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Adiós al "tapado"

José Carlos Castañeda

La transición a la democracia ya se acabó. Sin embargo, para algunos analistas y políticos el tiempo no ha pasado. Siguen hablando con un lenguaje que ya no describe la realidad actual. Hablan de prácticas y comportamientos del pasado que si bien no acaban de desaparecer, poco ayudan a entender los cambios del presente. Sus interpretaciones de la coyuntura y sus propuestas recurren al idioma del antiguo régimen. Hoy hace falta un nuevo lenguaje político para comprender nuestra actualidad y planear el porvenir del nuevo régimen, pluralista y democrático. Falta una nueva descripción de los comportamientos políticos postransición.

La elección del 7 de noviembre es un ejemplo de cómo las nuevas prácticas se leen con los anteojos de un pasado que ha dejado de ser el referente obligado para pensar el proceso de transformaciones que hemos vivido. Se repiten las metáforas del tapado y el dedazo, en un escenario donde ya no se encuentran esos espectros.

Es verdad que pudiera haber irregularidades en las elecciones del PRI como las hubo en otras elecciones internas; el riesgo de una competencia abierta es muy alto y probablemente el PRI pagará su osadía democratizadora con impugnaciones y recriminaciones internas, tal vez posibles rupturas. Pero no hay duda, el dedazo ya no existe y el tapado hace tiempo dejó de existir.

Algunos señalan un candidato oficial, nada puede decirse respecto de su calidad de tapado, es por demás evidente para todos que goza de otra condición. El destape ya no es monopolio del Presidente en turno, sino que debe ser avalado por una elección interna que al menos hasta hoy ha mostrado una competencia efectiva. Aparentemente gran parte de los intérpretes y los ciudadanos se han convencido de que la disputa es real.

Algunos insisten en la amenaza de una fractura del partido, consolidando la idea de una lucha interna efectiva y peligrosa para la sobrevivencia del triunfador. ¿Cómo remontar el resultado adverso de una escisión política? ¿Será capaz el PRI de derrotar a sus adversarios externos si sufre en este momento una quiebra o una desbandada? La llamada "operación cicatriz" requiere de cirugía mayor.

Para existir, el tapado debía cumplir con una condición que hoy es imposible. Se ha construido un sistema electoral que cancela toda oportunidad al triunfo inmediato de ese protagonista de la antigüedad. Antes el tapado no era un candidato que competía, era el seguro triunfador. Era una metáfora caricaturesca del mecanismo secreto de la transmisión del poder.

Para la próxima elección, y algunos pensamos que por lo menos desde la anterior, nadie puede garantizar que el elegido, el antes llamado tapado, será el Presidente. Hoy existe una competencia real de partidos, además de la competencia interna para elegir al candidato. El mecanismo de la transmisión del poder se ha transformado en México y el tapado ha perdido su fuerza y su valor. Aunque para otros, el proceso priista es una farsa electoral, donde todo ha sido decidido de antemano y no vemos sino el teatro preparado para fingir una democratización inexistente. De nuevo, no se examina lo que salta a la vista: el proceso interno de selección de candidato ha sido un intenso enfrentamiento público. A diferencia del pasado, la lucha soterrada por la candidatura del PRI está bajo las lupas de la vida pública. Sin embargo, existe un punto de ruptura que nos plantea otra novedad propia de un nuevo régimen inestable e incierto. La amenaza de la fragmentación es un escenario posible, pero es el peor lugar para vivir el cambio, sería un riesgo demasiado caro, amenazaría la elección presidencial y dejaría al PRI con una cicatriz abierta, que quizá sea definitiva a la hora crucial.

Todo indica que vamos hacia una elección muy dividida. El gran triunfador será quien mantenga la unidad y dé una muestra de cohesión interna. El PRD ya perdió esa guerra intestina. El PAN continúa en su lucha para fortalecerse. El PRI podría dar una muestra de civilidad política y de aceptación de la democracia interna, si el día siguiente de la elección (siempre y cuando la elección sea limpia) los perdedores aceptan su derrota y buscan la conciliación en lugar de disparar el enfrentamiento a grados de ruptura.

No creo que el derrotado gane nada fuera de PRI, apenas la derrota de su propio partido, en cambio creo que aceptar que el juego fue limpio, sería una victoria para el partido ante el difícil escenario de una elecciones nacionales muy competidas. El PRI tiene la oportunidad de mostrar que aprendió las lecciones de la transición mejor que sus competidores. Si no lo consigue es probable que los electores se lo reclamen en el 2000.

José Carlos Castañeda es editor de nexos.

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