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Fondo de desastres
Los más afectados
Llueve sobre mojado

Enrique Contreras Montiel

 

 

 

 

 

Nuestra catástrofe es la pobreza

Ricardo Becerra

Gabriel García Márquez lo expresó a su modo: "Si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin cola". En octubre, otra vez, los más pobres del país fueron aquellos que murieron, los que pagaron el costo de la fragilidad natural y también institucional de México.

Las lluvias cayeron en varios de los municipios más miserables de México, es decir, los que cuentan con infraestructura precaria y con vías de comunicación de suyo escasas. En ese sentido, la tragedia humana ocurrida en esas zonas de Puebla, Veracruz e Hidalgo no fue casual: cierra el círculo de la miseria y la desigualdad social que tiene a esas comunidades como las más indefensas.

Las cifras proporcionadas por Gobernación son abrumadoras: 180 municipios inundados (sin contar los de Oaxaca), 360 muertos y 315 mil damnificados. Es un desastre de enormes magnitudes: 70 mil 600 personas tuvieron que ser movilizadas, refugiadas, en 503 albergues temporales; 800 kilómetros de caminos quedaron dañados.

Las pérdidas materiales son difíciles de cuantificar: los cálculos preliminares informan de 30 mil casas destruidas; 240 mil hectáreas de tierra cultivable afectadas en diferentes grados, parte de la infraestructura agrícola, perteneciente a 90 mil productores, también registra severos daños.

Amartya Sen, Nobel de Economía del año pasado, lo advirtió: "... no es la naturaleza, sino la combinatoria entre pobreza, fragilidad material, desorganización social y naturaleza, entre adversidades cíclicas, climáticas, y la endeble condición social y material en la cual, la miseria expone a miles de seres humanos... eso explica por qué los desastres ocurridos en el mundo desarrollado provocan siempre un número muy reducido de desgracias personales y por qué en cambio, en los países pobres, las contingencias ambientales acaban en tragedias e incalculables pérdidas humanas" (Nuevo examen de la desigualdad, Madrid, Alianza, 1985).

No sé si se justifica en la econometría de los funcionarios gubernamentales, por ahora no me interesa: el dato decisivo es que México no ha hecho lo que es necesario para combatir la pobreza. No es la cuestión inaplazable de la vida pública: primero las cuestiones globales, la apertura económica al mundo; antes están los temas de la democratización y de sus elecciones limpias e incuestionadas; en el último tramo presidencial han estado en el centro los asuntos vinculados a la seguridad pública y a la procuración de justicia. En cambio, la pobreza y la desigualdad han esperado, nuevamente casi por un sexenio, su turno en la cola de las prioridades nacionales. Las lluvias de octubre nos recuerdan, dramáticamente, ese descuido: la miseria es el principal problema de México que late, se manifiesta y eclosiona de múltiples maneras: como explosión demográfica, como migraciones gigantescas, como bolsones de inconformidad política y violencia social, como caldo de cultivo para el reclutamiento de la delincuencia y, ahora, como el escenario masivo para centenas de víctimas de la naturaleza.

Hay que mirar de frente al país que tenemos: con una distribución del ingreso que está entre las peores del mundo: 10% de los hogares más pobres capta apenas 4% de la riqueza nacional, en cambio, el 10% más rico se apropia de 55.3%.

Hay un fondo para contingencias de dos mil 300 millones de pesos; la cifra es pequeña para las necesidades de vivienda, servicios y reparación de la infraestructura. Sin ayuda estatal y social, más allá de la emergencia, los pobres de esas regiones se harán más pobres. Más vale no engañarse: en la sociedad mexicana de hoy subyacen problemas y peligros de enormes dimensiones: es un continente inestable, desigual, empobrecido, que en sus explosiones puede poner en jaque cualquier modelo económico y cualquier proyecto de país democrático. ¿Hasta cuándo tomaremos en serio el asunto, su dimensión y sus consecuencias? La pobreza es una urgencia estructural; es la asignatura pospuesta de nuestra modernidad, es el verdadero demiurgo de la catástrofe.

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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