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ensayo Marcos en la UNAM
Héctor Ceballos Garibay
El guerrillero enmascarado está convencido de la bondad y racionalidad de las demandas estudiantiles que mantienen cerrada la UNAM. Proclama dogmáticamente que el CGH se ha caracterizado por ser flexible y dialogante, pasando por alto los golpes entre ultras y moderados en las asambleas, las barricadas que separan a la mesa directiva de los asambleístas, el mayoreo y la expulsión de los "exiliados", el secuestro de camiones y el bloqueo de avenidas, las amenazas y vetos contra periodistas, los destrozos y saqueos en el campus universitario, los cierres de los institutos y la exigencia de que renuncie Barnés. En este ensayo, Héctor Ceballos Garibay sí se acuerda de todo eso y revisa los delirantes comunicados que, desde su escondite en la selva chiapaneca, el personaje del pasamontañas emite para festejar o regañar a propios y extraños. El comunicado de Marcos, publicado el 13 de octubre, resulta interesante no sólo porque en él reitera su apoyo a la huelga estudiantil en la UNAM, sino por la acerba crítica que hace de la propuesta formulada por el grupo de los ocho profesores eméritos como vía alternativa para solucionar el conflicto universitario. En efecto, la misiva del líder guerrillero le da continuidad a la correspondencia entre él y varios connotados intelectuales (algunos de los cuales fueron asesores del EZLN), y en ella reitera acusaciones tan desmesuradas (intolerancia, soberbia, ceguera ante la realidad, etcétera), que ya se han generado consecuencias antes impensables: el distanciamiento entre el zapatismo y cierta comunidad de escritores simpatizantes de la causa indígena; la ruptura política -probablemente irreparable- entre el neocardenismo y la cúpula militar chiapaneca; y el proceso de progresiva y saludable desmitificación del subcomandante Marcos. La megalomanía En su comunicado, Marcos pretende hacernos creer que habla a nombre del EZLN y no del suyo propio. Y me pregunto: ¿por qué si el texto de marras está plagado de su retórica, su estilo, sus cotorreos, sus presunciones poéticas, etcétera, tiene que apelar al cobijo de la colectividad anónima que dice representar? Parece pues que no le bastó con haberse montado políticamente en el indigenismo como "causa progresista" de moda y "políticamente correcta", luego del fracaso de la insurrección armada marxista-leninista de enero de 1994. Marcos es astuto y para proyectarse individualmente nada mejor que invocar causas nobles que lo legitimen: la ancestral marginación y explotación de los indígenas; la movilización de la sociedad civil en contra del "mal gobierno", y el supuesto apego de la dirigencia zapatista a una democracia directa indígena sustentada en el retórico lema de "mandar obedeciendo". En todos los casos, Marcos se las ingenia para resguardarse en el halo de las colectividades y las banderas justicieras, aunque sea él en realidad quien lleve la batuta y brille en el firmamento. Por eso cabe la pregunta: ¿qué repercusiones tendría la causa indígena sin el carisma y el poder mediático de Marcos? Su egocentrismo se manifiesta a raudales en el texto aludido: "Odio decir que se los dije, pero se los dije", insiste en dos ocasiones y suelta entonces sus denuestos contra los intelectuales de currículum y los líderes de opinión que han construido, en sus cubículos u oficinas, un mundo virtual, ficticio; mientras que él, desde la selva, es el único ser pensante capaz de leer correctamente la realidad y desentrañar su misterioso decurso. El delirio de grandeza de Marcos (a quien ahora le disgusta el apelativo de "sub", pues prefiere, claro, el de "sup") no ha cesado de crecer y en sus comunicados no sólo acostumbra insultar a sus enemigos políticos, sino que además se da el lujo de regañar a personas y grupos cercanos al EZLN: a Cuauhtémoc Cárdenas, a la desaparecida Conai, a la Cocopa, a los eméritos, a los "heroicos" de la FCPyS, etcétera. Todo aquel que ose cuestionar su "culto a la personalidad" pagará un precio: la cancelación de entrevistas con periodistas críticos, el veto a los medios de comunicación que no lo favorecen, las descalificaciones y los resentimientos (recuérdese el enojo que le suscitaron las caricaturas de Magú y la portada de Proceso). En cambio, serán bienvenidos en la arcadia indígena zapatista todos aquellos intelectuales, estudiantes y nostálgicos de la utopía perdida que de hinojos se postren ante la parafernalia que ofrece el "turismo revolucionario": indios de carne y hueso, pobreza extrema, paisajes selváticos, bailes y folclor chiapanecos, himnos revolucionarios y patrióticos y, a manera de clímax, el despliegue hollywoodense del arribo de Marcos a caballo, con su uniforme de campaña, sus dos relojes, su pasamontañas, la infaltable pipa, las cananas, la metralleta, y su guardia de comandantes indígenas. ¡Todo un espectáculo postmoderno! Finalmente, el círculo se cierra: por un lado, Marcos acrecienta su ego publicando sus fábulas cursis, sus maldiciones al "mal gobierno", y sus panfletos saturados de necrofilia heroica y martirologio moralista; y, por el otro, sus fans nacionales y extranjeros incurren obnubilados en la más kitsch de las idolatrías surgidas en el ocaso de la centuria y el milenio. La patética mitificación de Marcos -considerado gran Revolucionario y magnífico Escritor- constituye la explicación de por qué sus admiradores le festejan sin reparos los trillados pitorreos, los albures sexistas, su papel de chistosito, y hasta le pasen por alto los recursos literarios que despliega en su último texto: "ni modos", "no hay que agüitarse raza", y los inefables "vale" y "sale". El arte de la no política Marcos -quien se considera a sí mismo excelente estratega político- reclama a los intelectuales eméritos la insensatez de no haberle dicho a los estudiantes que rectoría y el gobierno jamás cumplirían cualquier acuerdo con los huelguistas. Con esta lógica marquiana, que sabe de antemano lo inútil de cualquier negociación política, más valdría aconsejarle al CGH estudiantil que en lugar de insistir en sus demandas de diálogo público y un congreso resolutivo, mejor se dedique a fortalecer sus islas revolucionarias en el campus universitario. El planteamiento del líder guerrillero se sustenta en la vieja cantaleta de que el "supremo gobierno" no ha cumplido los Acuerdos de San Andrés, actitud pérfida que corrobora la naturaleza traidora, deshonesta, inconsecuente y manipuladora de los representantes gubernamentales. Y si es tan malvado el gobierno, ¿para qué dialogar con él? Vale más refugiarse en el silencio, esperar que se agudicen las contradicciones del sistema, movilizar a la sociedad civil, y hacer política desde la zona zapatista liberada. Así pues, la torpeza política del gobierno zedillista al firmar precipitadamente unos acuerdos cuyo contenido y redacción no les satisfacían (sobre todo asuntos como la autonomía, la propiedad de la tierra, los derechos democráticos, etcétera) fue convertida por Marcos en el pretexto ideal para condenar el "mal gobierno" y legitimar ante la opinión pública su negativa a sentarse a negociar. ¿Acaso es tan ingenuo Marcos que no sabe que todos los poderosos del mundo -no importa su filiación ideológica- suelen retractarse y actuar de acuerdo con la razón de Estado y el pragmatismo político del momento? ¿Sabe o finge no saber que resulta contradictorio hacerle reclamaciones éticas de incumplimiento de la palabra a profesionales de la política cuya preocupación esencial es la conservación del poder? Más aún, y sin recurrir a Maquiavelo, ¿acaso no es un absurdo político insultar y descalificar permanentemente al Presidente, al secretario de Gobernación, a los funcionarios en turno, y luego quejarse de que estos señores no han honrado su palabra estipulada en San Andrés? Ya podrá imaginarse el lector si con esta lógica que combina insultos, largos silencios y maniqueísmo político (el "mal gobierno" conformado por traidores, corruptos y genocidas enfrentado a los inmaculados indígenas), hubieran podido prosperar las negociaciones políticas entre judíos y palestinos, o entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte. Negociar políticamente -nos dice Perogrullo- presupone ceder algo a cambio de algo, y no pretender imponer el dilema de "todo o nada". Marcos se vanagloria de muchas cosas, sobre todo de ser consecuente y de siempre hablar con la verdad. Y uno se pregunta: ¿por qué, si él es tan fiel al mandato popular, no ha respetado el voto mayoritario en favor de que el EZLN se convirtiera en fuerza política, según los resultados de la consulta zapatista del 27 de agosto de 1995?; ¿por qué, si reconoce la importancia de la democracia electoral, boicoteó en su zona de influencia las elecciones del 6 de julio de 1997?; ¿por qué, si le importan tanto los consensos, no acepta que la ley indígena sea discutida y enriquecida por todas las etnias del país y en el marco plural del Parlamento nacional? Marcos asegura que a él no le interesa el poder, pero la propia historia de la cúpula militar del EZLN lo desmiente. Nos dice, también, que no tiene ambiciones políticas, empero, uno recuerda las experiencias fracasadas de movilizar a la sociedad civil (la Convención Nacional Democrática, de junio de 1994, el Movimiento de Liberación Nacional, de enero de 1995, y las sucesivas consultas zapatistas), donde desde la selva chiapaneca y a control remoto Marcos decidía los objetivos, los temas a discutir y las conclusiones que debían acordarse, todo ello con miras a tomar posición política en el plano nacional y a ubicarse como una alternativa de poder que rebasara el juego político-electoral. No obstante ser ciertos los graves problemas generados por la impunidad judicial y la proliferación de grupos armados (trasfondo del crimen colectivo en Acteal), el caciquismo, la marginación y pobreza de los indígenas, y el estado de sitio militar en la región, asuntos cuya responsabilidad recae en buena medida en los gobiernos federal y estatal, no se vale reiterar el infundio propagandístico de Marcos de que el Ejército mexicano está llevando un "aniquilamiento violento" de zapatistas, utilizando bombardeos, violaciones y genocidio en contra de ellos. Salvo los enfrentamientos bélicos ocurridos en enero de 1994, no hay testimonios objetivos de tales barbaridades en los cinco años del conflicto. Así pues, acusar al presidente Zedillo de genocida, siendo éste un "estadista" preocupado sobre todo por maquillar la macroeconomía y por finalizar cuanto antes y sin mayores dolores de cabeza su sexenio, más parece una broma de humor negro. Finalmente, y más allá de los sofismas y soflamas de Marcos, es pertinente insistir en la obviedad de que, por simple razón de Estado, los soldados jamás saldrán de Chiapas si no se negocia previamente entre las partes en pugna el desarme del EZLN y la supresión de la declaratoria de guerra de los insurgentes que afrenta al gobierno en funciones. Réquiem por la UNAM En su opúsculo, Marcos afirma que las seis demandas del pliego petitorio del CGH son atendibles, razonables y coherentes. Cuando se tiene la verdad revelada, y se sabe proféticamente que los estudiantes "van a ganar", carece de sentido argumentarle al jerarca militar cuestiones como: 1) que la loable demanda al gobierno para que aumente el presupuesto destinado a la educación no excluye la benigna puesta en práctica de ciertas formas de autofinanciamiento, como son las diversas cuotas de inscripción, exámenes, etcétera que, por lo demás, siempre han pagado los alumnos en las universidades públicas; 2) que en la actual situación de requerimientos financieros urgentes de la UNAM, es pertinente que exista un Reglamento de Pagos cuyos fondos se destinen exclusivamente a mejorar la función académica, que no subsidie a los alumnos cuyas familias tengan capacidad adquisitiva, que no cobre a los universitarios que no puedan pagar las cuotas y ofrezca un sistema eficaz de becas estudiantiles; 3) que resulta razonable recurrir a una institución como el Ceneval para que ella, u otro organismo similar, regule y coteje los niveles académicos de las universidades; y 4) que por motivos académicos tienen que establecerse exigencias de calidad y límites temporales a la permanencia de los estudiantes en la institución. En la perspectiva maniquea de Marcos, éstos y otros puntos no merecen ser discutidos, puesto que ellos son simples argucias de rectoría en su maquiavélica estrategia por privatizar la UNAM, imponer la lógica mercantil, aliarse con el gobierno neoliberal y ponerse a las órdenes del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Marcos está convencido de la bondad y racionalidad irrefragables de las demandas estudiantiles, y reta a los eméritos a que le entren a la discusión. ¿Tiene sentido polemizar con él, a sabiendas de que cualquier diferencia al respecto será condenada por atentar contra el tabú de la educación gratuita? Además, el augusto guerrillero proclama dogmáticamente que el CGH se ha caracterizado por ser flexible y dialogante, a diferencia de rectoría, que ha sido obtusa y cerrada. A partido tomado y verdad absoluta, de nada sirve recordar cuestiones como: los golpes entre moderados y ultras en las asambleas, las barricadas que separan a la mesa directiva de los asambleístas, el mayoriteo y la expulsión de los "exiliados", el secuestro de camiones y el bloqueo de avenidas, las amenazas y los vetos contra periodistas, los destrozos y saqueos del campus universitario, los cierres de los institutos y el conato de tomar el Centro de Cómputo, y la exigencia de que renuncie Barnés. ¿Todo esto ha sido inventado por las televisoras y la prensa vendida? Marcos no ve problema alguno en estos juegos gozosos propios de la juventud, pero sí está presto para advertir la cerrazón de un rector que, débil y desprestigiado, ya se retractó de su propuesta inicial. ¿Victoria o derrota? Al no levantarse la huelga, al exigir ahora un congreso resolutivo, el movimiento estudiantil está, implícita y explícitamente, amenazando al Consejo Universitario como máxima autoridad en la UNAM. ¿Va a permitir la burocracia universitaria que se atente contra sus privilegios? ¿Tiene el CGH, ahora que está distanciado de los eméritos y acusa graves fracturas internas, la fuerza política como para imponerle a rectoría que acepte la posibilidad de una modificación de su forma de gobierno? Evidentemente, a diferencia de lo que supone Marcos, la resolución del conflicto no es sencilla y por ello ambas partes están entrampadas en un círculo vicioso que poco tiene que ver con demandas "atendibles y razonables", y sí mucho con proyectos políticos antagónicos de universidad que, es obvio, jamás podrán ser discutidos y dirimidos si se mantiene cerrada la universidad. En este ambiente de confrontación, la propuesta de los eméritos significó un intento serio y loable de mediar entre dos visiones contrapuestas, cuyos extremos se ubican, por un lado, en las nefastas experiencias de universidad-pueblo en Guerrero y Sinaloa y, por otro, en la perpetuación de una estructura y legislación universitarias obsoletas, que igual propician el uso de la rectoría como trampolín político para alcanzar puestos gubernamentales, que permite situaciones injustificables como el pago de sueldos vitalicios a todos los ex directores y ex rectores de la UNAM. La crítica de Marcos a los eméritos no sólo revela su proverbial autosuficiencia sino que muestra una sorprendente incapacidad analítica del asunto: 1) los profesores no podían ser mediadores y, al mismo tiempo, decirle a los estudiantes que rectoría no cumpliría lo acordado; 2) ellos, cuyo prestigio académico y moral no está en duda, ofrecieron una propuesta (la cual tenía que ser enriquecida por toda la comunidad), y se propusieron a sí mismos como garantes para conducir a buen fin las negociaciones entre las partes en conflicto; 3) esta voluntad política de dar la batalla en pos de solucionar la huelga, requisito de cualquier ulterior transformación de la institución, fue apoyada en efecto por la mayoría de los universitarios; y 4) es uno más de los galimatías de Marcos pretender descalificar la propuesta de los eméritos por el uso político y oportunista que a ella le dieron Zedillo y Barnés, prescindiendo de su racionalidad intrínseca. Con enorme desfachatez, Marcos acusa a los eméritos de soberbios, de actuar con intolerancia frente a los "otros", de usar los títulos académicos como argumentos de autoridad, de despreciar a los estudiantes y, para rematar, de ser incapaces de comprender la realidad. Es curioso observar aquí la ofuscación ególatra a la que puede conducir la concentración de un poder absoluto regional en el aislamiento de la selva. El antiguo lector de Althusser, el que presume su excelsa cultura citando a grandes poetas, de pronto se convierte en un furibundo antiintelectual que se burla de los doctorados, de los currículums, de las investigaciones académicas. Si Marcos ve intolerancia en los eméritos, ¿qué podría decirse de lo que ocurre en territorio zapatista? ¿Cómo calificar la expulsión de los opositores indígenas al levantamiento armado, los castigos represivos en contra del uso del alcohol y la prostitución (como si estas realidades sociales pudieran extinguirse por decreto), los vetos a periodistas que no simpatizan con el movimiento? Situación paradójica: no obstante que varios de los intelectuales ahora denostados por Marcos son defensores del pluralismo, la democracia y el respeto a la diversidad étnica, sexual, política, etcétera, ahora resulta que son intolerantes porque no apoyan al CGH como lo hace el señor de la selva. Sería conveniente, a propósito del tema, que ambas partes, Marcos y los filósofos filozapatistas (proclives a inventar un paraíso indígena), nos dijeran qué piensan de asuntos como las expulsiones violentas de protestantes por parte de indígenas católicos; la persistencia del machismo, la homofobia, la misoginia, la gerontocracia en los "usos y costumbres" indígenas, y el funcionamiento de una democracia directa en donde no existe el voto secreto, la alternancia, el pluripartidismo y el respeto a las minorías. ¿Acaso los principios universales de tolerancia, democracia, igualdad y fraternidad deben ser privilegio exclusivo de las sociedades modernas? Se le exige al gobierno mexicano que respete la pluralidad étnica y cultural del país -estoy de acuerdo, pero, ¿vamos a quedarnos callados frente a los vicios y las lacras discriminatorias que suceden en el seno de las comunidades indígenas? Marcos aprovecha su escrito para pontificar acerca de la "crisis del quehacer político" en México. Señala críticas puntuales a la clase política, a los líderes de opinión y a los partidos políticos. Y no obstante que en este punto puedo tener coincidencias con él, me deslindo de ese tono -que me recuerda el sectarismo marxista-leninista- radical suyo que repudia la política parlamentaria y la "democracia burguesa". No hay duda: sí es lamentable el actual mercadeo político de los aspirantes a la silla presidencial, sí resultan penosas las oligarquías y el caudillismo imperante en los partidos políticos, sí dejan mucho que desear nuestros representantes en las cámaras. Pero, ¿cómo funciona esa sociedad civil a la que apela Marcos como panacea? La sociedad civil aparece como buena y noble siempre y cuando apoye al zapatismo y a los movimientos políticos adláteres. Es inmaculada a pesar de todo su tendencia al sectarismo: baste recordar las caravanas de apoyo a los indígenas zapatistas y el olvido en que dejaron éstas a los tres mil desplazados no zapatistas, o rememórese las pugnas irreconciliables entre ultras y moderados en los encuentros dirigidos intergalácticamente por Marcos. Así pues, coincido con el planteamiento de que padecemos una crisis política peligrosa, pero ello no le otorga razón y legitimidad a los grupos violentos y extremistas, dentro y fuera de la UNAM. Tampoco le confiere sentido, por más triste que sea el panorama, a la insurrección armada como vía para hacerse del poder del Estado. La estructura militar -que tanto fascina a Marcos- es autoritaria por antonomasia, y a la hora de las revoluciones triunfantes se vuelve el sustento de los totalitarismos de izquierda o derecha que tanto ha padecido la humanidad en el devenir de este siglo. Estoy convencido de la importancia que han adquirido los movimientos sociales y los grupos no gubernamentales para el enriquecimiento de la vida política y para la conquista de una sociedad más democrática y justa, pero ello no me impide reconocer el papel vital e imprescindible que juegan los partidos políticos como soportes del sistema democrático, sin duda la forma menos mala de gobierno hasta hoy existente. En todo caso, el desafío para superar la "crisis del quehacer político" es doble: por un lado, se requiere acrecentar el potencial político de la sociedad civil (sin mistificarla, dados su heterogeneidad intrínseca y el carácter generalmente cambiante y efímero de sus movilizaciones) y, por otro, se necesita elevar el nivel intelectual y moral de la clase política: no es posible, por ejemplo, que sus miembros exijan la democratización del sistema político mexicano y no sean capaces de practicar la democracia dentro de sus respectivos partidos; no es admisible, igualmente, que su vocación política se origine en la ambición de enriquecerse al amparo de los puestos públicos y a expensas del erario nacional. Por último, es urgente que ocurra un movimiento paralelo y a la vez simbiótico de moralización y secularización de la política en este país. Ciertamente la oposición progresista no podrá convertirse en una opción real de gobierno si no fortalece antes su propia dinámica y oferta de una "política alternativa" que sea libertaria y consecuente con el fomento cotidiano y en todas las instituciones de los valores democráticos. Esta nueva cultura política de respeto tanto a las diferencias de toda índole como a las libertades públicas y privadas constituye, sin duda, una tarea civilizatoria. Puede concluirse, entonces, que difícilmente podrá erradicarse la sombra oprobiosa del partido de Estado y sus añejas secuelas de iniquidad social y política, si una parte importantísima de la izquierda mexicana continúa encerrada en el círculo vicioso del mesianismo y la idolatría de héroes y caudillos, el sectarismo y la búsqueda del paraíso terrenal. Héctor Ceballos Garibay es doctor en Sociología. Autor del libro Foucault y el poder. |
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