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Si gana Cuauhtémoc
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Cárdenas es el principio y el fin
Mientras siga en la pelea

Ludolfo Paramio

Si existe algo a lo que podemos llamar transición mexicana, parece poco discutible que Cuauhtémoc Cárdenas está en su principio. Su candidatura en 1988, como culminación de la escisión del PRI tras el destape de Carlos Salinas, puso en marcha un proceso de transformación del régimen político mexicano que ha supuesto, en primer lugar, que las elecciones realmente competitivas se convirtieran en la norma y, en segundo, que en el seno del propio PRI, y en sus relaciones con la Presidencia, se produjeran cambios tan notables como el que reflejó el espectáculo de los cuatro precandidatos priistas diciéndose atrocidades frente a las cámaras de televisión y reprochándose ser gente vinculada a la administración presente o a la anterior. Algo bastante inimaginable cuando Reyes Heroles emprendió su liberalización del régimen.

Es difícil saber si lo que provocó el éxito electoral de la candidatura de Cárdenas en 1988 fue su figura o la simple acumulación de agravios por los sectores política y socialmente postergados durante la administración de Miguel de la Madrid, al igual que es difícil saber si, como cree sin duda Cárdenas, y muchísima más gente con él, aquella noche cuando se cayó el sistema le robaron la victoria o si, como creen personas de menos renombre y pasión, pero mayores conocimientos estadísticos, la proyección de los datos verificables permite pensar que sólo se le arrebató la gloria de haber dejado al PRI, por primera vez en su historia, por debajo del listón de 50%. Probablemente no importa mucho.

Aun así, parece indiscutible -en el sentido de que sólo Porfirio Muñoz Ledo lo discutiría- que la personalidad de Cárdenas fue decisiva para fraguar la alianza de los ex priistas con la izquierda mexicana para dar origen al actual PRD. El ingeniero heredaba la legitimidad de su padre, la figura que la izquierda identifica con el alma social del régimen mexicano y, por tanto, con la mejor tradición de la revolución. No es fácil imaginar al PMS poniendo su registro al servicio de la candidatura de Porfirio, por poner un ejemplo. Y aunque entre los escindidos del PRI había personalidades muy notables, el apellido ponía a Cuauhtémoc en mejores condiciones que ningún otro para asumir la bandera de los políticos frente a los tecnócratas, cuya hegemonía se hacía ya insufrible con el destape de Salinas.

Que la verdadera transformación del régimen se desencadenara a partir de una escisión del grupo dominante es algo que no puede sorprender a nadie que sepa algo de cómo suceden estas cosas: muy rara vez son de otro modo. Más llamativo es advertir lo larga que ha llegado a hacerse esta transformación, la transición interminable. Y una de las posibles explicaciones es que Cárdenas se atuvo demasiado al pie de la letra al guión revolucionario, negando toda legitimidad a Salinas y denunciando su política económica como una traición a México y a los mexicanos. Esa postura, durante todo un sexenio, le ha permitido después la satisfacción de presentarse como el único que nunca cedió ante Salinas ni se dejó engañar por él. Puede que en esa imagen se basara su arrolladora victoria en el DF en 1997.

Pero el precio de conquistarla fue que, durante el sexenio anterior, a Salinas le resultó fácil "no verle ni oírle", es decir, ignorar su existencia política. Es muy poco probable que eso fuera bueno para México: por una parte favoreció la permanencia de las tendencias excluyentes del régimen; por otra, impidió que se crearan hábitos de negociación y de consenso entre el gobierno y el conjunto de la oposición, y eso no sólo fue malo para México sino también para Cárdenas.

El PRD pagó en 1994 el precio de la popularidad de la que había gozado Salinas, pero también de su incapacidad para presentarse como una propuesta que ofreciera seguridad. En el clima de incertidumbre creado por la insurrección de Chiapas y la muerte de Colosio, Cárdenas no era tranquilizador ni para los inversores ni para los ciudadanos de a pie. El rechazo frontal de Cárdenas y la estrategia de Salinas de marginarle se habían combinado para hacer aparecer al PRD como una alternativa de riesgo: la ausencia de diálogo y negociación le condujeron casi a la irrelevancia.

La victoria de 1997 en el DF habría podido permitir a Cárdenas replantear su estrategia, pero más bien parece haberse limitado a reforzar su aspiración presidencial. Quizá una gestión mejor valorada le hubiera llevado a posiciones distintas, pero probablemente son las propias reglas del juego electoral mexicano las que hacen inevitable que el PRD mantenga su línea incambiada: por una parte, el rechazo del neoliberalismo -campo en donde ahora deberá competir con los precandidatos priistas-; por otra, negación de la legitimidad democrática del gobierno. El problema es que esa línea impide que desde el actual juego a tres bandas pueda llegarse a una coalición mayoritaria estable para gobernar México, a menos que alguno de los tres partidos consiga alcanzar en el año 2000 una mayoría absoluta que hoy por hoy parece improbable.

Pero el juego no se modificará, al menos en lo que al PRD se refiere, hasta que Cuauhtémoc llegue a la Presidencia o abandone sus aspiraciones. Mientras él siga en la pelea, el PRD estará obligado a sostener que en México no hay aún verdadera democracia: incluso si se produjera la alternancia en la Presidencia, en la medida en que no fuera Cárdenas el elegido. Pues la línea orientadora de toda su actuación, desde 1988, es que sólo él posee la legitimidad originaria, y sólo él encarna, por tanto, la voluntad popular. En este sentido, Cárdenas es no sólo el principio sino también el fin de la transición: sólo cuando culmine su carrera, en un sentido u otro, cabrá esperar que los partidos políticos mexicanos reconozcan que un país en el que los gobernantes son elegidos democráticamente es una democracia, aunque siga sin ser el país que ellos querrían.

Ludolfo Paramio es analista político, autor, entre otros libros, de Tras el diluvio (Siglo XXI).

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