![]() |
el país | el mundo | dinero | columnas |
| gente | medios | ensayos | mañana | |
| tianguis | libros | cultura | espectáculos |
|
ensayos |
||
|
informe cárdenas cárdenas cárdenas cárdenas cárdenas cárdenas cárdenas
|
cárdenas Enigmático carisma
Luis Salazar C.
Independientemente de cómo evaluemos sus acciones, el ingeniero Cárdenas ha sido un protagonista central de la transición mexicana a la democracia. La formación de la Corriente Democrática dentro del PRI, junto con un sumamente reducido grupo de priistas descontentos con la conducción "modernizadora" del entonces presidente Miguel de la Madrid, habría de señalar un hito histórico en la crisis y transformación del sistema político. A estas alturas es difícil discutir la sensibilidad política demostrada por Cuauhtémoc, por Porfirio Muñoz Ledo y por otros pocos cuadros conspicuos del viejo partido oficialista, que supieron enarbolar en el interior de la maquinaria central del autoritarismo presidencialista la bandera de la democracia y así comenzar con una aventura que transformaría radicalmente el en apariencia inconmovible sistema de partido prácticamente único. Seguramente la miopía de un gobierno y de unos liderazgos incapaces de calibrar el descontento generado por los ajustes económicos fue decisiva para el posterior destino del neocardenismo. Ninguneados y maltratados groseramente como meros inconformes oportunistas, que sólo reivindicaban la democracia por haber sido marginados de los puestos y decisiones centrales, los miembros de la Corriente Democrática pronto se verían obligados a abandonar su lucha por un cambio dentro del PRI, y a apostar todo a una contienda que no parecía demasiado prometedora desde un frente conformado por micropartidos hasta entonces satélites y sumamente desprestigiados. En esta ruptura fue aparentemente muy poco lo que lograrían arrastrar del aparato priista. Ningún dirigente sindical o campesino de importancia pareció dispuesto a seguirlos, y a pesar de las confusiones ridículas generadas por "la pasarela" convocada por De la Madrid, el nuevo candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari, pareció contar con el apoyo tradicional de un aparato que mantenía una cohesión y una disciplina tan fuertes como democráticamente impresentables. Tampoco la izquierda partidaria unificada en el Partido Mexicano Socialista pareció tomar muy en serio la candidatura independiente de Cárdenas. Con buenas y malas razones, el ingeniero Heberto Castillo y su equipo consideraron que el solo hecho de la afiliación a un partido como el Auténtico de la Revolución Mexicana y del apoyo del PPS y del partido de Aguilar Talamantes demostraba la naturaleza más bien oportunista y hasta sospechosa de oficialismo del hijo del general. Fuera de darle un respiro a seudopartidos que siempre habían vivido a la sombra de contubernios y apoyos gubernamentales, fuera de reivindicar nostalgias por un populismo desacreditado, y fuera de servir para confundir electoralmente a sectores reducidos de la población, pocos dentro del PMS consideraron (consideramos) que la candidatura neocardenista tuviera más futuro que permitir algunos ajustes de cuenta dentro de las élites priistas. La incipiente izquierda democrática del país, finalmente unificada más formal que realmente en el efímero PMS, creía estar superando la crisis y la confusión generadas por el hundimiento del horizonte revolucionario, sin ser capaz de entender que las divisiones provocadas por el movimiento universitario encabezado por el CEU eran apenas el primer síntoma de una nueva problemática que pronto la conduciría a su extinción como fuerza política organizada. Con un discurso que mezclaba confusamente los aspectos ilustrados y democráticos de esa izquierda con los más vetustos temas de un radicalismo verbal revolucionarista, Heberto no se cansaba de denunciar, en la primera etapa de su campaña, la aparente impostura del neocardenismo, mientras el FDN iba fortaleciéndose con la incorporación paradójica de las corrientes más sectarias de la vieja izquierda revolucionaria (trotskystas, maoístas, ceuístas, etcétera). Ni el gobierno y su partido, ni la izquierda democrática, ni mucho menos los dirigentes y el candidato del PAN y tampoco la mayor parte de los analistas y observadores pudieron prever la magnitud y el impacto del sorprendente carisma del ingeniero Cárdenas. Con un discurso monótono, casi rutinario, pero al mismo tiempo moderado y sereno el hijo del legendario Lázaro suscitaría la mayor sorpresa política de la segunda parte del siglo XX mexicano. Más que su experiencia como gobernador de Michoacán, apenas recordada por torpes medidas autoritarias, el nombre Cuauhtémoc Cárdenas lograría concitar y condensar el apoyo intra y extrapriista generado por el malestar de amplios sectores populares provocado por un sexenio signado por las crisis, las políticas de ajuste y la jefatura de un Presidente distante y sin carisma. En la persona del ingeniero se reunían, en efecto, las leyendas institucionalizadas de la época dorada de la revolución mexicana y de su presidente más popular y más exitoso, con el encanto de un líder capaz de haber roto con la indigna disciplina del partido oficial en nombre de valores democráticos. En su discurso y con su apellido, reivindicaba el viejo nacionalismo popular, revolucionario, denunciando la supuesta traición que el gobierno delamadridista y su candidato habían realizado contra los principios de la revolución mexicana. La utopía inventada por Adolfo Gilly en su célebre libro La revolución interrumpida cobraba vida y encarnaba en un personaje capaz de atraer al creciente grupo de priistas descontentos con una política que los despojaba de canonjías y privilegios, pero al mismo tiempo concitar el apoyo de amplios sectores populares y de clases medias hartas de los deterioros sociales promovidos por las crisis, los ajustes y las políticas de austeridad. La insurrección electoral del 6 de julio de 1988 cimbraría instituciones y protagonistas del sistema político mexicano, convirtiendo aquellos comicios, por primera vez en décadas, en una competencia cerrada, entusiasmante y sorprendente. Aun si en ella participaron a la antigüita líderes y caciques priistas interesados en mostrar su fuerza contra los tecnócratas, lo cierto es que rebasó cualquier expectativa por su capacidad de llevar a las urnas a millones de mexicanos que al fin contaban con un candidato independiente pero al mismo tiempo creíble como alternativa de gobierno. Consternados por unos resultados que muy probablemente dejaban al candidato oficial por debajo de 50% de los sufragios y sin mayoría absoluta, los operadores gubernamentales se obstinaron en maquillar y deformar las cifras, al extremo de generalizar y dar credibilidad a la idea de que estábamos ante un fraude gigantesco encaminado a ocultar la derrota de Salinas y el triunfo de Cárdenas. En los hechos, nunca se pudo documentar fehacientemente ese resultado, a pesar de los reiterados esfuerzos del neocardenismo por convertirlo en una verdad indiscutible. Lo más probable, en cambio, es que el triunfo haya correspondido al candidato oficial, aunque con un porcentaje de votos mucho menor y mucho más cercano al obtenido por el ingeniero que el reconocido oficialmente. De cualquier modo, lo que sí fue evidente fue el inmenso susto padecido en las filas gubernamentales y priistas, y la dificultad que tuvieron para asimilar esto que algunos creyeron poder reducir a un berrinche del electorado. Las fuerzas de Acción Nacional, encabezadas entonces por Manuel Clouthier y Luis H. Alvarez, y que hasta entonces parecían las mayores beneficiarias del voto opositor gradualmente liberado por las reformas electorales, también sufrirían el impacto de la sorpresa electoral neocardenista, vacilando entre apoyar las denuncias de fraude del FDN o asumir, no sin señalar los abusos electorales priistas, los resultados finales. Pero seguramente el cambio más importante provocado por esta coyuntura crucial fue el que afectó al equipo dirigente del FDN. Si hasta entonces una relativa moderación que no excluía cierta dureza había signado las posturas y discursos del ingeniero Cárdenas y sus colaboradores, después del 6 de julio seríamos testigos de una pasmosa radicalización polarizadora de las posiciones neocardenistas, que no sin ambigüedades y contradicciones conduciría a la pretensión de declarar ilegítimo e ilegal al nuevo gobierno. Es difícil saber si efectivamente Cárdenas llegó a la convicción de que se le había arrebatado fraudulentamente un triunfo, o si consideró que la reivindicación de una victoria incomprobable era la mejor estrategia para desarrollar una fuerza política permanente que aprovechara el gran descontento existente y profundizara el descrédito oficialista. Así, el neocardenismo prefirió aparecer como víctima de un fraude colosal, antes que como fuerza política positiva y propositiva que había logrado, en medio de las mayores dificultades, un impresionante triunfo con el solo hecho de haber llevado a las urnas a tantos ciudadanos y ciudadanas. Un triunfo que claramente convertía a Cárdenas en interlocutor privilegiado para la realización no sólo de nuevas reformas político-electorales sino de acuerdos fundamentales para la reforma del Estado. Un triunfo cuya conversión en capital político positivo no requería dejar de denunciar los fraudes y las inequidades electorales, pero que sí implicaba elaborar un verdadero proyecto de futuro y establecer relaciones razonables de crítica, negociación y acuerdo con el nuevo gobierno. Acaso, Cuauhtémoc y Porfirio asumieron otra estrategia sobre la base de la hipótesis de que la ilegitimidad electoral del presidente Salinas lo llevaría en corto tiempo a una crisis e incluso a un derrumbe institucional, por lo que cualquier negociación sólo serviría para aplazar su inminente caída. Acaso también la presión de muchos de sus seguidores, identificados con el mito de que el triunfador en las elecciones era el ingeniero, les hizo considerar que toda comunicación, toda concertación y todo acuerdo con el Presidente ilegítimo sería visto como una traición. La opereta montada hace poco por Muñoz Ledo sobre la reunión sostenida por Cárdenas con Salinas muestra que todavía hoy los dirigentes y el eterno candidato del PRD creen que sólo el papel de víctimas intransigentes y puras es políticamente redituable. En todo caso, al optar por esta línea estratégica, Cárdenas y su equipo definieron el destino de lo que habría de ser el PRD. No fundamentalmente un partido de izquierda o de centro-izquierda con un proyecto de futuro alternativo; no una fuerza capaz de proponer y negociar políticas públicas; no un partido orientado a reivindicar la mejor herencia de las fuerzas progresistas del país, sino un partido cohesionado por una sola obsesión: tomar la revancha y llevar a la Presidencia a Cárdenas. Un partido de agravios y malestares, montado en un negativismo político intransigente, para el que todos los problemas derivan de la maldad de sus enemigos y que, en los hechos, no se asume como parte, como representante parcial de intereses y valores, sino como una especie de reivindicador de las causas priistas abandonadas y traicionadas por las tres últimas administraciones gubernamentales. Un partido, en fin, en el que el peso abrumador de su caudillo impide toda vida orgánica normal, todo debate de ideas, en la medida que sólo cuenta decisivamente la opinión de ese caudillo. Para el propio Cárdenas el PRD nunca parece haber sido otra cosa que un instrumento, una plataforma incómoda pero inevitable, para su incansable lucha por la Presidencia. De ahí su evidente desprecio por la vida interna de ese partido, lo mismo que sus frecuentes distanciamientos del mismo, y sus más bien autoritarias intervenciones cuando considera que algunos sectores están tomando decisiones desacertadas. No lo ve, entonces, como una organización capaz de tener vida y sentido más allá de sus candidaturas sistemáticas y de su capacidad para atraer personalidades priistas útiles para llevarlo a él al poder. Consciente de que al menos la mitad de los votos del PRD derivan de su carisma y de su leyenda, actúa de manera muy similar a los presidentes con el PRI, a pesar de la retórica democratista que utiliza. Por supuesto nadie puede negar que, con todo, el PRD se ha convertido en una fuerza política que supera con mucho lo logrado por la vieja izquierda mexicana. Mientras otras escisiones del oficialismo se apagaron tan rápido como habían surgido, Cárdenas y sus compañeros han forjado un referente político electoral capaz de crecer y estabilizarse a nivel regional y nacional. Capitalizando torpezas inverosímiles del gobierno y su partido, hoy gobierna dos estados, además de la capital de la República, por no hablar de su fuerte presencia en las cámaras y en los municipios. Y todo esto a pesar de las agresiones brutales y sistemáticas sufridas durante el sexenio de Salinas y a pesar también de los evidentes errores de conducción y estrategia de las direcciones perredistas y del propio Cárdenas. En buena medida, estos avances han dependido, como diría Maquiavelo, de la fortuna, es decir, de los infortunios que ha padecido el país en los últimos años. El estrepitoso derrumbe del salinismo, provocado por la crisis y los asesinatos políticos; los deterioros insondables generados por los ajustes y por una política económica que no quiere hacerse cargo de las ingentes desigualdades sociales existentes, todo ello explica que después de su fracaso electoral en 1994, Cárdenas pudiera volver para arrasar en el Distrito Federal. Pero como también decía el florentino, el peor error de los políticos es no saber cambiar cuando las circunstancias cambian, mantener estrategias y posiciones que pudieron ser exitosas en un momento dado, cuando las nuevas condiciones exigen otras estrategias y posiciones. Nadie puede discutir la tenacidad de Cuauhtémoc. Esta es quizá su mayor virtud política, la de mantenerse contra viento y marea en su denodada lucha por ser Presidente. Lamentablemente, en su caso esa tenacidad se asocia con una profunda inflexibilidad e incluso con una evidente intolerancia a las críticas (que sólo entiende como ataques) y a las opiniones divergentes (que sólo considera como producto de la malevolencia de sus adversarios). Su obvia incapacidad para debatir y argumentar también ha pesado negativamente en momentos decisivos, como en las célebres discusiones televisadas o su polémica con Muñoz Ledo. A lo que se agrega un modo más bien grosero e incivil de entender y ejercer su autoridad, que se expresa en sus malas relaciones con la prensa y con los medios. Su gestión en el gobierno del Distrito Federal ha logrado probar algo importante: que los mitos priistas sobre la imposibilidad de que la capital tuviera un gobierno independiente e incluso opuesto al gobierno federal no eran más que eso: mitos autoritarios. Pero aun rechazando la idea de que la ciudadanía había puesto enormes expectativas en el gobierno neocardenista (se puede suponer más bien que sólo asumía que ningún gobierno podía ser peor que las regencias priistas), lo cierto es que ha sido una gestión extraordinariamente gris, opaca, indiscernible de las anteriores. Tan gris y tan opaca, por lo demás, como lo fue la realizada en Michoacán. No sólo porque no cumplió promesas obviamente desaforadas e imposibles de cumplir, como la de resolver la cuestión de la seguridad pública; sino sobre todo porque, carente de toda imaginación política, no pudo mostrar que se quería y se empezaba a gobernar de otra manera, sea en términos de cercanía con la gente, sea en términos de transparencia, sea en términos de eficacia. (Dos años ciertamente es poco tiempo para hacer grandes cosas, pero la pregunta que muchos se hacen es: ¿qué hizo Cárdenas en estos dos años?) El ingeniero iniciará pronto su tercera campaña por la Presidencia de la República. Si las tendencias expresadas por las encuestas se mantienen, lo probable es que una vez más quede en tercer lugar, con alrededor de 15 o 20% de los votos. Por razones de edad, sería difícil que se diera una cuarta campaña, lo que abre un gran interrogante sobre el futuro del PRD. ¿Cómo podría mantener su cohesión un partido que sólo se mantiene unido por la posibilidad de que su caudillo carismático llegue al poder? Ello tendría que depender del surgimiento de nuevos liderazgos y propuestas que hasta ahora brillan abrumadoramente por su ausencia. El riesgo, por ende, es que después de tantos esfuerzos, de tantas luchas e incluso de tantas víctimas, la parábola del neocardenismo terminara siendo similar a las de Almazán o Vasconcelos. Pero sin duda habrá una diferencia: a querer que no, Cuauhtémoc Cárdenas ha sido un protagonista decisivo de nuestra transición a la democracia. No porque se trate de una personalidad democrática en sentido estricto, pues esto al menos es discutible. Pero sí porque con todos los defectos que se quieran, se le debe reconocer una virtud decisiva para nuestra transición: la de nunca haber cedido a las tentaciones de la violencia. En un país como el nuestro, tan desgarrado y degradado por desigualdades e injusticias, éste es un mérito fundamental. Luis Salazar C., es presidente del Instituto de Estudios de la Transición Democrática. |
|
|
|
![]() |