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¿Todos iguales? Marina Robles
Hace unos días un amigo, en plan de broma, nos envió un correo donde una persona describía lo que los jóvenes nacidos en el 80 conocían y estarían haciendo en este momento. Entre otras cosas, el autor del texto comentaba que los nacidos ese año no tendrían recuerdos significativos de la era de Reagan ni de la guerra del Golfo y seguramente sólo podrían recordar uno o dos presidentes de Estados Unidos y serían demasiado jóvenes para acordarse de la explosión del transbordador espacial Challenger. Seguramente tampoco, anotaba, alcanzaron a jugar con el viejo Atari ni les tocaron discos de acetato y nunca jugaron Pacman. Muchos de ellos, continuaba, no saben o no recuerdan que la tv sólo tenía tres canales e incluso algunos no han visto una televisión en blanco y negro. Siempre han sabido que existe el cable y que hay canales con la misma programación en Venezuela, México, Miami y Buenos Aires. No pueden explicarse siquiera lo que es ver la televisión sin un control remoto. Nacieron el año que Sony puso a la venta el Walkman y para ellos los patines siempre han tenido las ruedas en línea. Ya no hablemos de la normalidad con la que pueden ver un teléfono celular o una computadora personal. No entienden cómo las palomitas de maíz pueden hacerse de otra manera que no sea en el microondas. Muchos de ellos no saben o no se acuerdan que haya habido guerras en Nicaragua y El Salvador. Y, finalmente, terminaba recordando que toda esa gente estaría entrando a la universidad este año. La respuesta a mi amigo, en la que asumo mi falta de humor para reconocer la broma (por lo cual me disculpo), me llevó a hacer una reflexión, donde seguramente lo vivido y lo leído entrelazados, me llevaron a recordar que en nuestro país un porcentaje insignificante de los jóvenes ingresa a la universidad y, por si fuera poco, aun los que lo hacen de la generación nacida en el 80 o en años anteriores, tampoco recuerdan muchos de los datos que el documento comenta. De igual forma, sólo una proporción muy pequeña de la población de este país y del mundo tiene acceso a la nueva tecnología, la nueva de hoy y de ayer. Las razones se introducen por supuesto al campo de la desigualdad social y también a las deficiencias de un sistema educativo donde los datos afloran y se manejan sin sentido y no logran construir un panorama general de conocimiento que permita relacionar, inferir, solucionar cosas, mucho menos recordar en un primer intento. La generación a la que se refiere el documento de la broma no considera que casi por terminar el siglo XX, hay habitantes en el mundo que viven momentos de la prehistoria: los masai de Africa del Este habitando una especie de cuevas construidas con barro y varas, su esperanza de vida es de 40 años. Y, para no ir más lejos, los niños y jóvenes de esta ciudad y muchos rincones de México, viendo sí, pero de muy lejos, los vertiginosos cambios tecnológicos que se dan en el mundo que los rodea, pero nunca con posibilidades de reconocerlos cercanos a su vida y mucho menos incorporados a ella. Todo esto y más pensé y tendrá que disculparme mi amigo y usted, si le parece que debería haber menor acidez para recibir una broma. Marina Robles es maestra en Ecología Marina por el CICESE y Fellow del Programa LEAD-México. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias en la UNAM. |
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