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guía de perplejos

Atracción gótica
Lo sublime y el terror

José Luis Durán King

Los actuales son días oscuros para los góticos, quienes, con los horrores recientes emanados de la masacre de Littleton y la consecuente indignación de la comunidad mundial, han colocado en el banquillo de los acusados lo que el escritor estadounidense Richard Davenport-Hines llama "los poderes oscuros, la lujuria por dominar y la crueldad inveterada". Aunque, en descargo de los "darkies", hay que apuntar que para los hijos espirituales de Goya, Sade y Mary Shelley la vida siempre ha sido oscura.

La moda cultural oscura que tantos adeptos ha ganado en el planeta, cuyos simpatizantes parecen propensos a los sortilegios de la muerte, al infortunio, a la locura y a las enfermedades sexuales es, aunque suene descabellado, un viaje por la fascinación torcida que despiertan los deseos reprimidos, los caprichos, la vida licenciosa y el terror de transitar un cierre de siglo en el que la locura ahora forma parte de la normalidad. Lo gótico, que nació como un concepto arquitectónico de rarezas artísticas para definir la sensibilidad transgresora y retrogresiva, hoy es parte integral de un finisecularismo social con escasos argumentos para celebrar el optimismo.

La preocupación gótica de finales del siglo XX, con su mutilación corporal fetichista o la decoración transgresora de las superficies del cuerpo, no sólo es una versión contracultural de la cirugía cosmética. También registra la disidencia contra los designios de Dios en la creación de la humanidad; expresa el autodisgusto y el deseo de morir; reconoce, asimismo, que la desmoralización es una de forma efectiva de seducción, gritando a los cuatro vientos que los actos de autorreinvención son, a fin de cuentas, actos de libertad.

Por supuesto, uno de los desafíos principales que corre cualquier persona que intente analizar la cultura gótica contemporánea radica en separar ésta de las falacias que impone la moda. El impulso original detrás del arte, arquitectura y literatura góticas fue generar una experiencia de lo sublime, mezclando asombro y terror. Pero fueron justamente estas premisas las que terminaron por introducir lo oscuro en las modas, a tal grado que hoy lo gótico no ha podido evitar caer en las aspas del mercantilismo que por arriba y por abajo tritura a los indefensos habitantes del universo.

Obviamente, para los felices propósitos del consumo, lo oscuro ya no lo es tanto y así, por ejemplo, ya nadie aborda el sórdido suicidio de Ian Curtis, de la banda Joy Division, aunque sí se analiza a fondo la influencia que dicho grupo ha tenido en el rock contemporáneo. Insertos también en el clandestinaje han quedado las instalaciones de Dinos y Jake Chapman -que incluían cantidades industriales de cuerpos mutilados-, por no mencionar los esqueletos al óleo del pintor Alex Grey.

Las tendencias artísticas y arquitectónicas que popularizaron por vez primera lo gótico dieron inicio con los trabajos del pintor napolitano del siglo XVII Salvador Rosa quien, mientras hacía un noviciado en un monasterio de Nápoles, decidió reproducir en tela las colinas desoladas de Calabria, paisajes cuya aridez y salvaje exclusión ofrecían la experiencia de lo sublime, la cual es la esencia misma de la estética gótica: ese momento cuando la maravilla y el terror marchan cogidos de la mano.

Salvador Rosa tuvo el privilegio de ser ampliamente reconocido en vida, aunque fue después de muerto cuando su obra empezó a ser coleccionada por un aristócrata inglés cuyos gustos por lo macabro lo conducían a visitar catacumbas, ruinas romanas, así como las esculturas humanas que la lava del Vesubio rotuló en la desgraciada Pompeya. Una vida no fue suficiente para satisfacer las inclinaciones tétricas del noble británico, por lo que decidió marcharse de este mundo no sin antes heredar unas palabras que de alguna manera justificaban su oscura vocación: "Lo macabro es una especie de decadencia dramatizada y un juego de autotormento con los miedos y melancolías de los cementerios".

Las influencias excéntricas de la arquitectura, así como los legados de Alexander Pope, Walpole, Goya y la aristocracia anglo-irlandesa en su decadencia, dejaron atrás su brisa estética fresca para convertirse con el correr de los años en una tormenta oscura. Tampoco hay que olvidar en la génesis gótica los horrores de la revolución francesa, así como los temblores de la economía y la enfermedad social que sacudieron a Inglaterra hace dos siglos, ingredientes para condimentar la máxima expresión de la literatura gótica: Frankenstein, de Mary Shelley.

Por su parte, el nuevo mundo nunca negó la herencia sombría de Europa. El siglo XX gótico no puede prescindir de los servicios a la causa hechos por Edgar Allan Poe y Nathaniel Hawthorne, así como de otros escritores ingleses y estadounidenses que contribuyeron con su granito de arena, como Patrick McGrath, William Faulkner o Isak Dinesen y su Seven Gothic Tales. La deuda se hace extensiva a Poppy Z. Brite, cuyas novelas de horror alejan cualquier esperanza de dormir sin pesadillas. Flannery O`Connor -quizá el escritor gótico más grande que ha dado Estados Unidos-, H. P. Lovecraft y, por supuesto, Neil Gaiman, colocaron todos ellos, y varios más que por cuestión de espacio dejamos fuera, los ladrillos en lo que ha construido el enorme edificio de la cultura juvenil gótica.

El secreto oscuro de la cultura gótica radica en el amor que profesamos por la muerte y sus sombrías hazañas. Por ello, los influjos oscuros de la estética gótica, una de las formas artísticas más inquietantes que el milenio ha producido, son perdurables y quizá eternos.

José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa.

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