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Grietas
Evidencias de un país desigual

Julián Andrade Jardí

Las lluvias se llevaron cualquier esperanza de un fin se sexenio pausado. La elección interna del PRI anuncia el rompimiento o al menos la evidencia de grietas profundas que serán difíciles de resanar. Los temas, aunque parezca increíble, se juntan dando pie a una evidencia terrible: la descomposición de las instituciones.

A lo largo de la sierra de Veracruz, en la zona afectada por las grandes tormentas, la gente pregunta por el gobernador y la interrogación va en dos sentidos: primero, para que le digan quién es, ya que no lo conocen y, segundo, para que se responsabilice de la llegada de la ayuda.

Destruyeron Solidaridad y no la sustituyeron con nada, por eso ahora las labores de rescate se dificultan. El Pronasol, hay que recordarlo, era una gran red de organización ciudadana, que sin duda podía ser criticable y tenía grandes defectos, pero servía para organizar, de manera eficiente, al momento de un desastre.

Con el agua volvió la evidencia del país desigual. La terrible certeza de que la miseria es el gran pendiente del fin de siglo. Les llovió a los pobres y los dejó sin nada, en una cadena de muerte que en ningún modo está exenta de irresponsabilidad gubernamental.

En otros lugares, fenómenos como éste destruyen viviendas y causan un daño terrible a la economía pero las vidas se salvan. No creo que resignarnos sea un buen antídoto. El remedio más bien es insistir que se pudo evitar la tragedia y que no debe volver a suceder. No creo que estemos condenados a la desgracia.

La población no fue advertida de lo que venía, hicieron caso omiso de los reportes del servicio meteorológico, con las consecuencias que aún nos ocupan. Pero en el lado de la política, el temporal no anuncia nada bueno. El PRI se apresta a lo que puede ser una batalla campal el 7 de noviembre. No deja de ser un drama que el único partido que apeló a la vía democrática para elegir a su candidato, se debata en el apoyo a un solo candidato aun con la evidencia de que esto puede resultar terrible.

Tres de los cuatro precandidatos han señalado que la contienda está muy lejos de la equidad y que la burocracia partidista ha mostrado una clara preferencia por Francisco Labastida. Las quejas han sido desechadas con una velocidad inaudita, pero en el fondo nadie sabe si en realidad están conscientes de lo que se avecina.

Para rematar, en la UNAM ya retiraron las acusaciones contra paristas que cometieron delitos. La impunidad reina en una institución que se diluye en el mar del desgobierno. El rector descalifica a quienes, desesperados, intentaron recuperar una escuela, cancelando, de antemano, la construcción de una gran corriente, debidamente organizada, que se oponga al paro.

En fin, la violencia legitimada por un Consejo Universitario que perdió el rumbo y por un rector en tránsito, incapaz ya de encabezar la gran reforma universitaria pero prisionero de su propio atrevimiento, al tratar de cambiar a una universidad cruzada por intereses muy poderosos. Creyó en quienes lo alentaron y ahora pagará las consecuencias políticas de su mal cálculo. La derrota, todos lo sabemos, es solitaria y el rector de la UNAM no encontrará compañeros de viaje, porque en el poder y en nuestro sistema, nadie se equivoca.

Los temas se juntan porque la política perdió espacio, porque los grupos de negociación no existen y porque las instituciones están sometidas al descrédito.

Creo que todo esto tampoco es ajeno a lo que vivimos los últimos años: una guerra interna en el gobierno que aún no termina y a la lección democrática de todo este embrollo: las elecciones limpias son una condición necesaria para forjar un país justo y moderno, pero los grandes problemas ahora están en otro lado.

Julián Andrade Jardí es subdirector de Información del periódico Crónica.

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