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textos Las líneas
Julián Andrade Jardí
"No hay línea", dice el presidente Ernesto Zedillo, pero los gobernadores se aprestan para que gane el favorito. Todos son el bueno, pero en Chiapas, el gobernador hace obligatoria la renuncia del líder del Congreso porque "falta apoyo para Labastida". En privado los dirigentes priistas dan cuenta de lo que ya es obvio en público: hay candidato y el partido operará para que resulte electo. Los presidentes distritales -que en los hechos son aspirantes naturales a una diputación- no quieren quedar mal con el bueno y como de lo que se trata es de ganar en distritos, su apoyo será fundamental. También es cierto que los perdedores podrán apelar al nivel de sus fuerzas y exigir candidaturas y posiciones, pero esto sin duda estará ligado al ambiente que prive durante y después de la contienda. Si hay sorpresas, éstas se darán por un apoyo de las bases y no por un cambio de señales, las que a estas alturas están más que claras. El aparato está con Francisco Labastida y es dudoso que esto pueda revertirse, sobre todo ante la inminencia de la elección. El Presidente fue contundente al recordar a los precandidatos lo que el partido ya les ha dado: una presidencia nacional que de otro modo no tendrían. El mensaje es claro: si la disciplina se mantiene, el futuro en ningún modo está cancelado. El priismo, en efecto, puede aprovechar el liderazgo, que para bien o para mal ya tienen los cuatro aspirantes a la nominación. Habrá que ver hasta dónde llegan las fracturas y si éstas ya no tienen remedio. Para Zedillo las cosas están claras, el partido se abrió a la democracia y todo el mundo debe ser corresponsable de tan delicada determinación. Al fin y al cabo, el PRI es el único partido que optó por una consulta democrática, que si bien es cierto que no es del todo equitativa tampoco se puede comparar con el boxeo de sombra en el PAN o con la proclamación cardenista. Otra cuestión importante es que las afirmaciones presidenciales caen en un escenario de escepticismo en el que la cargada hizo de las suyas y en donde la dirigencia partidaria no fue capaz de hacer un deslinde claro de sus preferencias. Puede ser cierto que el Presidente no tenga candidato -aunque lo dudo- pero los mensajes que se enviaron a lo largo de los últimos meses fueron otros. En esto, sin embargo, también tiene razón el Presidente, pues no existe un poder de manipulación tal que dé al traste con la contienda, en la que a fin de cuentas se decidirá en las urnas, lo que no es poco. Tampoco es raro que existan preferencias. El poder y la política tratan de eso, de cómo se forjan los grupos, de cómo se apoyan y de hasta dónde pueden ir estos pactos. Lo importante, en todo caso, es que el PRI pueda pasar su prueba de fuego democrática. Los otros partidos no lo han hecho, al grado de que en el PRD se tuvo que repetir la elección de su dirigencia nacional. En la capital el PAN enfrenta el debate y el encono, en un esquema que no les es propio y habrá que esperar para ver cómo salen librados de este nuevo empeño, entre un candidato con el apoyo de la dirigencia, Santiago Creel, y un aspirante con raíces profundas en la militancia: Fernando Pérez Noriega. La apuesta priista no es mala, pero en ella se arriesgó el futuro del partido. Ahora las cartas están sobre la mesa y será tarea de la política recomponer las cosas desde el 8 de noviembre. El mensaje presidencial puede servir, además, para evitar el cochinero y el apoyo descarado. Si hay fraude, la muerte del partido en el poder será irreversible, pero si se termina la elección con una fuerte sospecha, las tonadas finales también comenzarán a escucharse, de tal modo que el futuro está encadenado a algo que no les es propio: la limpieza y la democracia. Julián Andrade Jardí es subdirector de Información del periódico Crónica. |
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