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Qué son las elecciones
Mito y rito de las urnas

Héctor Zamitiz

La democracia, dice el autor de este ensayo, sólo funciona cuando hay un consenso suficientemente amplio sobre la mayoría de los objetivos nacionales. Por lo tanto, cuando las elecciones conducen a un cambio en la composición de los gobiernos parece que éste es más de personas que de medidas.

A pesar de que las elecciones se consideran hitos históricos en la mayoría de las naciones -explica Héctor Zamitiz en este que podemos considerar un "ABC" de las urnas-, muy pocos acontecimientos están realmente asociados a un cambio producido por el voto.

Sin embargo, aunque las elecciones deciden menos de lo que supone la mayoría de la gente, tienen la virtud de dar vida y flexibilizar al sistema político.

El término elecciones, nos dice David Butler -en la versión española de la Enciclopedia de las instituciones políticas dirigida por Vernon Bogdanor-, viene del verbo latino eligere. Es un procedimiento con normas reconocidas donde toda la población, o parte de ésta, elige a una o varias personas para ocupar un cargo. En casi todas las sociedades existe alguna forma de elección de líderes o delegados o representantes, aunque el sistema de votación, el alcance del sufragio y la limpieza del proceso difieran mucho.

Excepto para los propósitos de la historia antigua, la historia de las elecciones tiene dos siglos. Desde el siglo XVIII los gobiernos han buscado la legitimidad de un amplio respaldo popular y los ciudadanos han buscado hacer oír su voz en la elección del gobierno. Por ello, una elección organizada requiere la definición precisa de quien tendrá derecho a voto, tanto más cuanto que muchas de las primeras batallas para instaurar la democracia se libraron por la extensión del derecho al sufragio.

Ahora bien, la concesión del sufragio universal no ha garantizado su plenoejercicio. Los electores pueden estar ausentes, o pueden no votar premeditadamente o por negligencia; pero también puede ocurrir que no figuren en un censo electoral. Por ello, una lista exacta de los votantes con derecho a voto es casi un requisito necesario de una elección limpia.

Si bien muchas organizaciones privadas practican la votación pública, la papeleta de votación secreta ha sido aceptada universalmente en las elecciones públicas. Utilizada por primera vez en el sur de Australia en 1856 (conocida como papeleta australiana) en el medio siglo siguiente se extendió a casi todas las democracias y desde entonces ha sido un importante factor en el desarrollo de las elecciones libres. Si el voto es realmente secreto, no existe ninguna garantía de que los votantes comprados o intimidados elijan la opción prevista.

Aunque las elecciones satisfagan todas las condiciones formales de secreto, auténtica posibilidad de elegir y limpieza, no dejan de estar sometidas a críticas. Casualidades como el estado de ánimo en un día determinado, incluso el tiempo atmosférico, pueden decidir quién gobernará un país por el tiempo que dure un periodo de gobierno. El juicio popular sobre una multitud de temas complejos e imprevisibles se reduce a la simple elección entre individuos o grupos de individuos. Como han demostrado los estudios electorales, muchos votantes no están abiertos a los argumentos. En el pasado, al menos, los votantes tendían a apoyar a su partido habitual en razón de su clase, religión o lealtad familiar. El conocimiento que poseen los votantes de los problemas y las personalidades en juego es necesariamente muy limitado. No obstante, a falta de una alternativa mejor, las elecciones generales se aceptan como la piedra angular de la democracia.

Actualmente, la minoría de votantes fluctuantes que deciden el destino de la nación no son necesariamente los más preparados intelectualmente o los críticos más racionales de los programas rivales. Sin embargo, en la mayoría de los países se ha observado una tendencia hacia el incremento de la volatilidad electoral, con más votantes que cambian de partido como respuesta a los argumentos o a los acontecimientos.

Se puede sostener que de una forma más bien mística o colectiva, la mayoría de los cambios electorales manifestados en las democracias occidentales en los últimos años han beneficiado a los países donde se han producido (Butler, 1991, p. 257), pues el temor a las siguientes elecciones influye constantemente en la política de los gobiernos, en ocasiones impidiendo que tomen medidas deseables aunque impopulares, pero también, al menos con frecuencia, disuadiéndoles de prácticas corruptas o arbitrarias.

Es por ello que las elecciones obligan a los contendientes a cumplir el trámite de defender la gestión realizada y sus futuras promesas, presentándose como guardianes plausibles del interés público. "El resultado electoral puede estar desfigurado por la demagogia del viejo estilo o por nuevos y caros vendedores expertos en las técnicas publicitarias y las relaciones públicas. Pero en último término, la elección debe resolverse en el enfrentamiento entre conocidas figuras públicas, cuyas declaraciones electorales están refrenadas por la tradición de los partidos, las presiones para que presenten una imagen coherente a largo plazo y por el conocimiento de que las artimañas pueden ser contraproducentes" (Butler, 1991, p. 257).

La llegada de las encuestas y el acceso a datos proporcionados por los sondeos de opinión han transformado las ideas sobre las elecciones; empero, constituyen una herramienta ampliamente utilizada por los estrategas de los partidos y por la nueva profesión de consultores para determinar las formas más efectivas para estudiar el comportamiento del electorado.

Pero, ¿qué deciden las elecciones? Hay razones para sentir escepticismo sobre su impacto real: la democracia sólo funciona cuando hay un consenso suficientemente amplio sobre la mayoría de los objetivos nacionales. Por lo tanto, cuando las elecciones conducen a un cambio en la composición de los gobiernos con frecuencia parece que el cambio es más de personas que de medidas. El resultado suele ser la incorporación de nuevas caras y energías, más que de nuevas orientaciones.

Aunque las elecciones se consideran hitos históricos en la mayoría de las historias nacionales, muy pocos acontecimientos realmente están asociados a un cambio en las urnas. Es decir, las elecciones deciden menos de lo que supone la mayoría de la gente. No obstante, dan vida y flexibilizan al sistema político.

El sufragio y su función electoral

El pueblo participa de dos maneras en las tareas oficiales del Estado democrático-representativo: mediante la acción política difusa, que se lleva a cabo a través de la opinión pública, de los partidos políticos y de los grupos de presión, y mediante la acción política concreta, que se realiza por medio de las diferentes formas de votación. El sufragio consiste en la intervención directa del pueblo, o de un amplio sector de él, en la creación de normas jurídicas, en su aprobación o en la designación de los titulares de los órganos estatales. Por consiguiente, el sufragio se resuelve siempre en una acción política concreta que tiene por finalidad coadyuvar en la creación del orden jurídico del Estado mediante la presentación de proyectos de ley (iniciativa popular), aprobar o desaprobar un acto legislativo (referéndum), sancionar un acto o una medida del Ejecutivo (plebiscito), y designar a los titulares de los órganos electivos del Estado (función electoral).

La función electoral, es decir, la función de elegir gobernantes, es una forma de acción política concreta del pueblo que consiste en expresar por medio del voto su voluntad acerca de quienes deben integrar los órganos representativos del Estado. Aunque en estricto sentido no es el pueblo mismo el que manifiesta su voluntad, sino esa prolongación suya que es el cuerpo electoral, no hay duda que esta forma de sufragio permite la intervención política de una amplia representación del todo social. Cada elector está llamado a interpretar, en su esfera de acción y en la medida de sus capacidades, el sentir de la colectividad. De ahí que se considere al elector como un órgano de Estado, encargado de desempeñar la función electoral.

Desde este punto de vista, dice Rodrigo Borja en su libro Derecho político y constitucional, "elegir es una función pública porque implica la ejecución de un acto de interés general, que es determinar la integración del gobierno del Estado. Consecuentemente, en este sentido, el elector es un funcionario público que desempeña la tarea de seleccionar a las personas que deben ejercer los cargos políticos de naturaleza electiva, y en el desempeño de su función está obligado a reflejar la voluntad general de su esfera social" (Borja, 1991, p. 223).

Sin embargo, no todos los miembros del Estado tienen derechos electorales. Los tienen solamente aquellos que reúnen determinados requisitos legales, tendientes a garantizar cierto grado de capacidad reflexiva para desempeñar la función pública de elegir. De esto se sigue que el grupo de electores, llamado cuerpo electoral, no coincide cuantitativamente con la población estatal; luego entonces, la responsabilidad de elegir recae no sobre el todo social, sino sobre una parte de él: sobre aquella que, por sus condiciones legales, está calificada para desempeñar la función política reflexiva en que consiste el sufragio.

a) Elecciones directas y elecciones indirectas. Las elecciones directas o de primer grado son aquellas en las cuales los electores participan de un modo inmediato en la designación de los funcionarios electivos, y elecciones indirectas (o de segundo o más grados) a aquellas donde los votantes designan un cuerpo electoral restringido, el mismo que se encarga de elegir a los funcionarios electivos en una segunda elección o de segundo grado. En la votación directa, o de primer grado, el sufragante elige por sí mismo al candidato; en la votación indirecta o de segundo grado, sufraga por una lista de electores quienes a su vez eligen definitivamente a los candidatos.

Los partidarios de la elección directa sostienen que la votación indirecta no refleja fielmente la voluntad del electorado, aparte de que no alcanza uno de los principales objetivos de las elecciones libres: promover un sentido de consentimiento general y de participación en las tareas de gobierno. Los defensores del método indirecto, por su parte, señalan que reduciendo el número de electores mediante votaciones escalonadas cada vez menos amplias, se obtiene un mejor criterio selector y un mayor grado de reflexión en la designación de los funcionarios públicos.

Lo cierto es que el advenimiento de las masas al escenario político y la universalización del sufragio han reclamado el sistema electoral directo, en el cual los gobernados seleccionan libremente a los gobernantes. Esta tendencia ha coincidido también con el fortalecimiento conceptual y práctico de la democracia, cuya definición más sencilla, según Duverger, es la del régimen en el cual los gobernantes son escogidos por los gobernados por medio de elecciones libres.

Pero no es menos cierto que si, de un lado, se ha señalado una tendencia hacia las elecciones directas como método para aproximar a electores y elegidos, de otro, el desarrollo de los partidos políticos ha mediatizado en la práctica las relaciones entre estos dos elementos de la elección, pues antes de ser seleccionados por sus electores, los candidatos han sido escogidos por los partidos en un preescrutinio interior, de modo que el derecho electoral de los ciudadanos queda reducido a la ratificación de las candidaturas exhibidas por los grupos políticos organizados.

Se han interpuesto así, entre electores y elegidos, los partidos políticos, cuyo desarrollo ha modificado notablemente no sólo el hecho de la elección, sino también la teoría de la representación política, ya que hay que admitir que el elegido recibe un doble mandato: del partido y sus electores.

b) Elecciones universales y elecciones restringidas. Según la amplitud con la que se concede el derecho al voto, se distinguen elecciones universales y restringidas. Las primeras confieren derechos electorales a un amplio sector del pueblo, con la exigencia del menor número posible de condiciones para el ejercicio del sufragio. Las segundas son aquellas en las cuales el derecho electoral se limita a unos grupos sociales, sea que éstos estén nominalmente enumerados, sea que tal exclusividad derive de las condiciones exigidas.

Las elecciones restringidas y las universales representan dos momentos diferentes en el curso histórico de la idea democrática. Las primeras están ligadas a la etapa donde la intervención política se encuentra reservada a las clases dirigentes, casi diríamos a las élites sociales. Las segundas, en cambio, corresponden a la entrada de las multitudes al escenario político y son resultado de las profundas conmociones sociales de este siglo.

No debemos olvidar que una de las características más importantes de la época actual es la irrupción de las muchedumbres al campo de la política y la creciente injerencia de ellas en la gestión de los negocios públicos. El sufragio universal tiene este nombre por oposición al sufragio calificado, es el derecho político que se acuerda a los individuos en general, excluido todo privilegio o ventaja provenientes del nacimiento, fortuna, capacidad intelectual, profesión, etcétera.

Sin embargo, la universalidad del sufragio tiene que ser entendida en términos relativos, dado que en rigor no hay ni puede haber sufragio verdaderamente universal, o sea comprensivo del todo social. Lo que hay es sufragio de un cuerpo electoral amplio, pero en todo caso limitado por la exigencia de ciertas condiciones inexcusables para el cumplimiento eficiente de la acción política reflexiva que el sufragio requiere.

Son cuatro -según Borja- los requisitos generales que comúnmente seexigen al elector en el sufragio universal: nacionalidad, edad, sanidad mental e idoneidad moral. Estos requisitos, que implican otras tantas presunciones de aptitud para la emisión del voto, no alteran la universalidad del sufragio -por más que lo limitan en su extensión- y están destinados a garantizar un mínimo de capacidad intelectual y moral de los electores.

c) Elecciones obligatorias y voluntarias. La función electoral, como hemos visto, es uno de los medios por los cuales el pueblo realiza su acción política concreta, acción que en este caso consiste en elegir gobernantes. La consecuencia principal que supone que elegir sea una función, es que el elector está obligado a votar, de la misma manera que el funcionario lo está a ejercer su función. Nace así el concepto de la elección obligatoria, en la cual la emisión del voto es para cada ciudadano un derecho y un deber cívico irrenunciable, en oposición a la elección voluntaria o facultativa, donde la emisión del voto es un derecho renunciable de cada ciudadano.

La elección obligatoria se funda en la idea de que el voto es un deber. Por tanto, la ley obliga al elector a participar en todos los actos electorales para los que sea convocado, bajo amenaza de una sanción legal si se abstiene injustificadamente. Esto suscita la cuestión de si el voto es un derecho o un deber, tema sobre el cual los juristas han debatido largamente. Hoy se estima, generalmente, que es ambas cosas a la vez, pues el hecho de que el sufragio sea una función (es decir, un deber), no es incompatible con su consideración como un derecho (Borja, 1991, p. 233).

Tipología de elecciones según su función

Paradójicamente ningún fenómeno es tan común en los Estados modernos como las elecciones, pero no hay fenómeno cuya significación real varíe tanto como el de las elecciones. ¿Cuál es la razón central? Tal vez porque, a pesar de todas las críticas, sean lo más aproximado al control del gobierno por el pueblo que se pueda alcanzar en la moderna sociedad industrializada. Si esto es cierto, entonces, ¿por qué se celebran elecciones en todos los países, incluso en aquellos que no son democráticos? Al respecto responde Dieter Nohlen: "Porque las elecciones representan una técnica de designación de representantes".

Según esta definición, las elecciones pueden ser utilizadas en lugar de otras técnicas (designación de representantes mediante sucesión, por oficio o por nombramiento), sin tener contenido democrático alguno. En consecuencia, las elecciones no son exclusivas de las democracias. En este sentido es importante recordar que en las democracias actualmente existentes, las elecciones se celebraron mucho antes de que se impusiera el sufragio universal. Es decir, el uso de las elecciones como técnica precedió la evolución de las democracias modernas. Conocidos sistemas políticos han celebrado elecciones y sus estructuras no son democráticas (Nohlen, 1994, p. 9)

Es por ello que, respecto de la realización de elecciones en sistemas políticos democráticos, autoritarios y totalitarios, Nohlen señale que: a) el concepto de elecciones varía según los sistemas políticos; b) la importancia de las lecciones difiere de un sistema político a otro, y c) las funciones de las elecciones cambian de sistema a sistema.

La primera distinción conceptual entre las elecciones en sistemas políticos diferentes está implícita en el término mismo, pues mientras en un sistema el elector puede elegir entre varios partidos y tomar su decisión libremente, en otro sistema tiene que votar por un partido único, ya que no se permite la participación de otros.

Para poder ejercer realmente el sufragio, el elector debe tener oportunidad de elegir y gozar de la libertad de elección. Sólo quien tiene la opción entre dos propuestas, por lo menos, puede ejercer verdaderamente el sufragio. Además, debe tener libertad para decidirse por cualquiera de ellas; de lo contrario, no tendría opción. La oportunidad y libertad de elegir deben estar amparadas por la ley. Cuando estas condiciones están dadas, hablamos de elecciones competitivas; cuando se niegan la oportunidad y libertad de elegir, hablamos de elecciones no competitivas. Cuando se limitan de alguna manera la oportunidad y libertad, hablamos de elecciones semicompetitivas

Al tipificar las elecciones según el grado de competitividad que permiten, nos dice Nohlen, podemos extraer conclusiones acerca de la estructura de un sistema político partiendo de las lecciones. A grandes rasgos podemos establecer:

  • Elecciones competitivas-sistemas democráticos
  • Elecciones semicompetitivas-sistemas autoritarios
  • Elecciones no competitivas-sistemas totalitarios

    En el fondo, esta diferenciación sólo refleja en forma sistemática lo que quienes están bajo dominación autoritaria o totalitaria mantienen presente en todos los contextos históricos: el cambio fundamental de una sistema político dictatorial comienza con la celebración de elecciones competitivas. En consecuencia, no se exigen simplemente elecciones, sino elecciones libres (Nohlen, 1994, p. 11).

    Las elecciones competitivas, en las democracias occidentales, se efectúansiguiendo diferentes principios (procedimientos) formalizados. La garantía de éstos constituye el presupuesto esencial para que se reconozcan las decisiones sobre personas postulantes y contenidos políticos a través de elecciones, que son vinculantes para el electorado por parte de los propios electores. Entre estos principios que procuran la capacidad legitimadora de las elecciones y que gozan, al mismo tiempo, de una importancia normativa para las democracias liberales-pluralistas, podemos citar: 1) la propuesta electoral que, por un lado, está sometida a los mismos requisitos de la elección -debe ser libre, competitiva-; 2) la competencia entre candidatos, los cuales se vinculan en una competencia entre posiciones y programas políticos; 3) la igualdad de oportunidades en el ámbito de la candidatura -candidatos y campaña electoral-; 4) la libertad de elección que se asegura por la emisión secreta del voto; 5) el sistema electoral -reglas para la conversión de votos en escaños- no debe provocar resultados electorales peligrosos para la democracia o que obstaculicen la dinámica política -por ejemplo, producir una sobrerrepresentación de la mayoría-; 6) la decisión electoral limitada en el tiempo sólo para un periodo electoral. Las decisiones previas no restringen la selección en elecciones posteriores.

    Este catálogo de principios contiene los rasgos normativos de una concepción pluralista de la democracia. Estos no corresponden necesariamente a la realidad, pero deberían servirle de medida. Lo importante es no perder de vista la diferencia de categorías entre elecciones competitivas en las democracias occidentales y las no competitivas en sistemas dictatoriales, en los que no se disputa el poder político.

    ¿Qué importancia tienen las elecciones en los diferentes sistemas políticos? Según la teoría democrática liberal, las elecciones constituyen la base del concepto democrático liberal, por lo que los líderes políticos de un país deben ser designados mediante elecciones. Este enfoque parte de la relación definitoria entre elecciones y democracia.

    Las elecciones, dice Nohlen, son fuente de legitimación del sistema político. Un gobierno surgido de elecciones libres y universales se reconoce como legítimo y democrático. Sin embargo, la fuerza legitimadora de las elecciones es más extensa. Las elecciones competitivas son la fuente de legitimación del sistema político.

    Conforme a la tipología establecida anteriormente, señalaremos las funciones que los especialistas asignan a los diferentes tipos de elecciones. En el caso de las elecciones competitivas las mismas pueden ser interpretadas como instrumento para:

  • Expresar la confianza del electorado en los candidatos electos.

  • Constituir cuerpos representativos funcionales.

  • Controlar el gobierno.

    Es probable que, en la práctica, se pretenda que las elecciones cumplan no una función, sino varias simultáneas, combinadas entre sí históricamente en forma diversa; es decir, tanto la expresión de confianza como la constitución de cuerpos representativos y el ejercicio de control político, aunque en grado variado.

    Las funciones específicas de las elecciones dependen de las condiciones sociales, institucionales y políticas. En países socialmente fragmentados, las elecciones pueden tener la función de posibilitar la representación justa de los diferentes grupos socioculturales o de superar políticamente las divisiones formando mayorías parlamentarias.

    En sociedades más homogéneas, las elecciones cumplirían, más bien, la función de estimular la competencia por el poder entre los partidos políticos. Sin embargo, por regla general éstos sólo podrán competir para obtener la mayoría si el número de partidos es reducido. En sistemas pluripartidistas, los partidos competirán para maximizar sus porcentajes de votos respectivos.

    En principio, existen tres factores estructurales determinantes para concretar las funciones de las elecciones:1

    a) La estructura del sistema social: clases, estratificación social, etnias, religión, grupos de presión, y profundidad de los antagonismos y clivajes (división, desunión, etcétera) sociales.

    b) La estructura del sistema político: sistema parlamentario o presidencial; organización de Estado: unitaria o federal, competencia o concordancia como pauta de conciliación de conflictos.

    c) La estructura del sistema de partidos: número de partidos políticos, tamaño y distancia ideológica entre éstos.

    Las elecciones semicompetitivas abarcan diferentes situaciones históricas de las elecciones que no son completamente liberal-occidentales ni absolutamente represivas del disenso político. Cabe resaltar la siguiente afirmación: sus funciones se orientan más hacia elecciones competitivas que hacia las no competitivas y, además, están más expuestas al ideal democrático de competencia política. Aunque en las elecciones semicompetitivas no se cuestiona al poder, las élites gobernantes las interpretan como fuentes de legitimación. Se pretende crear la apariencia de condiciones democráticas, no tanto hacia adentro, donde la oposición suele conocer perfectamente los límites de su acción política, sino más bien hacia afuera, ante la opinión pública internacional. Estas elecciones pueden relajar las tensiones internas, mostrar la existencia de una oposición y, en ciertos casos, generar ajustes en el aparato de poder. En consecuencia, las elecciones semicompetitivas sirven para estabilizar los regímenes autoritarios. Sus funciones principales son: el intento de legitimar las relaciones de poder existentes; la distensión política hacia adentro; el mejoramiento de la imagen hacia afuera; la manifestación (e interpretación parcial) de fuerzas opositoras; el reajuste estructural del poder para afianzar el sistema.

    Las elecciones no competitivas carecen de toda función relacionada con la posibilidad de elegir entre candidatos y partidos diferentes. En consecuencia, no pretenden legitimar o controlar el poder. Pero esto no significa que no tengan función alguna. Como instrumento de ejercicio del poder, las elecciones no competitivas sirven para perfeccionar la forma de gobierno mediante: la movilización de todas las fuerzas sociales; la aclaración de los criterios de la política del Estado; la consolidación de la unidad político-moral del pueblo; la manifestación de la unidad entre trabajadores y partido, y mediante participación y aprobación de las listas únicas.

    Cabe destacar que a principios de los años 80, Guy Hermet, Alain Rouquié y Juan J. Linz, preocupados por explicar la significación de las elecciones no competitivas, escribieron el libro ¿Para qué sirven las elecciones?, en donde plantearon que las elecciones eran el tema privilegiado del análisis de los mecanismos políticos en los regímenes pluralistas. Para estos autores, el análisis clásico de los escrutinios pluralistas dejaba escapar ciertas dimensiones ignoradas de los procesos electorales. Estas dimensiones desconocidas, o casi desconocidas, toman un relieve particular en las elecciones no competitivas y falsamente competitivas, como los mecanismos de manipulación y las incitaciones culturales inherentes a las elecciones en su conjunto.

    Por ello, se orientaron a analizar las elecciones no competitivas y lo que ellos llaman las elecciones pseudocompetitivas, con el fin de permitir el avance en la comprensión de los fenómenos electorales en todas sus dimensiones; encontraron que las lecciones juegan una función sociopolítica importante. Además de las dos implicaciones centrales: legitimar el poder identificando al pueblo con sus gobernantes y asegurar eventualmente el reemplazo tranquilo de esos mismos gobernantes, las elecciones cumplen el papel de "ocultar la dominación en nombre de la igualdad ciudadana ante las urnas".

    Aunque las funciones posibles de las elecciones no competitivas o pseudocompetitivas no se pueden definir claramente, dichos autores, entre otras cosas, concluyeron que "la decisión de organizar elecciones, de darles tal o cual forma, y de situarlas en tal o cual momento, nunca constituye un acto gratuito del poder establecido". Pero este acto parece todavía más voluntario si se trata de dirigentes que no están obligados a someterse al veredicto de los electores y que deben tener motivos serios para organizar consultas, de las cuales forzosamente obtienen algún beneficio, con derecho o sin él. El análisis "funcional" de las elecciones corresponde, en suma, a la investigación de ese beneficio. Investigación que podría resumirse en la fórmula: ¿para qué sirven las elecciones?

    Así, "en el contexto no competitivo o pseudocompetitivo, las funciones de las consultas electorales pueden agruparse en cuatro rubros. Los tres primeros, cuyas fronteras son arbitrarias, se refieren a la relación que existe entre el poder central y la población -o si se quiere, la relación gobernantes-gobernados- y se vinculan respectivamente con el papel legitimador, el papel educativo o `anestesiante` de las elecciones y con su papel comunicativo. La cuarta función, al contrario, se relaciona con la esfera interna del poder, y se refiere a los papeles de compromiso de competición larvada o de intimidación que adoptan las elecciones en el nivel de las camarillas dirigentes" (Hermet,1986, p. 44 ).

    Ciertamente, estos autores afirman que el papel legitimador de las elecciones fabricadas por el poder central es discutible en la práctica, puesto que el contenido de esa legitimación electoral varía considerablemente según las circunstancias históricas; por consiguiente, las elecciones se prestan a varias lecturas, que pueden convenir tanto a las masas rurales como a los habitantes marginados; a las élites pudientes occidentalizadas como a las élites no pudientes radicalizadas. Al establecer por primera vez un vínculo directo no coercitivo y aparentemente consensual entre gobernantes y gobernados, las elecciones garantizan, según un proceder habitual, la preeminencia política y económica de las nuevas burguesías nacionales.

    Diremos por último que la distinción entre elección competitiva y elección no competitiva no es quizá tan artificial como parece. La noción de elecciones no competitivas sólo puede ser operativa -es decir, universable- a condición de no depender de criterios múltiples y equívocos. Por ello, se podría definir la elección no competitiva como aquella en donde los electores, en su mayoría, no están en condiciones de desechar a los dirigentes que les han sido propuestos por el poder establecido. Y esto, cualesquiera que sean los grados de libertad del escrutinio, y a pesar de la existencia de opciones o de candidaturas múltiples (Rouquié, 1986, p. 58).

    Conclusiones

    1. Las elecciones representan un mecanismo social, entre otros, para sumar preferencias de un tipo particular. Una elección es, por tanto, un procedimiento reconocido por reglas de una organización, bien sea un Estado, un club, una organización voluntaria o de cualquier otro tipo, en la que todos o algunos de sus miembros eligen a un número más reducido de personas para que desempeñen un cargo o cargos de autoridad en el seno de la organización. Como tal, la primera función de las elecciones es proporcionar la oportunidad de una sucesión y transferencia del cargo pacíficas.

    2. Las elecciones pueden considerarse como un reflejo de los cambios de opiniones y de concepciones sociales sobre la ciudadanía y la igualdad. Todos son iguales ahora ante las urnas, incluso si no son iguales en otros aspectos, y esta igualdad está simbolizada por el secreto del voto. Al integrar a la periferia en la política, las elecciones pueden contribuir también a la formación de un sentido de comunidad política o de un interés compartido en el sistema político.

    3. Las elecciones se pueden considerar como un arma mediante la cual se controla a los gobernantes, pues éstas evitan el uso de otros medios, tales como los disturbios y los asesinatos políticos. Es difícil demostrar que las elecciones representan límites reales a los gobernantes, pero se puede afirmar de un modo general que, puesto que un gobernante puede ser reemplazado en una elección, probablemente estará más sensibilizado ante los problemas públicos y no actuará de un modo arbitrario.

    4. Las elecciones quizá tengan un fuerte elemento mítico y ritual. Es obvio que las elecciones ocupan un lugar central, como dicen Robert E. Dowse y John A. Hughes en su libro Sociología política, pero no es fácil justificar empíricamente ese lugar central. Por eso, aunque la idea de la influencia electoral sobre el gobierno tiene un cierto estatus mítico, como sabe bien cualquier antropólogo, los mitos y los rituales no deben ser despreciados. Pues cuando los mitos se han incorporado en la mente de la gente, se convierten en partes determinantes de la realidad social y, por tanto, ordenan en cierta medida el comportamiento de las masas (Dowse y Hughes, 1993, p. 416)

    5. Considerada de forma más ritualista, la elección puede servir como una forma moralmente válida de interacción social, siempre que se pueda demostrar que la gente cree que es una parte integrante del credo democrático. Las observaciones, que representan un lugar común, sobre los políticos que no cumplen las promesas electorales indican que, cualquiera que sea la realidad objetiva, la gente considera que las promesas hechas durante las elecciones obligan, y que no cumplirlas es algo digno de descrédito.

    Nota

    1 Para comprender con mayor amplitud el enfoque sociopolítico de las elecciones sugiero, en particular, los trabajos de Angel Rivero, "Representación política y participación" y de Juan Hernández Bravo, "Los sistemas electorales", en Manual de ciencia política, editado en 1997 por Rafael del Aguila, Editorial Trotta, Madrid, pp. 205-231 y 349-391, respectivamente, los cuales incorporan los desarrollos teóricos y prácticos más recientes.

    Bibliografía

    David Butler, "Elecciones", en Vernon Bogdanor (ed.), Enciclopedia de las instituciones políticas, Madrid, Alianza Editorial, 1991, pp. 253-258.

    Rodrigo Borja, Derecho político y constitucional, México, Fondo de Cultura Económica, 1991, 365 pp.

    Robert E. Dowse y John A. Hughes, Sociología política, Madrid, Alianza Editorial,1993, 557 pp.

    Guy Hermet, Alain Rouquié y Juan J. Linz, ¿Para qué sirven las elecciones?, México, Fondo de Cultura Económica 1986, 160 pp.

    Dieter Nohlen, Sistemas electorales y partidos políticos, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, 409 pp.

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