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A la camita Fedro Carlos Guillén
"Cama" es un término que nos remite de inmediato al territorio de las evocaciones; para algunos es el lugar ideal para conocer -en el sentido bíblico- a la gente. Hay camas con historias respetables donde seguramente se concibieron grandes hombres y mujeres, otras en las que se intercambiaron los secretos de la bomba atómica y algunas más que fueron territorio fértil para la fantasía y la invención. Está bien, supongo que pensar en un lecho en esos términos es la asociación más aceptable que uno pueda hacer. Sin embargo, a menos que algo ande mal (debería decir: a menos que algo ande bien) la mayor parte del tiempo que uno utiliza tan noble artefacto doméstico, se emplea en dormir a pierna suelta, descansar con una botana y el control remoto o simplemente convalecer de una enfermedad. Como a nadie le ha dado por dormir parado y los médicos desde Hipócrates no han considerado que correr tres kilómetros sea una posibilidad terapéutica para un paciente recién operado, la cama se ha vuelto un territorio que se visita diariamente y donde sería justo decir que pasamos la tercera parte de nuestra vida (en mi caso 40%). Es por ello que todo lo que en ella ocurra es de la máxima importancia. Existe, de hecho, una muy respetable cantidad de biotecnólogos al servicio de las industrias colchoneras tratando de hallar la fórmula perfecta para que uno amanezca como un bendito cada día de su vida. La cama es, pues, uno de los más importantes inventos humanos. Desgraciadamente, un estudio reciente ha traicionado todas nuestras percepciones y ha puesto en tela de juicio el valor terapéutico de un buen tálamo. La revista británica The Lancet publicó un trabajo realizado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Queensland, en Australia, donde se analizó la efectividad de una curación cuando los pacientes se quedaban acostados, comparada con los beneficios de -siguiendo las enseñanzas de Lázaro- levantarse y andar. La muestra utilizada no fue despreciable: más de cinco mil 500 personas que enfrentaban 15 condiciones médicas diferentes en las cuales de manera ortodoxa se les receta descanso. Uno de los hallazgos consistió en demostrar que personas a las que se les extrae fluido espinal o aquellas que han sido anestesiadas en la espina, agravan su condición en el momento de irse a la cama, debido a que los dolores aumentan llegando a ser insoportables en algunos casos. Por otro lado, después de una cateterización cardiaca se demostró que acostarse trae como consecuencia una mayor posibilidad de fugas de sangre y dolores lumbares en los momentos menos indicados. Las mujeres embarazadas que esperan acostadas en la primera etapa del parto, en lugar de caminar, consiguieron alargar su parto (supongo que nadie en pleno uso de facultades alargaría un parto) y tuvieron contracciones más fuertes. La contraargumentación inmediata es que esta percepción está cambiando; señoras con horas de haber sufrido una cesárea capaz de matar a un caballo -y procurarme un infarto en el muy remoto caso que la presenciara- se ponen a caminar de inmediato con bata y muy mala cara por los pasillos del hospital, rompiendo de una vez y para siempre las percepciones tradicionales acerca de quedarse 20 días postrado. Supongo que no hay cama perfecta, espero también que este estudio se pudra en el infierno y que alguien con mejores datos o una muestra mayor nos ayude a quedarnos muy cobijadones cuando las circunstancias así lo ameriten. Después de todo, pocas cosas superan a una tarde entera completamente despatarrado sin preocuparse de los vértigos de la vida... aunque los científicos digan que no es la mejor de las ideas. Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM. |
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