipo de campaña no fue bien recibida: se castigó a la exageración y al exceso. Los electores mostraron un sano instinto, mostraron estar por encima de los reflejos y las taras de los desaforados publicistas. 6. Las buenas noticias de la realidad se ven opacadas ante la calidad política de los protagonistas. Tan pronto tomó el micrófono, el licenciado Labastida mostró sus propios enredos ideológicos: "Alejarse del camino de Salinas y recuperar los ideales de Colosio", dijo. El deslinde es malo, poco creíble e injustificado. ¿Qué Colosio no fue el candidato de Salinas? ¿Qué el presidente Zedillo no ha tenido una clara línea de continuidad con las reformas liberales emprendidas por su antecesor? ¿De qué se deslinda Labastida? A pesar de la elección interna, el PRI, la política oficial toda, siguen en deuda; no solamente están obligados a limpiar sus establos, sus relaciones internas, a invertir su pirámide de intereses, también, y más importante, están obligados a clarificar sus propias ideas: qué es lo que los priístas han hecho en los sexenios modernizadores, por qué lo han hecho, qué quieren para ellos y qué quieren para el país. Todos esos discursos pantanosos e inciertos de los priistas muestran, en primer lugar, la severa crisis de identidad política en la que viven. Son ellos los que llevaron a Salinas a la Presidencia; son ellos los que votaron todas las reformas estructurales, las iniciativas y las leyes promovidas por el hiperquinético mandatario; son ellos los que acompañaron cada paso, cada jalón del proyecto modernizante; estuvieron incluso dispuestos a renunciar a sus espíritus nacionalistas y convertirse a un nuevo catecismo, el "liberalismo social". Ahora, en un deslinde tan oportunista como inútil, abjuran de un personaje pero sin decir una palabra del núcleo político y económico, de esas líneas y de esos cambios que llegaron al país y que son en definitiva la sustancia de cualquier juicio al salinismo. El candidato triunfante empieza mal, agregando yerba a la maleza ideológica y a la confusión de nuestra discusión pública. 7. Y los intelectuales. Denisse Dresser por ejemplo, con un mundo de datos, de evidencias enfrente suyo, auguraba a las diez de la noche del domingo la escisión del PRI y, ¡adivínese!, la consiguiente derrota de ese partido en los comicios del 2000. No importaron los datos de la participación, la diferencia de votos, la evidencia de que se trataba de una jornada esencialmente limpia; más importante era exhibirse como "intelectual crítica" que reconocer la realidad presentísima. Y un gran escritor, Carlos Monsiváis, a quien he respetado siempre, de enorme relevancia para el país, se presenta ante millones de televidentes como un intelectual comprometido y responsable sólo consigo mismo, incapaz de percibir el cambio que se presenta ante sus ojos. Se enfrenta al poder, sí, pero apoyado en ideas dogmáticamente reiteradas. Si el intelectual estalinista debía justificar a como diera lugar la política de sus partidos, ahora lo que parece cuajar en nuestro medio es la imposibilidad para reconocer nada, criticar aun lo que representa un evidente avance colectivo, con tal de mantener la "independencia crítica". Es uno de los principales problemas de la transición: una gran masa de intelectuales parecen estar ausentes, incapaces de entender los cambios políticos. El país se ha hecho irreconocible para sus códigos y para sus posturas, no lo siguen, se ha ido demasiado lejos y por tanto no pueden anticipar ni aclarar cuáles son las tareas resueltas ni cuáles las tareas por venir. Es un problema mayor: la política está delante de la reflexión, el discurso que acompaña el cambio puede ironizar, pero no explica y a ratos confunde. No es la primera vez que a Jorge G. Castañeda la vida le da sorpresas... puede seguir aprendiendo, pero no son esos los intelectuales que necesita el entendimiento de esta transición Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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