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por los caminos de sancho bahías guía de perplejos freakziones
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el revés de la trama Figuras emergentes
Edgardo Bermejo Mora
1. Roque Villanueva Muy probablemente Humberto Roque Villanueva ocupe el cuarto lugar en las próximas elecciones del PRI, en el mejor de los casos con un porcentaje de la votación no muy distinto al que logre Manuel Bartlett. No importa, de cualquier modo Roque habrá ganado su propia batalla, que no lo fue en ningún momento el de la candidatura presidencial de su partido -nunca tuvo oportunidad ante sus competidores-, sino en todo caso el de la reivindicación pública de su imagen, toda vez que ha sido una de las más agraviadas y envilecidas por la sorna superficial de los medios. Roque sufrió con más intensidad que ningún otro político del país la capacidad tóxica de un tipo de humorismo periodístico que destruye reputaciones y edifica leyendas negras con un reduccionismo abominable. Toda su trayectoria pública, su desempeño parlamentario, su formación y su militancia, sepultadas por el peso de un instante de confusión y torpeza. Roque mejor que nadie comprenderá ahora el peligro de una cultura política como la nuestra en donde una imagen, una ocurrencia, una puntada pueden más que mil argumentos, de una vida pública desvirtuada hasta la condición del circo romano en donde el público enardecido disfruta el banquete que se dan los leones mediáticos. Aún recuerdo la soberbia de muchos de sus primeros entrevistadores que se montaron en el descrédito de Roque para granjearse sus 15 minutos bufos. En particular pasará a la antología de la infamia la entrevista grosera y vejatoria que le realizó Joaquín López-Dóriga en Televisa, en la que tuvo la "ocurrencia" de presentar como doctos y serios los comentarios de algunos moneros, o bien cuando ingenuamente Roque le intentaba explicar a un lerdo interlocutor los diferentes tipos de legitimidad que distingue Weber, y López-Dóriga lo interrumpió diciendo que eso era "puro rollo" y que mejor hablara "con la verdad". Es el país que eleva a sus caricaturistas a la condición de líderes de opinión, el país que se carcajea ante los estereotipos pero que se resiste o se aburre ante el análisis a secas, el que puso a Roque Villanueva en una situación de la que parecía imposible recuperarse. Y, sin embargo, a partir del 7 de noviembre tal vez ya no se le recuerde con la venalidad de un ademán, por lo demás improbable, sino en todo caso como un político tenaz que supo convertir su derrota en las urnas en un triunfo personal y, tal vez, en una estación estratégica con rumbo a la gubernatura de Coahuila o un puesto en el gabinete. Como sea, está claro que Roque era algo más que un hombre a un ademán pegado, y que, aun sin recursos, con todo el descrédito a sus espaldas, hizo una campaña decorosa, se metió en los medios -que no en la competencia-, hizo algunas propuestas desafiantes como exigir una auditoría a las campañas o acordar otro debate, y nos demostró que por más poderosa y autoritaria sea la república de la caricatura, pudo más por esta vez la política de carne, hueso y dignidad. 2. Silvestre Fernández En el otro extremo, Silvestre Fernández representa como ningún otro precandidato el peligro del manotazo autoritario y el golpe de suerte en un país asfixiado por el descrédito de los políticos y sus partidos. Un descuido mayor, un movimiento caprichoso de los dados, y tendríamos en este politicastro nuestra versión nacional de la terna estelar del neodespotismo sudamericano conformada por Alberto Fujimori, Abdalá Bucaram y Hugo Chávez. Silvestre Fernández era un personaje desconocido fuera de los círculos priistas de la capital, tuvo en su favor la benevolencia de los estatutos de su partido y en esas condiciones nadie le podía negar que se registrara como precandidato. Despegó de cero, y a fuerza de desplantes y fanfarronerías ya les robó diez puntos de las preferencias a sus competidores. ¿Cómo lo logró? Con una fórmula bastante atractiva para un electorado sumido en en el hartazgo: la violencia verbal y la estupidez demagógica; Silvestre Fernández promueve la pena de muerte con toda la liviandad puesto que no está ni remotamente entre las atribuciones del jefe de gobierno de la ciudad de México una medida de esta naturaleza. Como sea, a la gente le gustó la idea de "un tipo duro" como le gustó también que Arturo Montiel le negara un trato con apego a los derechos humanos a las "ratas" de la delincuencia. Aceptémoslo, la desesperación colectiva siempre será un caldo de cultivo para las tentaciones autoritarias y el despunte de demagogos, por más pintorescos que resulten como en el caso de Silvestre Fernández, a quien basta con escuchar cinco minutos para descubrir sus limitaciones. Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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