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Sí. Es ajeno a prácticas priistas
Mara Hernández

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No. México no necesita un gerente

Edgardo Bermejo Mora

Para depurar la mira, empecemos limpiándola de prejuicios y caricaturas: Vicente Fox no es el ranchero sinarquista y beato, o el empresario iletrado hasta la anulación que representa a la derecha ultramontana y "entreguista", y acaso no sea tampoco el germen de un gobernante que de tan voluntarioso de buenas a primeras devenga en dictador, como lo postula la crítica más banal y paranoica -nuestras instituciones, me parece, no son tan débiles como para admitir una descomposición así-. No es un roble ideológico pero tampoco es un pragmático sin rumbo, es un político contemporáneo con todo lo complejo y lo atractivo que ello resulta y esto quiere decir que habita en un tiempo y un espacio público real y asequible; pero sobre todo hay que destacar que en los últimos años ha tejido una red de alianzas crecientemente plural, que ha penetrado en ámbitos casi siempre alejados de la órbita panista: por ejemplo, cierto grupo de intelectuales, miles de jóvenes universitarios y sectores de la clase media baja, así como entre los más pobres del país.

Qué nos queda entonces por el lado de los reparos. Yo señalaría cuatro como los principales. En primer lugar, Fox representa antes que el despliegue de un programa sustantivo de cambio de gobierno, ponderado en la complejidad del presente y del futuro, la escenificación de un teatro mediático en cuyo centro figura como personaje principal. Es eso, un personaje antes que un político con vocación de estadista, un tipo histriónico de ocurrencias, diatribas y fetiches -las botas, la camisa azul, el cinturón, las palabras altisonantes-, pero no un político capaz de articular ideas o, menos aún, de someterlas al debate con algo más que no sean admoniciones ramplonas a sus oponentes. Más que con el poder, Fox está obsesionado con su propio personaje.

En segundo lugar hay que apuntar el ascenso de Fox como el regreso de la política que se teje con los hilos de la intuición antes que con las herramientas de la formación rigurosa. El triunfo de la voluntad sobre los libros, la prevalencia del "estilo" por encima de la sustancia. Es un viejo problema de nuestro país. El siglo XIX estuvo sobrepoblado de gobernantes seductores, febriles e ignaros que terminaban demoliendo con su torpeza o ingenuidad lo que los políticos ilustrados y profesionales construían. Fox nos recuerda esta antigua voluntad de la desmesura mesiánica cuando dice que resolverá problemas en 15 minutos, cuando habla de los recursos de Pemex como si se tratara de canicas o de vacas, y cuando ha demostrado que ni la lectura ni la reflexión serena son su fuerte.

En tercer lugar, me parece que el esquematismo panfletario y las fórmulas facilonas empobrecen el discurso y el programa de Fox, la secuencia marginación-educación, desempleo-trabajo no resuelve los retos del país como si se tratara de un programa de autoayuda o de un paquete de reingeniería empresarial. Si para Fox el país se puede concebir como una gran empresa, no se necesita entonces a un estadista al frente del Ejecutivo sino a un gerente como él: un líder en el sentido sajón, el gran vendedor ogmandiniano que nos llevará al progreso con base en la fórmula educación y trabajo, en una aplicación un tanto transnochada de la ética protestante en su versión nacional.

Finalmente, Fox ha crecido por encima, sobre y aun a contracorriente de su partido. El PAN ha tenido que ajustarse a su temperamento antes que él al programa y los contrapesos necesarios que deben establecerse entre un candidato y quienes lo postulan

Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx

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