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A love story

José Muñoz Flores

Romana tiene ahora veintiséis años. Es de un pueblito del Estado de México. Era morena amarillenta; hoy se ve arrugada y de color ceniza. Miraba largamente el suelo antes de contestar o no, y resultaba que no había entendido lo que se le decía.

-Romana, no dejes la estufa encendida.

-No -decía dos minutos después, y la dejaba ardiendo.

-¡Romana, no dejes eso en la lumbre!

-Ah -murmuraba. Ponía las ollas sobre las hornillas apagadas y se pasaba la mañana esperando a que hirvieran los caldos. Sonaba el teléfono, levantaba la bocina, la escuchaba atentamente y la ponía en su lugar.

-¿Alguien llamó por teléfono, Romana?

-Sí -decía.

-¿Quién?

-Nomás llamó -contestaba.

No se tenía en pie cuando llegó, se la comían la anemia y las lombrices. De vez en cuando le pegaban ataques debido a su mala alimentación. Con los meses fue entrando en carnes, albañiles y lecheros rondaron la casa. Se convirtió en una criada auténtica: apta y rencorosa. Los domingos vestía jeans o minifalda, usaba Avón de la cabeza a los pies. Una noche dijo:

-De que si me paga porque ya me voy.

-¿A estas horas, adónde vas?

-Con mi marido.

-¿Qué marido?

-Efrén.

-¿Efrén, cuál Efrén?

-Pus Efrén.

-¿Cuándo te casaste?

-De que orita nomás es mi marido, después me caso.

No valieron argumentaciones de ninguna clase. A los dos meses regresó molida, golpes en la cara y patadas en las espinillas. Lágrimas, doctores, medicinas: así pasaron los días. Cierta noche se escucharon silbidos insistentes. Era Efrén. Romana sanó de pronto y salió volando; pasaron las horas y grande fue mi sorpresa cuando regresó.

-De que ya me voy porque ustedes nomás me tienen aquí encerrada -dijo.

Y partió otra vez. Meses más tarde volvió embarazada y esquelética; una cicatriz le adornaba la boca. Cuando al paso de las noches se iba reponiendo, le avisaron que Efrén estaba en la cárcel. Fue a verlo; tal vez al prestar declaración o al responder a las preguntas que le formularon cometió algún error y la encerraron también. Volvieron los ataques, pero esta vez de miedo, histeria e impotencia al no poder ayudar a su hombre. Aullaba como un perro que va a ser ejecutado. Espantados los guardias y hasta el mismo juez calificador (pues no podían dormir a pierna suelta) la dejaron en libertad. Trabajó acullá, allá y aquí hasta que juntó la friolera de cincuenta mil pesos, mismos que invirtió en las naranjas que vende sobre la acera frente a la pared posterior de la cárcel.

Pardos los cabellos, el vientre enorme, plegada la boca cual ondulante serpiente, voz gutural, hombros de niña y los ojos clavados en el muro, aguarda al hombre amado, la causa de su calvario.

José Muñoz Flores estudió Agronomía en la Universidad de Chapingo.

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