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¿Congreso resolutivo? ensayo
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¿Congreso resolutivo? Sí. Destraba el conflicto Marco Levario Turcott
El gobierno de la República y las autoridades universitarias no han mostrado el interés que deberían frente al conflicto de la UNAM y por eso de algún modo han sido cómplices del largo impasse que vive la institución. Tal constatación, naturalmente, no iguala a esos actores con el hecho de que la principal responsabilidad de esta situación recae en el CGH, pero sí subraya la anomia política mostrada por Ernesto Zedillo y Francisco Barnés, primero cuando asumieron el desafortunado diagnóstico de que detrás de ese movimiento estaba el PRD -como si las manifestaciones masivas no tuvieran orígenes y explicaciones más complejas- y, segundo, cuando dejaron transcurrir el problema sin ofrecer salidas que articularan al grueso de la comunidad universitaria que, presumimos, está dispuesta a retornar a sus actividades lo más pronto posible. El CGH muestra un fenómeno social que rebasa las paredes universitarias y nos pone frente a la descomposición de franjas importantes de jóvenes, los nietos de las generaciones que recibieron promesa tras promesa de mejores niveles de bienestar, educación y empleo. Ese es el contexto -el de los muchachos desesperados y sin orientación ni generosidad ni compromiso ni interés por la universidad- donde se desarrolla el delirio revolucionario que, en un proceso que se acentuó en esta década, se quedó solo cuando amplios sectores de la izquierda optaron por hacer política en otras instancias. Así, se entiende la confusión de quienes lo mismo citan a Marx, que rezan a la virgen de Guadalupe, que vuelcan sus expectativas en llamadas hot line, que organizan marchas y bloqueos en las calles, que impulsan concursos de belleza o exhibiciones stripper, que expulsan de su organización a quienes no piensan como ellos. Son fanáticos que no quieren resolver el conflicto porque lo ven como trinchera de la liberación socialista. ¿La salida es la intervención de la policía y la implementación de las denuncias legales? No, y no lo es porque el gobierno y las autoridades universitarias necesitan hacerse cargo de ese estado de descomposición social atendiéndolo en sus dimensiones políticas. El congreso resolutivo es una fórmula con la cual se pueden abrir las puertas de la UNAM sin necesidad de infligir una herida más dentro de los símbolos y las desgracias reales vividas a lo largo de nuestra historia. Iniciar labores así, derrotando a los grupos más radicales con una propuesta asumida por la mayoría, implica la ventaja de que decenas de miles de personas vuelvan a encontrar sentido a su vida cotidiana. Y, aunque también significa reconocer el detritus anímico por el agravio de no pocos universitarios, se abre una instancia para resolver la reforma de la universidad. Para documentar el pesimismo es ineludible la referencia al congreso impulsado en la UNAM en la primavera de 1990 y que tuvo resultados incipientes. Pero ésta es una posibilidad más (acaso la única) dentro del errático y no pocas veces frustrante intento de reforma. No es una garantía, por supuesto; tiene la condición de que el gobierno y las autoridades universitarias, así como los agentes académicos que determinan su vitalidad, expresen el interés que merece la institución para revertir su deterioro. No lo han hecho, la UNAM parece no importarles, y, entonces, ¿decretamos sin más el fin de la universidad pública? No, mientras haya una mínima posibilidad de cristalizar esfuerzos en ese congreso, vale la pena intentar su reforma. Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera.Correo: mlevario@etcetera.com.mx |
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