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"No quiero escribir como hombre"
Luisa Valenzuela

Héctor González Jordán

Luisa Valenzuela (Buenos Aires, Argentina) es una de las escritoras más importantes de su país, aunque no de las más cómodas, pues su idea es inquietar por medio de conceptos e ideas claras que no se prestan a concesiones. Sus historias están inmersas en el eterno conflicto con el otro, con el tiempo o consigo mismo. Constantemente preocupada por el lenguaje, la palabra en Luisa Valenzuela es diversión, es conocimiento, pero también es un arma capaz de cortar a más de uno. Recientemente editorial Alfaguara publicó un volumen con sus cuentos completos, motivo por el cual visitó México.

A través de sus cuentos se puede percibir un conflicto constante, sobre todo en la relación hombre-mujer, ¿cómo se plantea esta relación?

A mí me interesa mucho la cuestión del lenguaje. El de las mujeres por ahora ha sido bastante colonizado por el hombre, es un lenguaje que heredamos con la marca patriarcal. Eso ya lo han visto las feministas, se habla de eso desde hace bastante tiempo, creo que nos entendemos en distintos planos, hablamos un idioma distinto; entonces, hasta que no logremos entender lo que dice el otro nada va a cambiar. Primero el hombre le decía a la mujer lo que tenía que hacer, después la mujer le empezó a decir al hombre; ahora tenemos que encontrar el plano de diálogo real, pero mientras tanto hay un conflicto. También es cierto que esos conflictos generan cosas, creo que cuando no hay tensión hay muerte, hablando desde el conflicto del entendimiento, no desde la lucha de poder, porque eso es distinto a los momentos de desentendimiento, de desfasamiento, donde te mueves a otro lugar y ves la situación desde otros ángulos, eso es lo que me interesa.

¿Cree que hay una literatura masculina y una femenina?

Quizá no tan contundentemente pero la literatura de la mujer es distinta. Si hay una literatura viril, también hay una literatura hémbrica. Creo que sí, que hay una literatura femenina y otra masculina, pero no como cosas igual de buenas o de malas, hay buena y mala literatura femenina y buena y mala literatura masculina. No creo que sea una manera de discernir la literatura, pero es interesante aguzar el oído para esa otra forma de manejar el lenguaje, como en este caso puede ser el de la mujer.

Pero, ¿usted escribe pensando en que la leen hombres o mujeres?

Yo escribo indistintamente, quiero que me lean los hombres, algunos me han leído y bastante bien por cierto, hablo de críticos, los hombres en general no sé. Escribo para todos, porque precisamente lo importante es establecer el diálogo, pero a través de una posición de equivalente, que es lo más difícil.

Ahora parece que ha aumentado el número de escritoras y que además tienen muchos lectores.

Sí, pero casi siempre se les exige o se espera que escriban ciertas cosas. En Argentina están pidiendo a las escritoras novelas históricas, hay algunas que son muy buenas, pero de heroínas y en realidad bastante fantasiosas, buscando siempre tranquilizar al otro, ¡yo no quiero tranquilizar a nadie!, quiero inquietar. Hay una literatura de mujer que está hecha para tranquilizar el status quo, ésta es la que más vende; y otra que remueve el piso y, desde luego, a ésta se le exige más, se le ponen más exámenes, más trabas. La gran marca del siglo XX es la voz de la mujer, que surgió y empezó a tomar fuerza, a tener una realidad. Vamos a entrar en otra era, en la que debe haber más diálogo.

¿Cómo es recibida su literatura en Argentina?

Regular, con buena crítica pero con poca penetración. Tengo una enorme penetración en Inglaterra o en Estados Unidos, pero en Argentina incomodo, soy un elemento de incomodidad en mi país. Esto por momentos me entristece, pero también en ocasiones me enorgullece, porque está esa parte de lo establecido que quiere que la cosa sigua igual, no ver para atrás. Por ejemplo, las novelas tremendas que hablan sobre el pasado argentino, que también curiosamente son escritas por algunas mujeres, las excelentes novelas que hablan sobre los últimos 20 años de Argentina, los hijos de los desaparecidos, esas novelas maravillosas cuesta trabajo publicarlas, como Veinte años luz, de Elsa Osorio. La crítica no quiere ver eso, ve otros valores de la novela pero la cosa política le cuesta; es como si sintieran que uno los está criticando, cuando lo único que se está haciendo es decir: todo este drama nos pasó, no es crítica a nadie más que a los militares que lo provocaron.

Se asume como una escritora incómoda en su país, ¿cree que el escritor siempre debe incomodar?

Creo que el escritor debe crear una nueva instancia porque no se puede estar diciendo lo mismo, ya se ha dicho todo en la literatura. La literatura tiene ejemplos tan extraordinarios que uno piensa: para qué escribir más. Lo único que le da una razón de ser a mi escritura, por lo pronto, es tratar de dar una vueltita que quizá pueda hacerte cambiar tu punto de vista, o si no cambiarlo totalmente, por lo menos ver las cosas desde un panorama un poco más amplio o entender qué está pasando en ese lenguaje cotidiano que puede resultar un arma de sometimiento. En eso sí, el escritor y la escritora tienen que estar alerta a lo que pasa e ir señalando esas cosas, no con un mensaje o un propósito especial, pero de alguna manera ampliando el panorama de lectura de la realidad del lector. Uno debe salir de un buen libro entendiendo más cosas de su vida cotidiana.

Al principio comentaba sobre su preocupación por el lenguaje dentro de una relación, ahora apunta que el escritor debe crear una nueva instancia, ¿qué es lo que busca aportar por medio de su obra?

Uno dice que no busca aportar nada, pero en realidad siempre se busca dejar algo. Afortunadamente nos mantenemos en esa constante dualidad. Lo que quisiera es ver yo misma, ¿qué es este lenguaje de sumisión y de sometimiento?, que no es nada más entre hombre y mujer, también se da entre patrón y empleado, entre gobernantes y gobernados. En todos los niveles hay una palabra que va a tratar de someter al otro. Mi búsqueda pasa por ese lado a veces, por tratar de limpiar la palabra del sometido. Ver qué se está diciendo por detrás del discurso político; qué se está diciendo por detrás del discurso del sometimiento. Otra cosa que también se busca es decir la verdad; Onetti decía que cada persona viene con un pedacito milimétrico de verdad y el escritor quiere decir el segmento de verdad que le pertenece_ yo creo que en el fondo lo que uno quiere expresar es el amor por la vida, el amor por el otro y el respeto por todas las formas de pensamiento.

Desde sus primeros cuentos hasta los últimos, me parece que la realidad es otra, ¿cómo ha cambiado la percepción dentro de su obra respecto de las relaciones de sometimiento?

Yo me di cuenta de estas cosas por medio de la escritura. Al principio no las tenía registradas conscientemente, esto es lo curioso. Lo que yo rescato más en estos cuentos es la unidad de pensamiento, hay una coherencia de principio a fin, más elaborada o menos elaborada, como quiera, pero se ve que es una percepción que estaba latente en mi generación. Uno ya nació con esas ideas, fue afilando las armas en la medida en que las armas de la humanidad se fueron afilando en ese sentido de las diferencias y las resonancias. En un principio la mujer quería escribir como hombre.

Pero también se da el caso contrario.

Hay mujeres que quieren escribir como hombre y son las que escriben más como mujeres, aunque mujeres de la vieja guardia. Yo no quiero escribir como hombre, porque no soy un hombre, bien quisiera de vez en cuando; pero también el hombre a veces quisiera ser mujer, hay muchos ejemplos de eso. Así que uno quiere ser el otro, yo trabajé mucho el tema del andrógino y de los sexos intercambiados, siempre existe esa fascinación. Me interesa mucho cartografiar y ser parte de esa cartografía y, eso sí, me siento parte del mapa del lenguaje de la mujer. Hace tiempo señalaba que de un lado está el falo, ese lenguaje racional todo perfecto que es el del hombre; y del otro esta la zona confusa del lenguaje de la mujer que no era comprendida, ¿qué quiere la mujer?, era la pregunta de Freud y él no logró responder; Lacan no logra responderla, entonces nosotras por medio de la escritura estamos tratando de hacerlo. Ahora lo sé, antes no lo sabía, tengo esta conciencia desde hace tres años, sin embargo, lo venimos haciendo desde que empezamos a escribir.

Héctor González Jordán estudió Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM.

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