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personal La combativa Rosario Marco Levario Turcott
Rosario Robles tendría como 35 años y yo diez menos cuando la conocí, ella estaba en el Comité Ejecutivo del STUNAM y yo hacía política estudiantil. Me acuerdo que un día de marzo de 1990 estuvimos juntos en un cubículo, participando de una reunión convocada en la Facultad de Economía. Nos pasamos muchas horas discutiendo si había estado bien o no la negociación con las autoridades para pactar el próximo Congreso en la UNAM (Rosario decía que no). Ese día estaba furiosa; dijo que en esa facultad no pasaría la reforma académica, que el marxismo puro era el tronco inamovible de la enseñanza. Esa noche hablé con un amigo sobre ella, pensé que Rosario sólo había tenido una mala tarde y que probablemente estaba enojada por otra razón y no porque en serio ella creyera amenazada la construcción socialista en México. En ese entonces, la profesora ya había roto con la Organización de Izquierda Revolucionaria Línea de Masas para impulsar el Movimiento al Socialismo (MAS) que había apoyado la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas. (Esos datos, por cierto, no están en el currículum que recientemente la oficina de prensa del Distrito Federal distribuyó en los medios de comunicación.) Mi amigo me dijo que no había sido aquella una mala tarde, que así era ella, algo testaruda y no de muchas ideas que digamos, pero que era mujer y, por eso mismo, era ya una virtud verla combativa y revolucionaria, como ocurrió al principio de los 80, cuando junto con su hermano inundó el auditorio Narciso Bassols para evitar que se llevara a cabo una asamblea. Entonces le dije a mi compañero de andanzas que si se había fijado en las piernas de Rosario, que se veían fuertes como un roble y bien torneadas también. El dijo algo así como que yo no debía ver a la mujer como objeto sino valorarla sólo por sus ideas y por su perseverancia como persona de izquierda. Esa noche, la verdad, me quedé pensando en lo más bonito de Rosario. |
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