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el revés de la trama Los nuevos colaboracionistas
Edgardo Bermejo Mora
Lo que hemos visto en la UNAM ya no admite más adjetivos. Y sin embargo los hay. Agotada la descripción y la condena de la intolerancia, la intransigencia, el fanatismo, la radicalización obtusa y la irresponsabilidad, sólo quedan en el tintero las expresiones más duras y reprobables, las más peligrosas pero que de cualquier forma ya no podemos ocultar. Lo que estamos viendo, entonces, no es ya un mero desplante febril de un grupo de estudiantes radicales ni la exégesis delirante del zapatismo insurreccional en su versión universitaria sino acaso algo peor, algo más grave: estamos viendo la forma más abyecta y enquistada de una nueva y retorcida expresión del fascismo político, en su versión ultraizquierdista. La UNAM está ocupada por una fuerza profundamente autoritaria y poderosa, como lo estuvo Francia tras la ocupación nazi de 1940. Como en un paisaje de ocupación, abundan los retenes en donde se revisan documentos y se le autoriza el paso a unos pocos; las persecuciones y las expulsiones; la resistencia clandestina e infructuosa que se organiza desde el exilio -con la terrible diferencia de que no sabemos aún quién va a ser nuestro Charles de Gaulle, pues ciertamente Barnés de Castro no lo es-; las ejecuciones sumarias -en este caso fusilamientos morales contra todo aquel que se interponga en el camino del CGH-; los pequeños brotes de violencia que amenazan con desbordarse a cada minuto; las acciones heroicas pero inútiles -los franceses solían cantar la Marsellesa como un gesto mínimo de resistencia; aquellos que se oponen al paro entonan goyas a cada rato como única forma de preservar su condición universitaria- y así como la comunidad internacional se vio impedida por hacer algo en favor de la Francia ocupada, la sociedad y el Estado mexicanos parecería que nada pueden hacer ante la irrupción de esta fuerza poderosa y temible. En 1940 Francia se desgarraba ante los ojos indiferentes -o pusilánimes- del mundo, como pasa ahora en la UNAM, abandonada por un país que mira con indiferencia la pérdida de su más valioso patrimonio cultural en manos de un ejército de activistas aleccionado y apertrechado por grupos provenientes de los sótanos más oscuros de nuestra izquierda. La ocupación alemana hubiera sido imposible de sostener sin los servicios prestados por los colaboracionistas franceses, aquellos que justificaron de una u otra forma la presencia intrusa, ya continuando en sus actividades, ya aceptando formar parte de un gobierno espurio como lo fue el del mariscal Petain que se instaló en Vichy, o bien quienes desde la prensa o la participación pública buscaban una salida "negociada" con los generales nazis. El tiempo demostraría que no había negociación ni diálogo posible con el Tercer Reich, como no fuera la cárcel, el paredón, o la sumisión. El tiempo nos ha demostrado lo mismo en la UNAM. Toda aquella formación fascista encuentra en el diálogo y la política una negación ontológica. Francia se liberó cinco años después mediante el uso masivo y sofisticado de la fuerza en una acción militar de alcance internacional. ¿Cómo se puede liberar a la UNAM de una ocupación como la que sufre? Vemos, pues, la aparición de un nuevo tipo de colaboracionistas en el caso de la UNAM. Los hay de una gran variedad, pero todos han llegado a la misma y lamentable conclusión: es imposible negociar con una fuerza fascistoide como la que tiene capturada a la universidad. Aun quienes tienen una trayectoria de independencia intachable y que pensaron que podrían tender puentes con la ultra, como Alfredo López Austin y Luis Villoro, se han dado cuenta de la gravedad de las cosas y del fanatismo de las fuerzas de ocupación. Es el mismo caso del periódico La Jornada, que empezó apoyando sin chistar al movimiento, y ahora él mismo debe pagar los platos rotos y sufrir los ataques de este grupo vuelto cada vez más al fundamentalismo irredento con Luis Javier Garrido como su ayatola. Un caso aún más lamentable es el del PRD capitalino. Lo peor no es que algunos de sus miembros hubiesen participado en un principio en el movimiento, tampoco que hayan manifestado su inquietud en plena huelga ante la evidencia del fanatismo autoritario del CGH y que ellos mismos hayan sido marginados del movimiento con toda clase de acusaciones y amenazas; lo peor de todo es que a pesar de la gravedad política de su error, no se atrevan aún a reconocerlo con todas sus letras y a romper abierta y decididamente con las fuerzas de ocupación. Eso sí es lo peor de todo, su colaboracionismo mendaz que los lleva todavía a estas alturas a señalar responsabilidades de lado de las autoridades "que-se-niegan-a-dialogar". No romper definitivamente con los ultras es un acto de una terrible incongruencia y de falta de honestidad, y no un asunto de estrategia política, pues está claro que ya no tienen ninguna capacidad de insidir dentro del movimiento. Veo las declaraciones de Carlos Imaz, la actitud de Elvira Concheiro en un programa de televisión en Televisa, o la participación de Fernando Belaunzarán y Bernardo Bolaños en el Canal 40 y me encuentro la misma impostura que se resume más o menos en los siguientes términos: deslindarse tímidamente de la ultra, sin romper abiertamente con ella por temor a la condena, como si no estuvieran ya lo suficientemente satanizados en el movimiento. Parecería que le tienen más temor a las rechiflas de la ultra que a la condena de la sociedad en su conjunto que a la larga verá en ellos al cuadro más lastimoso del colaboracionismo. Para justificar su posición timorata, fabrican el argumento de que también por el lado de la rectoría hay "ultras", de forma tal que justifiquen la torpeza de sus propios actos y la ingenuidad que supuso enrolarse en esta aventura peligrosa. A estas alturas, no exigir la devolución de las instalaciones sin condición alguna, toda vez que se cumplió con las demandas principales de la huelga; no reconocer que, a pesar de la torpeza política, se ha actuado con tolerancia e infinita paciencia por el lado de las autoridades, y no reconocer que se vive una situación de ocupación virtual del territorio universitario en manos de una fuerza con intereses extraacadémicos; y decir que la exigencia de que se aplique la ley es un acto de fanatismo e intolerancia, es una forma de colaborar con la ocupación. Al término de la guerra, Francia juzgó severamente a los colaboracionistas. Tarde o temprano, la opinión pública nacional le pasará la factura a todos aquellos que han colaborado, justificado o "comprendido", a una fuerza de inspiración fascista como la que vemos en la UNAM. Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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