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Frankenstein moderno Fedro Carlos Guillén
Cuando Mary W. Shelley escribió, a finales del siglo pasado, la novela Frankenstein, nos presentó un panorama escalofriante en donde, gracias a remendados y zurcidos, se podía construir un ser humano ligeramente monstruoso que años más tarde en la pantalla se nos presentó como alguien de dos metros, cabeza aplanada, suturas en la frente y un par de tornillos del cuatro en el cuello. La idea de combinar lo artificial con lo natural tiene antecedentes de respetabilidad desigual; Isaac Asimov escribió: El hombre del bicentenario, una historia en donde un robot se obsesionaba con la posibilidad de ser humano. Lee Majors protagonizó una serie en la que un astronauta se daba un mangarriazo y le eran implantadas partes artificiales de tal manera que era difícil discernir su verdadera naturaleza (uno especulaba si no quemaría los arquitos de rayos X en los aeropuertos). Más recientemente un programa de televisión ha causado furor en las ambiciones estéticas de nuestros coterráneos. En efecto, la serie Guardianes de la bahía presenta a un grupo de señoras y señores que viven semidesnudos salvando gente que tiene la mala costumbre de ahogarse. El chiste es que para entrar al grupo uno necesita pectorales de talla 90 (no importa si se es hombre o mujer). Entre el reparto ha destacado una rubia: Pamela Anderson Lee, cuyo coeficiente intelectual aparentemente es inversamente proporcional a sus medidas. Ella se ha hecho famosa por casarse con el baterista de Motley Crue, por filmarse realizando actividades non sanctas y por haberse retirado recientemente sus implantes de senos. La cirugía plástica vive en estos días y gracias a lo anterior, una especie de jauja; se estima que casi tres millones de personas en Estados Unidos fueron sometidas a una intervención con propósitos estéticos. La cantidad de mujeres que se realizaron implantes en el pecho aumentó 25% en el último año y 400% desde 1992, según datos de la Sociedad Americana para la Cirugía Estética. Aparentemente han quedado atrás los miedos a sufrir consecuencias irreversibles debido a los avances en las técnicas y los productos de implantación. Normalmente las percepciones sociales han castigado con la etiqueta de "frívola" a la gente que se somete a procedimientos quirúrgicos para ser más bella. Puede ser, aunque supongo que ello es problema de cada uno y de cada cuál. Lo realmente interesante en este debate es la posibilidad de "artificializar" a un ser humano. La pregunta filosófica es: ¿cuándo alguien deja de ser quien era? Existen posibilidades de que la gente en un futuro cercano tenga extremidades, órganos internos y externos, y sangre que no le pertenecen; ése parecería ser uno de los destinos de la clonación. Lo lógico sería pensar que mientras el mismo cerebro se mantenga, hablaremos de la misma persona pero, ¿esto es así?, ¿y si se logran transplantar fragmentos importantes de cerebro? El hecho es que cada día más gente (evidentemente en los países desarrollados) tiene acceso a estos procedimientos, y la estupidez humana -que como se sabe es infinita- ha ocasionado que incluso las mascotas sean sometidas a cirugías estéticas. Sólo el año pasado se implantaron 27 mil testículos en perros domésticos, ¿para qué? Dios y los dueños lo saben. En fin, el hecho es que todo aquel que sostenga que los avances científicos son asépticos y no están al servicio de la hoguera de nuestras vanidades, se equivoca. El hecho de que Pamela Anderson pueda correr por las playas californianas con su traje de baño y sus senos impávidos y ajenos a fuerzas gravitatorias es una prueba -hay que decirlo- contundente. Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM. |
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