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El árbol y las nueces
Despreocupación ante el drama de la UNAM

Ciro Murayama

La idea esgrimida por los sectores más tradicionales de la llamada "izquierda universitaria" de que cada reforma importante en la vida de la UNAM, impulsada en los últimos tres lustros, ha estado inspirada en el propósito final de desaparecer a la institución o al menos su carácter público, ha contribuido notablemente a dar al traste con cambios necesarios desde hace años y ha servido de bola de humo para eludir responsabilidades académicas y políticas, lo que ha derivado en el penoso escenario de riesgo e incertidumbre en el que se encuentra el proyecto cultural y de educación superior más importante que se logró construir en México.

En respuesta a la anunciada llegada de las reglas del mercado a la educación superior, sin embargo, se defienden los valores de falta de exigencia y calidad educativa que son negación de la universidad pública costeada con los recursos de los contribuyentes. En lugar de proponer reformas, de defenderlas, se reivindica un puro y duro laissezfaire académico donde todo se vale. Previniendo contra la amenaza del neoliberalismo, se acaban erosionando los resortes de legitimidad de la UNAM y su función social: educar bien y con calidad a los jóvenes que pueblan sus aulas.

Difícilmente, de la maraña que hoy vive la UNAM nacerá un sistema de educación superior privado en su sentido típico. En Estados Unidos funciona el sistema de educación superior del mundo más orientado en y por el mercado. Ese sistema depende en su mayor cuantía de recursos privados, hay competencia abierta entre las universidades según su prestigio y medios por los talentos y los recursos financieros de los estudiantes; se trata de un sistema descentralizado y lleno de filtros socioeconómicos. No es factible, ni deseable obviamente, que en México nos acerquemos al esquema del país vecino.

Pero hay otras experiencias que quizá sean más cercanas y perjudiciales. Por ejemplo, la centenaria Universidad de San Marcos, en Perú, no fue destruida por la dictadura, ni el autoritario y neoliberal Fujimori le fue a dar el tiro de gracia, pues ya le habían hecho esa tarea. Desde que la ultraizquierda, violenta y anticultural, se hizo dueña y señora de aquella universidad, siguen asistiendo a sus aulas, cada día, miles de estudiantes peruanos. No obstante, sus salidas profesionales son escasas, el mercado de trabajo sigue prefiriendo a los egresados, por ejemplo, de la Universidad de Lima, un limpio recinto donde mil estudiantes pagan mil dólares al mes, donde no hay biblioteca sino algunas computadoras conectadas a Internet porque todo lo importante está en Internet y no en los libros; en su Facultad de Economía sólo hay un viejo profesor con doctorado, y a tal universidad asisten, como es obvio, algunos hijos de la clase acomodada limeña, que salen de ahí con más contactos y prestigio entre las élites que conocimientos útiles. Tienen el porvenir profesional asegurado; la reproducción de la desigualdad social pasa por ese sistema de educación superior. Los empresarios de la Universidad de Lima, y de escuelas semejantes en aquel país, se beneficiaron de los saldos de la destrucción de la Universidad de San Marcos, que tan bien supo hacer Sendero.

En México, hoy se empieza a documentar el doloroso éxodo de jóvenes de la UNAM a las universidades privadas de mayor prestigio cuando tienen promedios altos, o a universidades privadas menos reconocidas que han visto crecer su demanda de estudiantes con recursos, o al precario mercado de trabajo cuando su única oportunidad fue la UNAM.

En la cerrazón, esa izquierda que ganó inicialmente la realización de un congreso y luego enterró sus resolutivos con el mismo desdén que los sectores más anquilosados de la burocracia aunque hoy propone otro congreso como fuga hacia adelante sin hacerse cargo de su papel en el anterior, que en pacto con el ex regente Camacho canceló la actualización de cuotas en 1992, y que ahora esgrimió viejos argumentos funcionales a la protesta estudiantil más autoritaria y violenta de que se tenga memoria sin ser capaz de hacer un deslinde responsable, así sea tardío, ha acabado haciendo el caldo gordo a esas empresas que no llegan a ser universidades, a los detractores de la universidad pública, y mientras tanto se muestra indiferente ante la cancelación del futuro de miles de jóvenes que, aun cuando se reabra la UNAM, han visto de por vida truncados sus estudios.

Pónganse en la coctelera las renovadas muestras de despreocupación y pragmatismo cortoplacista de los gobiernos federal y capitalino, así como de sus partidos, sobre el drama de la UNAM, y se obtiene un cuadro lastimoso de despilfarro financiero, cultural y, sobre todo, de capital humano, que implica dejar que la UNAM siga cerrada, sin que se sepa si se va a abrir y cómo, ni si encontraremos en Ciudad Universitaria más desolación que en la Luvina de Rulfo.

Ya lo dijo el nacionalista Arzalluz, miembro y líder de los sectores más pudientes de la sociedad vasca, hablando del papel que para su causa han jugado los jóvenes violentos que se dicen de izquierda: unos mueven el árbol, otros recogen las nueces

Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

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