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textos Doblegar a la naturaleza
Edgardo Bermejo Mora
Ni la modernidad ni la democracia ni el laicismo republicano y la división de poderes nos han liberado de cierta épica del poder en su versión más ancestral y epopéyica. Los reyes al frente de sus tropas en el campo de batalla de los relatos homéricos, el líder de un pueblo que se inmola en el cumplimiento de su destino, los dioses favoreciendo o entorpeciendo el albedrío de los héroes y villanos, la hibridación de seres mortales con atributos deíficos, la taumaturgia del poderoso cuya sola presencia obra prodigios y milagros; en suma, la intervención de lo extraterrenal en el ejercicio apologético del poder sobrevive hasta nuestros días por muy postmodernos y racionales que nos sintamos. Baste ver la compulsión del presidente Zedillo por visitar zonas devastadas por catástrofes naturales para comprender la sobrevivencia sutil de esta tradición. A la mitad del camino entre la estrategia imagológica, la preocupación legítima -pero, a fin de cuentas, personal-, el absolutismo presidencialista, y el cumplimiento de su deber como jefe de gobierno, Zedillo se ha esforzado a lo largo del sexenio en mostrarnos su compromiso y la esmerada solidaridad del gobierno que preside con las víctimas de huracanes, terremotos o inundaciones. Pero más allá del efecto inmediato que pueda producir su presencia en la zona del desastre -suponiendo que algo de alivio y de consuelo le deje al damnificado- y más allá del beneficio demoscópico que le pueda representar la promoción de su imagen, que lo presenta como un hombre sensible y conmovido ante el sufrimiento humano y que, literalmente, se mete en el fango o en las ruinas para sentir en carne propia la dimensión de la tragedia, ¿qué sentido práctico y efectivo tiene que el jefe de Estado en un país con casi 100 millones de habitantes dedique muchas horas de su abultada agenda a la exhibición incesante de su filantropía? ¿Cuáles son los beneficios instrumentales de sus recorridos? ¿Cómo podemos establecer en este caso la frontera entre lo que sería una respuesta natural a su responsabilidad de gobernante, su vocación de servidor público, y lo que a fin de cuenta termina siendo también la sobreexposición mediática de sus atributos personales y su bondad? Si la presencia del Presidente y su gabinete en las catástrofes naturales es imprescindible, ¿dónde quedó el aparato gubernamental en su conjunto?, ¿los planes para casos de emergencia, los sistemas de protección civil, la acción en todos los niveles de gobierno, sólo actúan si el Presidente acude al lugar de los hechos para apretar el botón que los haga funcionar? Curiosamente, en el país donde el presidencialismo se muestra cada vez más acotado y decaído, subsiste el protagonismo del Ejecutivo ante el desastre, como una distorsión más de la idea que nos hacemos del poder, del gobierno y del liderazgo. Ahí donde hay una víctima de una catástrofe no se aparece el Estado como protector de sus ciudadanos por medio de ayuda, recursos y créditos, sino el Presidente en persona como encarnación misma del Estado benefactor y dadivoso. El Ejecutivo taumaturgo cuya sola presencia contribuye a aliviar el dolor, el gran tlatoani capaz de producir un suspiro de alegría y esperanza en medio de la tragedia y la desolación. En las imágenes de la televisión no vemos a un estadista tomando en sus manos la complejidad del reto desde la sobriedad de su despacho, sino al jefe del altruismo nacional en una más de sus demostraciones humanitarias. Recuerdo una imagen del sismo anterior en Oaxaca, en la que vemos al Presidente en una de estas giras discutiendo con un damnificado si el muro que se quedó en pie de su casa era de carga o no, hablando de trabes, castillos y dinteles, es decir, el Presidente que de buenas a primeras se convierte en arquitecto, en perito, o bien en experto en apoyo psicológico para las personas que le narran desconsoladas su tragedia. Este personaje deífico que baja de las alturas para apoyar a la gente se torna tan "humano" que de pronto se puede dar espacio para regañar en público a un damnificado impertinente o a un periodista incómodo. Tal es la explicación a los exabruptos que hemos visto en los últimos días. Es entendible que un mandatario pueda tener accesos de mal humor, pero supongo que normalmente éstos deberán presentarse en la privacidad de su despacho. Sin embargo, un Presidente que decide dejar el escritorio por la banqueta, en una reedición curiosa del populismo latinoamericano, es previsible que un lapsus de mal genio le sorprenda en medio de un lodazal y ante las cámaras de la televisión. Uno supondría que la elevada responsabilidad y la complejidad de las funciones de un jefe de Estado obligarían a éste a actuar como tal, es decir, a conducir los hilos más generales y al mismo tiempo más neurálgicos de la nación. Lo mismo los miembros de su gabinete que, no obstante su mayor especialización, siguen siendo macroejecutores -pues no me imagino a un secretario de Hacienda tocando de puerta en puerta para cobrar impuestos, en caso de una crisis fiscal-. De ahí que resulte un tanto inútil y, por lo tanto, se limite al impresionismo efectista, que el Presidente recorra una y otra vez las zonas destruidas. Necesitamos un gobierno eficiente, capaz de prevenir los desastres y de atender a las víctimas con una maquinaria de ayuda perfectamente aceitada, no un Presidente que ha hecho de la angustia y la consternación su estilo personal de gobernar. Es natural que ante una catástrofe el jefe de un gobierno asista al lugar de los hechos como un gesto simbólico que indica su preocupación por lo ocurrido, pero Zedillo hace mucho que pasó del gesto simbólico al flaco propósito de querer, él mismo -con las facultades que le otorga su mera voluntad presidencial, resolver el problema- doblegar a la naturaleza inclemente con el poder omnímodo de su investidura. Edgardo Bermejo es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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