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textos El muro no ha caído Marco Levario Turcott
En el centro de la historia alemana siempre ha estado presente, como apuesta o como herida, el sentido de la palabra "unificación". Eso ocurrió dos centurias antes de que se cumpliera el primer milenio de nuestra era, cuando el ocaso del imperio tras la muerte de Carlomagno y la subsecuente división territorial en el Este y el Oeste de esa región teutona; también pasó en el devenir de los años con la frontera occidental estable pero con convulsas delimitaciones orientales durante varios siglos hasta el XIV, cuando fueron constituidas las demarcaciones que duraron hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, con el desgarramiento de ese país dividido en dos apuestas opuestas diametralmente y que, el 13 de agosto de 1961, vieron surgir el Muro de Berlín como uno de los símbolos más conspicuos del reparto mundial expresado entre la égida socialista y la incipiente globalización de la economía. Cuando las cosas eran así, hace más de tres décadas, el líder del Partido Comunista de Alemania Oriental afirmó que el Muro duraría 100 años. Un siglo, dijo Erich Honecker, cuando el aluvión de la libertad cubriera con su manto rojo al planeta, como según él lo demostraba la influencia del imperio soviético en vastas regiones europeas y como lo enseñaban varias experiencias libertarias en otros continentes, inspiradas en el martillo y la hoz. Por extraño que parezca, en algún sentido el político alemán tendría razón a fin de cuentas. La noche del 9 de noviembre de hace diez años, en Berlín, una impresionante muchedumbre se volcó contra la pared y la hizo pedazos con uñas, puñetazos, cincel o piolet. Ese fue el festejo por la culminación de un proceso iniciado desde las entrañas mismas del sistema autoritario, el detritus de la economía y los bajos niveles de vida de sus pobladores y continuado por una nueva oleada mundial que encontraba en el otro desmoronamiento rojo -el del imperio soviético- la caída, cual fichas de dominó, de las ilusiones puestas en el marxismo y sus varias interpretaciones. La kilométrica pared fue hecha pedazos apenas cumpliendo poco más de una tercera parte de la edad que le vaticinó su creador. Desde entonces, la reunificación alemana vive un nuevo viejo intento dentro de su historia, porque habiendo caído el símbolo de concreto, en concreto, la división sigue ahí: altas tasas de desempleo y desiguales niveles de vida, educativos, tecnológicos e industriales, entre otras dificultades concentradas en la región Este. El Muro sigue ahí, expresándose en el desencanto o la indiferencia juvenil, en los viejos desilusionados que suman la mayoría de la población, en el aumento de los impuestos y la caída de las prestaciones, en la orientación de una economía que necesita enfrentar el desarrollo asumiendo el formidable desequilibrio regional y apostando al mismo tiempo en constituir al país como el centro económico más poderoso de Europa. Hay un símbolo más de los contrastes: un Berlín construyéndose con las firmas comerciales más poderosas del mundo y otro aún con edificios cuyos graffiti testimonian otros tiempos, la lucha hippie y revolucionaria, son los colores de la psicodelia que aún acompañan tiendas o restaurantes que ya no operan pero que ahí están y se llaman "El Comunista" o "Carlos Marx", entre otros. Como en los tiempos de la fundación del territorio alemán y las epopeyas de Carlomagno o las luchas contra la invasión o por la expansión, ahora ese país tiene el reto de la integración. El Muro no ha caído en realidad y, según nos comentaron varios representantes del gobierno socialdemócrata alemán, falta por lo menos una generación para que se destruya. Por eso, en el más conmovedor de los sentidos, podemos afirmar que Honecker tenía razón cuando dijo lo que dijo. Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera. Correo: mlevario@etcetera.com.mx |
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