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textos Carta de Lisboa
Blanca Luz Pulido
Logo se verá o el reino de lo posible Lisboa, sitio donde la imaginación se detiene porque le parece haber llegado por fin a donde todos los sueños son posibles. Pero cuidado, posibles no significa realizados y ni siquiera a veces probables, porque aquí la palabra posible debe leerse a la luz de la duda e incertidumbre portuguesas, ilustradas en sus expresiones emblemáticas: "Logo se ve, já se verá_"; similares a nuestro "ya veremos", pero empleadas en un número mayor de situaciones y contextos. Desde hace unos cuantos meses vivo en la ciudad de las siete colinas, y creo haber aprendido que una característica más o menos general de los portugueses, además de esa calma que les permite sin angustias decir con tanta frecuencia "logo se verá", es un omnipresente y vago sentimiento de insatisfacción (¿y no es la insatisfacción prima hermana de la incertidumbre?), latente o expreso en múltiples ámbitos, desde los exteriores a los íntimos. La pregunta-lema de campaña de José Manuel Dur_o Barroso, líder del Partido Social Demócrata -de oposición, por supuesto-, "¿Ya tiene usted el Portugal que quiere?", parece un intento de capitalizar el descontento inherente al espíritu nacional, en permanente procura de lo que apenas se vislumbra o de lo ya perdido. Y, casi con seguridad, nadie responderá "Sí" a la retórica pregunta. Sin embargo, antes de empezar siquiera a percibir esos matices de la cultura, de la forma como los portugueses se ven y se juzgan a sí mismos -casi siempre con gran dureza, diría yo, obedeciendo a lo que el poeta Nuno Júdice describe como "complejo de autoflagelación"1-, están muchas otras historias, muchos itinerarios de mis primeros asombros en estas tierras, percepciones que apenas ahora, a varios meses de haber llegado, empiezo a rescatar. Decir Lisboa Son tantos y tan célebres los viajeros que se han detenido en Lisboa para cantarla a su manera (Tanner, Wenders, Tabucchi, Brodsky, por sólo recordar cuatro), que cualquiera piensa dos veces antes de atrever una frase más sobre el asunto. Oscuramente sé que las palabras serán sólo un intento de aprehender las primeras imágenes, cuando lo que se mira es una mezcla de lo sabido y lo presentido como lo real. Esa mezcla, sin embargo, también forma parte de la vida de la ciudad y la sustenta, como sucede en París, en Londres o en Florencia, donde lo mítico coexiste sin trabas con lo cotidiano. Así, la tradición literaria que reina sobre esta ciudad, al mismo tiempo que la enriquece, vuelve difícil trazar con palabras un nuevo mapa de lo hallado: en medio de paisajes e impresiones para mí inéditos, no puedo dejar de percibir que descubro ámbitos muy (re)visitados, cifrados y descifrados en muchos relatos, voces, recuerdos; algunos célebres y otros para iniciados. La excelente publicación de la Casa Fernando Pessoa, Tabacaria, revista de poesía y artes plásticas, así lo documenta en cada uno de sus números, donde confluyen autores de varios países, reunidos en perpetua fiesta en honor de la misma ciudad (Lisboa) y el mismo autor (Pessoa). Celebración que se las ingenia para reinventar en cada ejemplar de la revista-libro de arte la materia recordada, albergando en sus páginas ángulos diferentes, nuevas imágenes, poemas, ensayos: otras maneras de habitar, recreándolas, las mismas obsesiones. En uno de sus números, por cierto, "nuestro" Juan Gelman descubre, a mi parecer, parte del enigma, o le hace eco en su propia reunión de saudades: "Así, ternura de Lisboa en medio del espanto./ El mundo está nublado, menos aquí,/ donde se adensa la tristeza del mundo./ [_] hay algo de lejano implacable/ en que pase lo que no pasa./ [_] Decires/ que velan lo que muestran. Lenta/ felicidad de calles contagiadas/ de lo que no se espera".2 Lisboa, a la que tantos han cubierto de palabras, está llena de escondites, de accidentes, y aún puede sorprendernos al menor descuido. Cualquier fragmento de su laberinto de sonidos, aromas, colores, es nuevo para cada recién llegado, porque la ciudad abre siempre para él su arcón de frescas o añejas historias, sus museos, su enjambre de azulejos, sus colores, patios, terrazas, jardines, personajes, sitios de reunión, secretos, ironías. La ciudad se muestra y oculta como en capas, en niveles, sin un centro porque éste puede encontrarse en todas partes y en ninguna. Lo que permite y hasta exige una aproximación siempre lateral, sinuosa como ella, a sus símbolos y fechas, cifrados -y hasta representados- en algunas de sus aceras de mosaico. Ayer y hoy Antes y ahora, cada quien construye su propia versión de Lisboa. Están las amplias avenidas (Roma, República, Libertad, tan abiertas y sonoras como sus propios nombres) y también los callejones mínimos y olvidados del turismo, que han navegado desde su origen hasta el presente, donde conviven con tecnologías a la vuelta de la esquina y del milenio. En poco tiempo podemos transitar de los modernos espacios de la Expo del año pasado -que se incorporaron definitivamente a la vida de la ciudad- y las amplias aceras de los embarcaderos (las Docas, como se conocen aquí, con bares, restaurantes y discotecas de reciente aparición), a los barrios más antiguos: Alfama, la Baixa, Bairro Alto. Y nunca, en esos trayectos y cambios radicales de espacios, deja de sentirse que todo ello pertenece al mismo sitio, que lo moderno es una continuación de lo antiguo por otros medios, un crecimiento inesperado para muchos, pero válido y posible para todos. Pluralidad de imágenes y mitos: en el reciente Festival de los Océanos -14 al 29 de agosto- se celebra un nocturno desfile de monstruos en el espacio de la Expo, que ha vuelto popular y entrañable, como si los lisbetas hubieran estado necesitando, en correspondencia con la reciente y visible expansión y mudanza del país, nuevos espacios dentro de la misma ciudad. Es la noche de inauguración, y se pasea por la Avenida de los Océanos, ante la divertida multitud, una serie de diablos con alas, de sirenas y peces a medio camino entre la biología y la imaginación, con fuegos artificiales sembrados en la boca y en todo el cuerpo, esparciendo olores a pólvora y a fiesta. El desfile, acompañado por música de tambores que contribuyen a su aire medieval, tiene el objeto de dar la bienvenida al también fabuloso Adamastor, monstruo que resguardaba el paso del Cabo de Buena Esperanza y ahora surge de las aguas del Tajo, cerrando la procesión al final del festejo de ese día. Navegar con la ciudad Mudarse de país equivale casi a cambiar de nombre y hasta de identidad. No mudan solamente las costumbres epidérmicas y las referencias cotidianas, sino que, recordando a Castaneda, se abre una especie de raja entre los mundos en donde ya no pertenecemos al ser anterior, y sin embargo, aún no conocemos los nuevos límites que nos dibujamos. Poco a poco empiezo a identificar las calles, los cuartos de esta nueva casa, de tonos y paisajes tan diversos de los que pueden encontrarse en México, como trazando despacio -devagarinho, como se dice aquí, vagando, pues- las nuevas coordenadas, en un ejercicio de memoria y recreación constantes. Dice José Cardoso Pires, en Lisboa, diario de a bordo: "Nadie podrá conocer una ciudad si no la sabe interrogar, interrogándose a sí mismo. O sea, si no trata de descubrir por su cuenta los azares que la vuelven imprevisible y el misterio de su más íntima unidad".3 Parte de ese misterio que he vuelto ahora propio consiste en las formas que adoptará mi vida para recomenzarse aquí en Lisboa. Lugar entre lugares, puerto de tantos descubrimientos que me llamó y al que elegí por razones íntimas e imponderables_ no la menor de ellas una mirada azul que descubrí hace un año -casualmente mas no por azar-, al otro lado del Atlántico, esperándome. Ahora, aquí, es verano. Eso constituye razón suficiente para caminar por la rua Augusta, que bien merece el oro de su nombre, hacia el adivinado azul del Tajo y su promesa de frescura, que se materializa a diario al caer la tarde, cuando en cualquier calle el viento circula con fuerza, manteniendo viva la promesa del mar. Viajar con Lisboa, ir y volver de ella trazando una ruta que nunca dejará de tener a México como destino paralelo y raíz vital. Explorar otra lengua como quien abre un arca de revelaciones diarias, leer a sus múltiples, deslumbrantes poetas, atisbar en las zonas casi herméticas del idioma. Dejar que las palabras y colores que Lisboa guarda y derrama atraviesan los sentidos, y como ella lo hace cada día, izar las velas, levar el ancla y lanzarse a navegar. Notas 1 Nuno Júdice, As máscaras do poema, Lisboa, Aríon Publicaç_es, 1998. 2 Fragmento del poema "Ciudades" de Juan Gelman, en Tabacaria, revista de poesía y artes plásticas de la Casa Fernando Pessoa, núm. 5, invierno de 1997. 3 José Cardoso Pires, Lisboa, diario de a bordo, Madrid, Alianza Editorial (trad. de Xavier Rodríguez Baixeras), 1998. Blanca Luz Pulido es escritora mexicana. Actualmente radica en Lisboa. |
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