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novela Corto viaje sentimental
Italo Svevo
El señor Aghios estaba ya más tranquilo. Sólo le ardía el estómago por tanto vino bebido. Su conciencia estaba sosegada como si ya hubiese entregado el dinero. De hecho, lo había dado ya, porque había patrocinado con su esposa la parte de Bacis. Ahora le correspondía a ella hacer otro tanto. No se durmió rápidamente. Es imposible para una persona previsora dormirse en un tren que se prepara a partir. Para sentirse más seguro, el señor Aghios se aferró a su asiento, pero esto implicó un esfuerzo y no es cosa fácil dormirse cuando se hace algo así. Finalmente el tren se movió. Tomó un paso bastante lento y pesado. El estruendo mayor fue producido, primeramente, por la propagación del movimiento desde la máquina hasta la cola del convoy grande, porque en cada vagón hubo un palpitar inquietante, tanto que el señor Aghios se enderezó para no sentirlo. Para sosegarlo, Bacis, sin quitar la mano del rostro, murmuró: "Esto sucede porque el tren carece del freno Westinghouse". No precisaba de esa frase de sosiego, porque apenas el tren se encarrilaba y llevaba un paso tranquilo. Muy tranquilo. El señor Aghios pudo abandonar todo esfuerzo y relajarse en su asiento. En un tren que llevara aquel paso se podría, ciertamente, dormir tranquilo. La música que provenía de aquel movimiento era sostenida y rítmica y no violenta como en un tren en escapada: un verdadero arrullo. Y largamente el señor Aghios acompañó aquel sonido y a la mitad de éste encontró la paz que precede al sueño. Existen sueños de todas las gradaciones y su grado más bajo es cuando los sentidos aún no se han separado de la realidad. El señor Aghios, a través de las pestañas, sentía la existencia de aquella tenue luz en la ventanilla, y también el cuerpo de Bacis que, con los ojos cubiertos con la mano, yacía a menos de un metro de distancia. Su sueño inició cuando aquella música allá afuera empezó a significar otra cosa. Decía: "Todo va bien, todo va bien". Y el señor Aghios no quería interrumpir esa monótona repetición. Era tan bello dormirse al sonido de un mensaje tan hermoso y tan auténtico. Todo andaba bien finalmente. Bacis le quería bien, incluso lo tranquilizó inmediatamente que los sonidos turbadores surgieron con el primer empuje del tren. Todo iba bien y se podía dar por concluido el asunto. Pero una vez más su sueño fue interrumpido. La llegada a Mestre semejó el fin del mundo. Parecía como si una máquina poderosa se pusiese a mover herramienta descompuesta. Aghios espantado se enderezó. Percibió a Bacis tranquilo e inmóvil, la mano siempre en el rostro, y después, tranquilizado, dejó recaer la cabeza pesada sobre la almohada, murmurando: "Falta el freno Westinghouse". ¿Cuándo soñó el señor Aghios? Desde luego, no inmediatamente después de abandonar Mestre. Cerca de Gorizia, cuando, a las cuatro de la mañana, el señor Aghios se despertó, la distancia es larga y el sueño se habría olvidado como cualquier otro sueño que ciertamente alegra incluso al sueño más profundo. Por lo tanto, es de suponerse que el sueño surgió en cualquier estación poco antes de Gorizia, cuando el sueño fue menos profundo y alguna célula espabilada pudo vigilarlo y retenerlo. Quién sabe si el sueño fue exactamente aquel que el señor Aghios recordó. Cuando se regresa de un sueño, de inmediato interviene la mente analizadora para anudarlo y completarlo. Es como si quisiera hacer una carta importante. El sueño es como una secuela de relámpagos y para volverlo acontecimiento es necesario que el relámpago se torne luz permanente y sea reconstruido también cuando no se ve porque no está iluminado. En fin, el recuerdo del sueño no es nunca el sueño mismo. Es como polvo que se atrapa. Finalmente el señor Aghios fue transportado hacia el planeta Marte, recostado sobre un carro que se movía a través del espacio como sobre surcos. El estaba recostado boca abajo y en vez de piso el carro tenía ejes sobre los que, dolorido, apoyaba su cuerpo. Uno de los ejes pasaba sobre su pecho y hacía más lacerante la faena. Bajo de él estaba el espacio infinito y arriba también. La Tierra no se veía más y Marte, no próximo, no se vio nunca. El señor Aghios se sentía muy libre, más que en la Plaza de San Marcos y tal vez demasiado. Si miraba en torno no veía sino espacio luminoso. ¿Dónde ejercitar su libertad si no era esclavo de nada? ¿A quién decir la propia libertad? Para sentirla se necesita, entonces, vanagloriarse de ella. Incluso el sueño del señor Aghios era reflexivo. Pensó: "¿No estoy solo, porque está conmigo mi libertad? Mi única molestia es este dolor de pecho". Mientras más recorría el espacio, más solitario se sentía. Puesto que se dirigía al planeta Marte pensó, debido al sentimiento de omnipotencia que el soñador siente, que podría formar ese planeta a voluntad. Previó aquel planeta. Y bien, él lo habría poblado de gente que entendiera su lengua, aunque él no entendiese la de ellos. De ese modo les habría comunicado su propia libertad e independencia, mientras ellos no habrían podido encadenarlo con su propia historia, que ciertamente no les faltaría. Una voz proveniente de la estación de partida, un tanto lejana, preguntó: "¿Quieres que te acompañe?". Debía ser su mujer. Pero el señor Aghios anhelaba la libertad; fingió no haber escuchado e incluso se aferró más al carro para ocultarse. Así prosiguió a gran velocidad, que no percibía debido a la falta de objetos y de aire y, corriendo, pensó: "Quiero que mi hija no esté sola". Después la voz apagada, lejana de Bacis, le preguntó: "¿Acepta mi relación con ella?". Aghios pensó que la interrupción de Bacis le había privado de toda libertad. Apasionado como era, con él no se podía hablar sino de sus cosas. Le había pagado ya el paseo en góndola y resultaba ridículo que quisiera ahora un viaje similar a expensas suyas. ¿Ir al planeta Marte para charlar de Torlano? No valía la pena. El señor Aghios se aferró más al carro para continuar ocultándose. Una voz dulce, musical y muy cercana, peguntó: "Estoy lista para partir, si me aceptas". En sueños una palabra y su sonido pinta entera a la persona que la emite. Era Anna, la muchacha rubia, alta, de líneas dulces, salvo las manos habituadas al trabajo duro. Aquella Anna que se había dejado engañar por la sinceridad de la carne. El corazón paterno de Aghios se conmovió hasta las más íntimas fibras. El la quería consigo para alejarla de Berza y de Giovanni que la humillaban, y también de Bacis, de quien no se debía fiar, el traidor que la había engañado con la sinceridad de la carne. Y de pronto ella se fue con él, en el carro, debajo de él, cubierta de aquellos trapos que la adornaban, pero que remarcaban toda la belleza de su cuerpo tibio, juvenil, todavía no deformado por la incipiente maternidad. Los cabellos rubios se agitaban en el aire, que entonces quedaba debajo de ellos. Así que ya no tendría que aceptar el dolor que repiqueteaba en su pecho. Sin embargo, un grave peso tiraba de él. Anna probablemente se había aferrado para sentirse segura. Y procedía así, sin palabras, mientras el señor Aghios pensó: "Es mi pequeña. La enseñaré a no confiar más en ninguna sinceridad". Entonces el motor del carro dio un vuelco endiablado. Todo el espacio era pleno. Y Aghios se preguntó: "¿Y por qué mi hija tiene que estar acostada debajo de mí? ¿Es el sexo? Yo no la quiero". Y gritó: "Yo soy el padre, el buen padre virtuoso". De repente, Anna se sentó lejos de él, en un ángulo del carro, en gran peligro de volar por el horrendo espacio y Aghios gritó: "Regresa, regresa, mira que en esta situación no se puede estar de otra manera". Y Anna, obediente, retornó a él como antes, mejor que antes. Y el espacio era infinito y, por eso, esa posición debía ser eterna. ¡Un sobresalto! ¿Se había llegado al planeta? Incluso el tren, deteniéndose, parecía que quisiese destruirse a sí mismo. El señor Aghios se puso de pie. Se sofocaba, pero lograba resarcirse. Entre aquel carro y este tren había una confusión de la cual era imposible desligarse. Y la misma confusión había entre la alegría que había gozado poco antes y la vergüenza que ahora lo invadía. Sin embargo, la benevolencia del señor Aghios era infinita, incluso para sí mismo. Pensó: "Yo no tengo la culpa". Y enseguida sonrió. Abrió una ventana y el aire se hizo respirable. Vio la campiña vacía: una luz inmóvil brillaba en la casa de un campesino. Aún abatido por el profundo sueño, el cansancio del doble viaje, el señor Aghios tuvo todavía tiempo de mirar el asiento vacío de Bacis, y después el lugar donde había dejado su valija. Bacis había partido discretamente, sin despertarlo. Seguramente habían ya pasado Gorizia. Sin convicción, con la cabeza sobre la almohada, Aghios pensó: "¡Pecado! Si hubiera permanecido le habría dado de inmediato las diez mil liras (no quince)". ¡Sonríe! Era hermoso no tener que pagar. Remordimientos no tuvo. Su aventura, la más grande que haya tenido durante la vida, no iba más allá de un pensamiento solitario y por eso no tenía importancia. Quizá si Bacis lo hubiese acompañado a Trieste, él, de acuerdo con su esposa, habría intentado ayudarlo virtuosamente. Y se durmió profundamente, después de haber puesto debajo de su cabeza también la almohada de Bacis. Se sentía perfectamente bien. El vino se había digerido en la carrera a través del espacio sideral, y no lo perturbaba más. Traducción: Luis Ramón Bustos, coordinador de la revista cultural del Sindicato del Seguro Social. Italo Svevo, fabulador de neblinas Para la narrativa italiana del siglo XX, Ettore Schmitz, más conocido por su seudónimo de Italo Svevo, representa lo que Proust y Joyce en otros ámbitos europeos. A finales del XIX e inicios del XX, realistas y decadentistas como Giovanni Verga, Gabriele D'Annunzio, Giovanni Pascoli y Benedetto Croce, imperaban aún; detrás, una burguesía en ascenso, segura de sí misma. Nadie osaba poner en entredicho ese idilio entre burguesía y escritores consagrados. Por ello, las dos primeras novelas de Svevo pasaron completamente inadvertidas: sus personajes inadaptados eran fiel testimonio de la soledad y enajenación que provoca en el individuo la sociedad moderna. Una vida (1892) y Senilidad (1898), con sus antihéroes -jóvenes derrotados o ancianos que ven el mundo como algo ajeno-, no eran, sin duda, un espejo complaciente para ese capitalismo arrogante. Hijo de un comerciante de vidrios (Svevo nació en Trieste, el 19 de diciembre de 1861), estaba destinado a ser hombre de negocios; de ahí que fuera autodidacta y para escribir le robara horas al sueño. Anhelaba la gloria literaria. Ante el rechazo de crítica y público, se resintió mucho su amor propio. Guardó silencio 25 años y sólo dio a la prensa La conciencia de Zeno (1923) hasta que su profesor de inglés en Trieste -nada menos que James Joyce- le confirmó su talento narrativo. El apoyo de Joyce y de sus amigos críticos reveló a Europa un autor de sutil complejidad, unas novelas siempre en tono de neblina y fincadas en el inconsciente. Pero no sólo escribió novelas: cultivó también el teatro, el cuento y el relato. Póstumamente se editaron: El cuento del buen viejo y de la hermosa muchacha y otros escritores (1929) y una novela corta inacabada: Corto viaje sentimental (1949). Svevo murió el 12 de septiembre de 1928, en Motta de Livenza. Dejó truncas algunas novelas y otra serie de cuentos. Corto viaje sentimental (del cual se traduce el capítulo VI) es una obra completamente desconocida entre los hispanoparlantes. En ella aparece otro de esos ancianos que anhelan mayor libertad, mas su voluntad paralizada sólo accede a sensaciones y pensamientos que la prefiguran. Doblegado ante una sociedad que lo pulveriza y condena a la soledad, el señor Aghios es, pues, un antihéroe muy al estilo de Italo Svevo. |
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