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¿Congreso resolutivo?
Sí. Destraba el conflicto
Marco Levario Turcott

ensayo
La inteligencia secuestrada
Fernando Pérez Correa

 

 

 

 

 

¿Congreso resolutivo?

No. Empeoraría la crisis de la UNAM

Raúl Trejo Delarbre

Esta es de esas posiciones que por mucho que se argumenten, tienden a ser impopulares. A primera vista parecería que no hay nada más llano y natural, pero también más democrático, que propiciar que los universitarios se pongan de acuerdo entre ellos mismos para superar la ingente crisis que la huelga confirmó y empeoró. ¿No es la universidad, o no debiera ser, el reducto privilegiado de la deliberación y la democracia? Pues sí, pero no.

Cuando se propone un congreso como salida al conflicto actual, el remedio es más dañino que la enfermedad. Esta huelga ha sido el desafío más costoso que la Universidad Nacional ha padecido, quizá, en todo el siglo. Pero no la ha aniquilado. Aunque con enormes dificultades, hay núcleos de profesores y estudiantes que mantienen el intercambio docente y durante la mayor parte de la huelga los investigadores han seguido con su tarea académica. Un congreso, en los términos en que ha sido propuesto, tendería a modificar radicalmente la universidad en donde ese trabajo académico ha sido posible.

Cuando se habla de un congreso "democrático, representativo y decisorio", se piensa en un gran evento en donde delegados electos por los universitarios resuelvan las características de la nueva universidad. Esa composición supone que estudiantes, académicos y trabajadores administrativos determinasen la estructura, las reglas internas y el perfil académico de la UNAM.

Una primera discrepancia con ese mecanismo radica en el enorme peso que pueden tener los delegados estudiantiles. Si el hipotético e indeseable congreso fuese paritario como se ha sugerido, veríamos a muchachos de prepa resolviendo los rasgos de un programa de postgrado. ¿Deben los estudiantes tomar decisiones de esa índole? Yo creo que no.

Otro asunto es el temario del congreso. Habrá cuestiones que los universitarios, por sí solos, no puedan resolver. Por ejemplo, modificar los procedimientos para la designación de las autoridades principales implica cambios en la Ley Orgánica que tendrían que ser discutidos por el Congreso de la Unión. Esa ley tiene que actualizarse. Sin embargo, éste no parece el mejor momento para ello.

El congreso que tuvimos en mayo de 1990 acabó dividido en casi todos los temas centrales; la deliberación no propició acuerdos, porque los grupos fundamentales que participaban allí tenían posiciones casi siempre irreductibles. Aquel congreso no fue un ejercicio de argumentaciones sino un escenario de confrontaciones.

Un congreso, en las circunstancias de hoy, consagraría la fragmentación de la universidad. La debilidad así manifiesta, le impediría a la UNAM tener influencia decisiva en la revisión de su Ley Orgánica.

Por aversión o agotamiento, muchos académicos y no pocos estudiantes permanecerían al margen de ese congreso. Puede ser despolitización, o apatía, pero en el rechazo a esos mecanismos para tomar decisiones se manifiesta el aborrecimiento de un sector importante y quizá mayoritario de la UNAM a discutir y decidir en asambleas. Un congreso, en las circunstancias de hoy, contaría con la participación de las izquierdas universitarias pero no con la presencia de muchos profesores y alumnos que no se identifican con tales corrientes. No sería, muy posiblemente, un congreso de la universidad sino de sus núcleos políticamente más activos. La fragmentación de la UNAM se acentuaría y el alejamiento de muchos respecto de las decisiones fundamentales, las dejaría sin consenso.

Hacer un congreso parece atractivo, sobre todo si con ese compromiso se levanta la huelga. Los más radicales en el CGH ya dijeron que para ellos, ésa no es solución. Pero aunque lo fuera: un congreso, en las circunstancias de hoy, ahondaría las de por sí agobiantes dificultades de la universidad. Es como si a una persona que lleva medio año secuestrada la sueltan a cambio de que, ya en libertad, esté obligada a tomar una dosis de cicuta todos los días.

No quiero decir que la democracia sea veneno para la universidad. Pero la democracia adulterada por imposiciones de minorías y la suposición de que los problemas de la academia pueden resolverse en asambleas, son fatales para las universidades. Remember: Puebla, Sinaloa y Guerrero en los 70.

Raúl Trejo Delarbre es director de etcétera. Correo: rtrejo@mpsnet.com.mx

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