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carta de madrid Yo me bajo en Atocha
Ciro Murayama
De haberlo sabido, hace tres años habría firmado todo lo que después ocurrió durante esta -no tan breve, pero intensa- estancia en Madrid. Salí de México con la aceptación en un programa de doctorado sobre la Unión Europea en la Universidad Autónoma de Madrid y aquí he pasado más horas que en cualquier otro sitio: la generosidad de mi tutor, Santos Ruesga, y la amistad que fuimos fraguando me dio un espacio en esta Facultad de Ciencias Económicas. Gracias a ello hice los cursos, escribí una tesina, publiqué artículos y confeccioné una tesis que espero defender el próximo curso escolar, pero la historia académica no es la que ocupa esta despedida. Es la hora de partir y dejo, sobre todo, estas imágenes: el primer café de cada mañana en el Bar Muñiz, que llevan tres hermanos mayores, quienes reciben con el "qué tal amiguete, ¿hoy tampoco un cruasán?"; el mercado de Antón Martín; el equipo de futbol CCCP -Cucurrucucú, Paloma- que en la temporada de su debut en la liga municipal de El Retiro batió el récord de goles en contra que, morbosamente, reproducía el diario Marca todos los martes; las partidas de dominó, alternando con Alfonso y Adolfo, Walia y Ayax, y la filosofía de las tres erres importada de la Tasca Manolo de San Angel; Angela con sus ojos verdes, el viaje a Segovia y, hace poco, su boda; la megapachanga de Laura y Fede que, con el motivo de su enlace nupcial, nos llevaron a nadar en el mar de sidra de Asturias; la cafetería de la facultad donde con Ana compartí y comparto cajetillas y cajetillas de Fortuna; la liga que ganó el Madrid, que nos sorprendió a Yolanda y a mí en El Retiro hace 28 meses, tan embobados entonces como lo volvemos a estar hoy, y el jolgorio que desquició el tráfico como nunca antes por la séptima copa de Europa; mis prisas al Palacio de Correos, en Cibeles, cuando tenía el aviso de una carta; Raquel y Jimena, que junto con Santos son mi ibérica y trasatlántica familia; huir a Barcelona tras Ignasi y Montse, a aquel paraíso delante del Mediterráneo poblado de top-less en verano; los cines Ideal; los guisos y la hospitalidad familiar de los señores Mora; palmear en "la Soleá" o en "Casa Patas"; bajar de casa a la cervecería Cervantes -adiós tostadas de gambas y setas-, al restaurante gallego "de mi calle" Lope de Vega en el Barrio de Las Letras; los rodajes de las películas de Pedro Costa y la fiesta cuando ganó cinco Goyas con La buena estrella y a la que acudieron, además del desconocido que escribe esto, Penélope Cruz, Maribel Verdú, Victoria Abril y un tal Pep Guardiola que es el alma del Barça; las ediciones dominicales de El País; Angeles y sus historias del Chile de Allende, que no conoció pero ha vivido con una pasión que sólo se ve sobrepasada por su generosidad; las tardes en la FNAC, buscando las ediciones baratas de bolsillo; la afición a cenar en El Bierzo con Santos, Alfonso, Julimar y Carlos Resa -la "Factoría" en pleno, como le llamamos al equipo de trabajo del que he formado parte estos años- para comer bien y barato y discutir de política y economía; la hora de la comida en la Facultad con Pablo, Gemma, Ana, Manolo; la seguridad de andar por la calle sin más temor que al frío, cuando hace; el trato gritón pero muy rara vez violento que se prodigan los españoles; la alegría de las mujeres que si van solas a un bar no serán acosadas por el listo de la barra; la tortilla de patatas; los debates frontales de los partidos políticos y la abundancia de ideas -aunque no se comulgue con ellas-; mis recorridos en el tren de cercanías que cada mañana me ha depositado en la universidad; sintonizar, al despertar, "Gomaespuma"... En fin, a esto le llamarían el "currículum oculto", que yo no oculto, pero lo abrazo y me lo llevo bien resguardado a la nueva vida que se abre, de nuevo, en el DF. Adiós Madrid, y un beso. Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realiza estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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