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¿Pena de muerte?
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No. Es repugnante
Luis de la Barreda Solórzano
Sólo desde una trinchera troglodita puede defenderse la pena de muerte. El cerebro humano creció como las pirámides americanas: una mayor y más bella capa sobre la antigua que soporta la nueva. La última, la corteza cerebral, es la responsable, entre otras cosas, de la poesía, la filosofía, la medicina, la ética, la música y los derechos humanos, entre ellos el respeto a la vida. Bajo esa capa coexisten la del simio y la del reptil. La razón apacigua y contiene a estas dos, tranquiliza su miedo, detiene su agresión. Pero el cerebro del simio y del reptil sigue allí. Es precisamente de ese compartimento de donde provienen las voces en favor de la pena de muerte y, en general, los ataques a los avances civilizatorios. Por otra parte, no puede ignorarse que los señalamientos de quienes se oponen a la pena capital frecuentemente son no sólo débiles sino contraproducentes. Decir, por ejemplo, que hay que estar contra esa pena porque tenemos un deficiente Ministerio Público y un deficiente Poder Judicial equivale, a contrario sensu, a sostener que si nuestros acusadores y juzgadores penales fueran los adecuados no habría por qué oponerse a tal castigo. A quienes así "razonan" tendríamos que suplicarles los abolicionistas: "No nos defiendan, compadres". A la pena de muerte hay que oponerse porque está irrefutablemente demostrado que no es disuasiva y porque impide corregir el error judicial, pero, sobre todo, porque no podemos ponernos éticamente al mismo nivel que los delincuentes. ¿Cómo expresar nuestra repugnancia por el hecho de que un ser humano mate a otro matando a nuestra vez? Como ironiza Fernando Savater, el canibalismo es repugnante y no por eso vamos a comernos a los caníbales. Desde el punto de vista de los derechos humanos y de nuestros más preciados avances civilizatorios, la pena de muerte es absolutamente inaceptable. Luis de la Barreda Solórzano es presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. |
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