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Poeta exquisito,
poeta en la calle

Luis Antonio de Villena

En mi interior siempre sigue latiendo un muchacho
Rafael Alberti

María Asunción Mateo

Alberti, poeta del siglo
Francisco Umbral

 

 

 

 

 

"¡Me voy!"

Rafael Alberti

¡Me voy! Estoy preparando mis cenizas, eligiendo en secreto a las personas que han de ir al centro de la bahía de Cádiz, para esparcirlas allí, desde el vaporcito Adriano III. Las llevarán en una copa de madera, arrojándolas en medio del golfo gaditano, si es posible en un día calmo, sin levante. Eso estará bien. No quiero descubrir los nombres de los que las llevarán. Les pediré -lo dejaré escrito- que no hablen nunca de ello. Navegarán sobre mí. Puede ser que alguna partícula de ceniza se cuelgue en la bella melena de alguna bañista. Ya no existo: puedo estar tanto en la cresta de una ola como en el sexo de una sirena. No tendré ya ninguna edad, amor. Mas viviré siempre en un vaivén marinero, pues las cenizas, según parece, no pueden deshacerse nunca. Tal vez tengan memoria y corran en mis leves oídos, aunque a través del acompañamiento de las olas, recordando aquel contestador automático que odio y amo tanto desde que era un poeta en tierra sobre la tierra.

(...)

La verdad es que no sé bien si quiero morirme. No lo quisiera, creo. Tengo decidido -lo he repetido muchas veces- llegar hasta el año 2015. Mas hay días en que pienso que es una exageración y hasta una soberana tontería, porque ¿qué saco yo con llegar hasta ese año del nuevo siglo? ¿Escribir otros cuantos libros,
esperar que algunos pocos poetas más jóvenes, unos archiarchinovísimos publiquen seguramente unos cuantos libros peores que los míos, o casi peores? Pero no, no se trata de eso. Se trata de vivir más y ver qué pasa, qué va sucediendo durante todo ese tiempo. El amor. ¿Subsistirá el amor igualmente durante todo ese tiempo? ¿No se envejecerá? ¿Serán aún más blancos los cabellos? ¿Pensaré de nuevo pasar el mar, como el conde Olinos?

(...)

Todo es belleza a mi alrededor, lianas perfumadas me rodean y arrebatan de los aterradores y oscuros abismos de la vejez, de la muerte. Me voy con los ojos llenos de los acontecimientos de un siglo. Un siglo de horrores, de enfrentamientos, de dolorosísimas separaciones, de hechos que habitan en mis bosques interiores y en los que, casi a mis 94 años, aún puedo caminar sin perderme entre su frondosidad. Pero no me quiero ir. No quiero morirme. Sigo sin querer morirme. ¿Por qué tengo que morirme? Todavía me retienen muchas cosas, muchos atrayentes sabores que no quiero dejar de percibir.

El año 2000 ya está ahí, casi lo estamos tocando. ¿Será posible que me abra sus puertas? ¿Que pueda atravesarlas compartiendo la dulzura de la piel tersa, los apretados senos, las piernas firmes que no han dejado de estremecerme a pesar del tiempo?.

*Fragmentos extraídos del diario madrileño El Mundo, contenidos en el quinto y último tomo de las memorias de Alberti, La arboleda perdida.

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