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memoria Acapulco perredista Pablo Hiriart
Poco le duró el gusto al PRI por su triunfo en Coahuila. El domingo tuvo una más de sus derrotas en este año: perdió el puerto de Acapulco a manos de Zeferino Torreblanca, candidato del PRD apoyado por los partidos Acción Nacional y del Trabajo. Es cierto que Coahuila es un estado y Acapulco no es siquiera una capital estatal, pero ese puerto es de lejos la principal ciudad del estado y uno de los puntos turísticos más importantes del país. Sin Acapulco no funciona Guerrero. Es la ciudad que despliega la mayor actividad económica y fuente de ingresos para toda la entidad. En términos de la lógica operativa de priistas y perredistas, la ciudad donde se encuentra el dinero es clave para los proyectos políticos que se quieran tejer. Tener el control de Acapulco es tener el control de los recursos de la entidad. Eso fue lo que ganó el PRD el domingo: la ciudad más importante de todas las que gobierna, detrás del Distrito Federal. Este triunfo cae en la milpa del PRD como lluvia en tiempo de secas: coincide con el inicio de la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas, y lo pone otra vez en la palestra como un partido que puede ganar en cualquier circunstancia y en cualquier lugar. El "paso de vencedores" que anunció Cárdenas para su partido el sábado en Morelia inició con el pie derecho y reanima la esperanza en los perredistas para encarar con éxito la contienda presidencial que se avecina. Sin embargo, hay un hecho que los perredistas necesitan sopesar en medio de la legítima euforia que les embarga: sus triunfos han sido siempre con ayuda. Zeferino Torreblanca no es militante del PRD. Cuando fue diputado federal por las siglas de ese partido, formó el grupo independiente junto con Adolfo Aguilar Zinser. Su origen público está en la Coparmex. Es lo mismo que en Nayarit. Ahí el PRD ganó las elecciones para gobernador en alianza con los demás partidos de oposición pero llevando como candidato a un priista. En Zacatecas ganó ayudado por un monumental error del PRI. Lo mismo que en Baja California Sur y Tlaxcala. El hecho es que el PRD volvió a meterse al juego electoral luego de que algunos lo daban por muerto después del lamentable desempeño de Cuauhtémoc Cárdenas al frente del DF, y de la estrepitosa derrota en Coahuila. Pero Guerrero no es Coahuila, diría Perogrullo. Para el PRI, las lecciones que arrojó Coahuila se aplican a Guerrero. El tricolor no puede basar su apuesta sólo en un buen candidato. Tampoco en una buena administración saliente ni en un gobernador habilidoso. Las nuevas reglas de la competencia política le exigen una combinación de esos tres elementos. En Coahuila el PRI logró sacar un buen candidato, al que no se le pudo colgar el mote de oficial porque era adversario político del gobernador. El mandatario estatal no se rebeló contra esa realidad y puso en juego todo su prestigio de gobernante en favor de su compañero de partido. Es decir, en Coahuila se conjuntaron un buen candidato, una buena administración estatal saliente y un gobernador habilidoso. Esa combinación afortunada no se dio en Guerrero. Hubo buen candidato, con buena imagen en la comunidad, dio una batalla cerrada a su contrincante perredista, pero le faltó el aporte de la obra de gobierno y las capacidades políticas del mandatario estatal. Cuando René Juárez Cisneros asumió la gubernatura del estado, Acapulco ya era perredista. También es cierto que la diferencia entre PRD y PRI en ese puerto era abrumadora en favor del sol azteca. Sí, pero el gobernador no aportó su cuota para el triunfo del PRI. Es más, Juárez Cisneros fue alcalde de Acapulco y en la elección interna del PRI perdió en contra de otro ex alcalde. En las elecciones constitucionales fue barrido por Félix Salgado Macedonio en el puerto. Por lo visto, la ciudadanía acapulqueña le refrendó su rechazo en las urnas el pasado domingo. Ahora el PRI tendrá que gobernar Guerrero sin Acapulco. Y Juárez se verá en la incómoda realidad de compartir el poder con un presidente municipal que tendrá tanto peso como él. Sin embargo, para el PRD se abre un nuevo horizonte electoral que va más allá de Pie de la Cuesta. Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica. |
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