etcétera el país el mundo dinero columnas
gente medios ciberia ensayos
águila y sol mañana tianguis libros
cultura espectáculos etcétera
libros

"¡Me voy!"
Rafael Alberti

En mi interior siempre sigue latiendo un muchacho
Rafael Alberti

María Asunción Mateo

Alberti, poeta del siglo
Francisco Umbral

 

 

 

 

 

Poeta exquisito, poeta en la calle

Luis Antonio de Villena

Rafael Alberti debe ser relacionado, a botepronto, con dos poetas de su generación que -desde muy varios ángulos- tuvieron la facilidad y la riqueza del poema, poetas dispuestos a todo: Gerardo Diego y Pablo Neruda. Los tres son autores de una obra -hablaré sólo de los poemas, lo principal- rica, exuberante, llena de fuerza y probablemente también de altibajos gloriosos. Durante la guerra civil, Alberti llegó a escribir panfletos duros, casi insultos en verso, como El burro explosivo (1937) pero es también autor de auténticas filigranas lingüísticas y rítmicas, como el libro A la pintura (1945) donde hay textos, cual la maravilla fónica de El Bosco (El diablo hocicudo,/ ojipelambrudo,/ cornicapricudo...).

Poeta fundador de la ya mitológica Generación del 27, Rafael ha representado todos los vectores literarios del grupo -todos sus andares- además de una activísima vida personal, ligada a la lucha social y al Partido Comunista en una época -conviene no olvidarlo- en que ser comunista tenía mucho de revolucionario, de subversivo y hasta de ilegal. Creo que no es fácil entender a Alberti si nos quedamos sólo con la noble imagen final del patriarca, agasajado por todos, en su retiro natal del Puerto de Santa María... El Alberti que vieron y sintieron sus más coetáneos era -lógicamente, y a todos los niveles- muy distinto.

Pintor de vocación primero (menester que Alberti, aunque secundariamente, no dejó nunca) el joven gaditano, optimista y rebelde, se estrena como poeta en 1924 -tiene él 22- con el libro Marinero en tierra, que no es sólo el más significativo de sus comienzos, sino el que va a abrir dos vertientes muy suyas: estilísticamente, la moda vanguardista del neopopularismo -que compartió con Lorca, ya amigo- y otra, el estreno de su melancolía. Hay quien sostiene que Alberti no es un poeta de voz (de mundo propio, de profunda visión de la vida, como Guillén, Cernuda o Aleixandre), sino un poeta de manera, dotado de asombrosa facilidad, y que de todo podía hacer un verso perfecto. Pero si -más allá de esta disputa, en la que no voy a entrar- hay en la poesía albertiana un nexo aglutinador, algo que una, por dentro, libros muy diferentes entre sí, ello es la nostalgia: el marinero, el muchacho salino, que ha de vivir siempre lejos del mar. El exilado que andará fuera de su patria y de sus cosas (Retornos de lo vivo lejano, el gran libro de 1956), el sentimiento siempre de ausencia, de falta, que podría llevar, incluso, a cierta seducción metafísica.

Poeta prolífico, poeta que nunca se negó a la atracción del verso, aunque fuese de circunstancias. Por eso es normal que cada libro importante de Rafael Alberti provoque alrededor una serie de obras menores, no exentas -desde luego- de logros magníficos, lógicos en un poeta que dominaba las seducciones totales de la palabra.

Para muchos el gran Alberti -el que marcará su tono y su altura- es el poeta inmediatamente anterior a la guerra civil, un hombre, según he dicho, entregado también en plenitud a la lucha política revolucionaria, pero asimismo a la entrada personal en muchas vanguardias literarias, que nada tenían que ver con la estética del realismo socialista. Sobre los ángeles (1928, el Alberti que hace surrealismo a su modo), Cal y canto (1927, neogongorista, neoclásico, neobarroco, moderno en todos los gozos), Sermones y moradas (1930) o "Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos" (1929, y donde Alberti rinde homenaje al cine cómico), añadiendo la elegía "Verte y no verte" (1934), el otro gran poema a la muerte de Sánchez Mejías (Yo, lejos navegando;/ tú, por la muerte) marcan -en opinión muy generalizada- el Alberti más alto, más creativo, óptimo. Luego vino la guerra, la poesía combativa y el larguísimo exilio (hasta 1977, pasando por Argentina y por Italia). Algo hay de verdad en lo dicho -ese Alberti tan Alberti, tan alto- pero ¿cómo negar, ni rebajar, después, libros como los citados A la pintura, Retornos de lo vivo lejano, Entre el clavel y la espada -antes-, Baladas y canciones del Paraná (1954), Abierto a todas horas (1963), Roma, peligro para caminantes (1969) o incluso obras del Alberti final como Fustigada luz (1980) y algunos poemas posteriores de amor, que siguieron mostrando a un poeta de indudable altura?

Rafael Alberti ha representado al poeta dispuesto para todo momento. El antiacadémico, el que supo llevar ese aire final de hippie trasnochado, por amor juvenil, el que buscaba siempre la vida y al que él mismo gustaba denominar poeta en la calle. Pero tal aspecto no puede hacernos olvidar que Alberti ha sido también uno de los poetas más elegantes, más perfectos, más sabedores del oficio y de la dicción en un siglo que, desde luego -poéticamente- no ha sido horro con nosotros.

*Tomado del periódico El Mundo.

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores