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Gas

Alfred Hitchcock

Ella nunca había estado antes en aquella parte de París... sólo había leído acerca de ella en las novelas de Duvain, o la había visto en el Grand Guignol. ¿Así que esto era Montmartre? Ese horror donde el peligro acechaba a cubierto de la noche; donde las almas inocentes perecían sin ninguna advertencia... donde el destino se enfrentaba a los descuidados... donde moraban los Apaches.

Avanzó con cautela en las sombras de la alta pared, mirando furtivamente hacia atrás en busca de la oculta amenaza que podía estar siguiendo sus pasos. Repentinamente se metió en un callejón, sin apenas prestar atención a dónde conducía... tanteando su camino en la oscuridad de tinta, con el único pensamiento de eludir a su perseguidor firmemente clavado en su mente... siguió adelante... ¡Oh!, ¿dónde acabaría?... Luego una puerta iluminada desde su interior apareció ante sus ojos... Ahí dentro, no importa dónde me conduzca... a cualquier lugar, pensó.

La puerta estaba al final de un tramo de escaleras... escaleras que crujieron de vejez mientras ella las descendía lentamente... entonces oyó el sonido de una risa ebria y se estremeció... seguramente era ¡esto! ¡No, no esto! ¡Cualquier cosa menos esto! Llegó al final de las escaleras y vio un hediondo bar, con lo que en un tiempo habían sido hombres y mujeres dedicándose a una orgía alcohólica... y entonces la divisaron, una visión de aterrada pureza. Media docena de hombres se lanzaron hacia ella entre los gritos de ánimo de los demás. Fue agarrada. Lanzó un grito aterrorizado... hubiera sido mejor que la atrapara su perseguidor, pensó vagamente mientras era brutalmente arrastrada cruzando la estancia. Los hampones no perdieron tiempo en decidir su destino. Se repartirían sus pertenencias... y ella... Bien, ¿no era aquél el corazón de Montmartre? Se encargarían de ella... las ratas tendrían su festín. Entonces la ataron y la arrastraron callejón abajo, subiendo un tramo de escaleras hasta la orilla del río. Las ratas del agua tendrían su festín, dijeron. Y entonces... balanceando su atado cuerpo a uno y otro lado, la arrojaron con un chapoteo a las oscuras, girantes aguas. Se hundió, se hundió, se hundió. Consciente tan sólo de una sensación de ahogo, de que aquello era la muerte... y luego...

-Ya está fuera, señora -dijo el dentista-. Es media corona, por favor

Texto tomado de Alfred Hitchcock. El lado oscuro de un genio, de Donaldo Spoto, Ultramar, 1985.

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