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Corre Pati, corre
"Mire, señorita, con todo respeto..."

Patricia Peñaloza

Cuando pisé Insurgentes no habían transcurrido ni cinco minutos desde que cerré tras de él mi puerta. Eché una ojeada sobre mis 180 grados posibles y ni de lejos divisé al señor de verde. Muy extraño. Me volví sobre Celaya, hacia mi zaguán, de donde lo vi partir. Me aproximé a Amsterdam, eché de nuevo mi ojo a la redonda, y tampoco lo vi. Dos minutos me sobraron para recapacitar en la giga-imbecilez que estaba cometiendo; minutos que transcurrieron desde que cerré el portón que da a la calle hasta que subí la escalera. Ni siquiera entré al departamento, y frente a la puerta interior me dije: "Ni máiz, mejor bajo, lo alcanzo, y le digo que lo acompaño_ soy una tarada_ Bueno, no creo que vaya muy lejos_". Pero cuál. Ni sus pinches faros.

Repasé sus palabras en segundos: "Rafael García, de Tampico, hospedado en el Hotel Campeche; que había solicitado a don Ramón, el señor que lava y cuida los autos en mi calle, le hiciera espacio a la entrada de mi edificio para estacionar su combi blanca, en la que me traería mi tele Sony de 14 pulgadas; que le había traído ya mucha mercancía a la señora que vive en la azotea y hace la limpieza del edificio San Antonio, que está frente al mío". Me aproximé a don Ramón para preguntarle si no vio para dónde se fue el tipo de la camisa verde. "No". Pregunté si le había pedido cancha para estacionar una combi blanca. "No, si ni hablé con él". Alerta roja. En un ataque de pérdida de tiempo, entré al edificio San Antonio, subí hasta la azotea. Ahí no había cuartos. Ya ni quise molestar a los inquilinos.

Insurgentes 353. Insurgentes 340. El Sears. San Luis. Medellín a pata. Pongo el rewind y, mientras voy a paso engoliatado, llego a la tarde de ayer, cuando un viejillo bondadoso me ofrece fuera de casa, manteles, sábanas, zapatos, que porta en una mochila. Andará cerca de los 60 años. Le digo que no traigo dinero y no miento. Llama mi atención con sus ademanes, con una cortesía exagerada de pueblerino, con un aura más que inocente, con dulce voz pausada y gesto de leyenda infantil: "Mire, señorita, con todo respeto, le vengo ofreciendo esta mercancía, que traigo del norte, de Tampico. Ahí llegan al puerto muchas cosas. Acá yo le vendo siempre a una señora en Amsterdam, ya es mi clienta. También les traigo tenis a unas señoritas trabajadoras como usted_ Porque usted trabaja, ¿verdad?". "Eh_ sí, sí", contesté inércica. El señor me pareció muy amable. Odio a la gente que es descortés por las calles. Pero la verdad no traía varo. Entonces me soltó lo de la tele: "Estoy dando unas televisiones muy baratas, ya nomás me quedan dos. Una de ellas se la doy en mil 400, y le doy chance de que me la pague en dos meses. Si se decide, ahorita me paga nomás 600. Yo me regreso a mi tierra hoy a media noche y vuelvo al otro mes, si es que la señora ésta que le digo me paga unos diez mil que me debe y que necesito para regresar. Si no la encuentro a ella, me voy otro día. Y si es así, si quiere vengo mañana como a las once". Igualmente amable, le supliqué me disculpara, que de veras no tenía, que muchas gracias. "Bueno, señorita, gracias, que le vaya muy bien...". Cruzo la calle de Chiapas. Miscelánea, mercería, zapatos, carnitas.

Al otro día, es decir, éste que corro, fui al banco a cobrar un cheque por mil 500. Cuando regresé a mi cantón, don Rafael ya estaba puntual, muy apersonado, en la entrada de mi edificio, con su mochilita. Ahora traía menos cosas: "Fíjese que no encontré a la señora. ¿No se ha animado?". En ese instante, tal vez como producto de la angustia que me domina últimamente, tal vez como reacción a mi desguance por andar "en mis días", no supe cómo, pero entró en mi tatema la posibilidad absurda de poseer una tele, tras dos años de vivir tan a gusto sin una de ellas, con la agravante tentacional de unos billetucos bajo el brazo; la posibilidad absurda de creer en el vejete: "Si se anima, le dejo mi mercancía para que confíe, no crea que quiero hacerle una mala jugada: lo que traigo vale mil pesos. Mire, yo soy gente honrada que vive de esto_". Su habla era tan convincente y tierna, que hasta parecía cruel y ofensivo no creerle. Me dejó su mochila con todo y manteles y sábanas. Ya se iba cuando me dice: "Bueno, pero si me puede dar los 600 de una vez_". Le respondí que no, que hasta que me trajera la tele. Vino entonces el segundo vergonzante de la magia negra, de la obnubilación total, del close-up en cámara lenta hacia mi cerebro, donde por un instante sus torpes neuronas opacaron al más torpe de los episodios torpes que hayan existido sobre la Tierra. Don Rafa dijo: "¡Si le estoy dejando mis cosas para que me crea! Pero si no me cree_". Saqué de mi bolsa los 600 y se los di. Mega-close-up. Algo me hizo click por dentro, pero no hice caso. "Ahorita, en quince minutos se la traigo", remató. Lo vi enrutarse hacia Insurgentes. Cerré el portón, subí la escalera_ Stop. Empato el rewind con el play del tiempo real. Llego por fin a Campeche. Pregunto en la tlapalería por el Hotel Campeche. Que a dos cuadras, pasando Monterrey. Cruzo la calle. Mi paso se acelera. Mi angustia crece. Corro, corro, y por un instante viene a mi mente la Lola de Twyker corriendo por Berlín, con el cabello rojo, como lo traje hace dos años. Corro, corro, por entre señoras que vienen del mercado. Medio atropello a algunas. Llego al hotel. Pregunto por Rafael García. Dicen que sí está hospedado, pero que salió por la mañana. Me reconforto: "Y yo que pensé mal. Ahora debo regresar_". Regreso, pero de esa fantasía esperanzadora, pues apenas estoy llegando a Monterrey, entre señoras que vienen del mercado. Medio atropello a algunas. Llego al hotel. Una anciana terrorífica y sorda balbucea que "no está". Aparece un encargado baturro; dice que no hay nadie con ese nombre. Pienso que están confabulados. Repito como una idiota la descripción del hombre: "Delgado, cerca de 60 años, ayer traía camisa rosa, hoy verde. Rafael García". El hispano se enfada, nunca me mira a la cara, y sólo repite que ahí no está registrado. Humedecida de lágrimas, salgo a la calle, hasta el tuétano avergonzada de mí misma; humillada, vejada, boba, estúpida, ingenuota. No podía creerlo. Peor había sido de desconfiada otras ocasiones, cuando no me fallaron. No gané millones como Lola, sino que entregué 600 pesos yo misma al asaltante. En acción retardadísima, vi todo lo que no vi: ¿cómo iba a ser el güey de Tampico si no hablaba como norteño? ¿Cómo no me fijé en lo corriente de los manteles? Y lo más inverosímil y pelmazo: ¿cómo soltarle lana a un infeliz del cual no se sabe nada, cuando la tele no ha sido más que pintada? Doblé en Celaya. Frente a mi casa estaba una combi blanca. Me aproximé veloz desde esta nueva fantasía hasta la realidad. Doblé en Celaya. Frente a casa no había sino lo de siempre. Don Ramón me preguntó cómo me había ido. Le conté todo y me relató: "Así le pasó al señor de enfrente, el de la tienda de deportes. Que le iban a traer una mercancía, y al rato regresan a decirle quezque chocó la camioneta donde iban a ir por todo. Ai` se lo marearon. Total que les dio mil pesos para el arreglo y la renta de otro carro, pero nunca regresaron_ No se sienta mal. Uno que es buena gente, pos confía, ¿verdad?".

Patricia Peñaloza es periodista, escritora y cantante, y tiene unos manteles nuevos. Correo: futuram@yahoo.com

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