En más de una ocasión, al despertar por la mañana envuelto todavía en algún sueño perturbador, Rafael, como queriendo corroborar la certidumbre de lo que no acaba todavía de aceptar, ha preguntado: "¿Cuántos años tengo yo?". "Noventa y uno", y al observar su contrariedad, he añadido: "Eso no es ninguna desgracia, Rafael. Todo lo contrario...". "Tampoco puede decirse que sea algo como para ponerse a cantar...", ha respondido.
Pero aquellos inquietos amaneceres suyos, en los que una irrefrenable inquietud lo impulsaba a ser "el alba antes que el alba", han quedado atrás. Ahora duerme muchas horas con sosegada profundidad y placidez. Sin embargo, sigue siendo "... un hombre de la madrugada,/ comprometido con la luz primera", en el mismo exacto sentido que cuando escribió estos versos.
Cuando te conocí, y ya tenías algunos años, pensé que eras una persona insaciable en todo. Ahora que "estás haciéndote un poco mayor", pienso lo mismo. Tú, ¿qué opinas?
Que tal vez tengas razón. Yo no tengo medida en muchas cosas, sólo es necesario que algo me guste, me interese mucho, ya sea un trabajo, una persona, unos dulces... me olvido de todo y me dedico a eso, sin cansancio de ningún tipo. Si eso es ser insaciable, entonces lo soy y creo que seguiré siéndolo...
¿Por qué siempre te ha molestado que te preguntaran si estabas cansado?
Porque me parecía una estupidez. ¿Por qué tenía que estar cansado? "¿Por qué no se sienta? ¿Quiere una silla? Pero que traigan una silla para don Rafael". Era casi una grosería...
Es que a los ochenta y pico de años, bueno, y mucho antes, es bastante normal...
Bastante normal para el que a esa edad se sienta cansado, que no era mi caso. Recuerdo -añade riendo- que en más de una ocasión le he contestado a alguno: "Oiga, cansado, estará su padre".
¿Qué es lo que peor se lleva a tu edad?
Creo que las mismas cosas de siempre, pero, sin duda, la falta de independencia, no poder ir de aquí para allá con libertad. Y la imbecilidad de muchos que creen que, por tener determinada edad, uno ya está liquidado. Uno sólo está liquidado cuando pierde la cabeza, entonces se convierte en un auténtico idiota. Pero si eso no ocurre está muy vivo, vivísimo, para todo.
La palabra "viejo" te resulta casi insultante, ¿no?
Tampoco es eso... Aunque muy grata, muy grata, no lo es. Yo no me considero un viejo, por muchos años que tenga. En mi interior siempre sigue latiendo un muchacho, de ahí que me resulte tan difícil aceptar que todo se acabe. Cuando se tiene una constante actividad, inquietudes, amor, interés por lo que te rodea, no se puede ser viejo en el sentido que tradicionalmente se entiende. Pero, desde luego, no es lo mismo tener 80 años que 90...
Es una suerte inmensa llegar a envejecer con tu calidad de vida.
Si no te digo que no..., pero es fastidioso pensar que uno va a cumplir 100 años cualquier día de estos.
Sobre todo contradictorio, si se tiene en cuenta que no te hubiera gustado morirte a la edad de Lorca.
Sí, sí, todo eso yo lo entiendo. Sin embargo uno no debería envejecer nunca. Será absurdo decirlo, pero yo lo siento así. Y la sola idea de desaparecer me parece terrible, sobre todo cuando miras alrededor y ves tantas cosas bellas que a través del tiempo se siguen conservando... "Tú eres tiempo el que te quedas/ y yo soy el que me voy", escribió Góngora.
Tu poesía es muy autobiográfica...
Sí. Mi vida puede seguirse a través de mis libros, desde Marinero en tierra, hasta Canciones para Altair, pasando por La amante. Mi lucha política, mi forzoso desarraigo de España, mi nostalgia, mis amores, mis temores, todo lo he volcado en mi poesía de forma más o menos velada, pero ahí está. Creo que pocas veces me he evadido totalmente de mi mundo...
¿Qué tiene de autobiográfico La amante?
Mucho, desde los lugares que voy recreando que son los que tengo ante mis ojos, el trigo, los habares, los olivos, los pastores, las mulas, la cárcel de Rute que estaba pegada al muro de mi habitación, hasta la mayor parte de las situaciones que reflejo. Por ejemplo, el personaje de la húngara, a la que dedico varios poemas, era en la vida real una muchachita húngara, claro, de 16 años, de la que me enamoré platónicamente. Se llamaba Carmen Mymí, todavía me acuerdo. Era muy bonita y muy chica. A un poeta todo puede servirle, lo único que importa es que le llame la atención determinada cosa. Entonces es muy posible que comience algo...
¿Siempre te ha resultado embarazoso explicar muchos "porqués" de tu poesía?
Claro, es que escribir es un mecanismo muy simple, pero a la vez muy complejo. De pronto, te surgen cosas que no tenías previstas, ¿verdad?, y son una maravilla. Mi poema "Se equivocó la paloma" ha levantado, desde que lo escribí, un interés para interpretarlo que siempre me ha desbordado; hasta creo que se hizo una tesis doctoral para descifrar sus claves, cosa que yo agradezco mucho. Pero ese poema no tiene más interpretación que la que se percibe a primera vista: son versos de amor. No pretendí escribir nada críptico. Voló hasta mí, de improviso. Mi paloma es una paloma popular, la de los mitos azules helénicos.
Si esta misma tarde te encontraras con tus amigos del 27, ¿de qué crees que hablarían?
Con absoluta seguridad te digo que de las mismas cosas que hablábamos entonces, aunque tuviéramos 300 años cada uno. Nos leeríamos los poemas que la noche anterior hubiéramos escrito, sin envidia de ninguna clase, aunque alguien haya escrito alguna vez lo contrario. Federico se seguiría riendo de aquella manera irrepetible y nos contaría sus cosas como nadie jamás podrá volver a decirlas; Dámaso se quedaría entusiasmado al ver pasar a cualquier muchacha linda; Buñuel nos dejaría boquiabiertos con la letra de cualquier jota aragonesa subida de tono... ¡Qué pena, qué gente más increíble aquella! Dan ganas de llorar. 
Fragmentos extraídos de El Mundo, de la larga conversación mantenida por María Asunción Mateo con Rafael Alberti, contenida en el libro De lo vivo y lejano.