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cárdenas Si gana Cuauhtémoc
Jorge Javier Romero
¿Qué pasaría si Cárdenas gana la Presidencia de la República? Tal vez no es ésta la pregunta que habría que hacerse sino otra, mejor formulada, ¿pasaría algo si Cárdenas ganará? Porque la duda que surge en torno a un posible gobierno de esta izquierda conservadora con la que nos ha tocado lidiar en estos tiempos de transición permanente es si sería capaz de emprender las ingentes reformas que el país necesita para vivir en democracia. El gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas en la ciudad de México no permite ser muy optimistas respecto de la capacidad innovadora y de la imaginación del ingeniero en el terreno de las reformas institucionales y de las políticas públicas. El pretexto de que los problemas de la ciudad se fueron acumulando durante largos años de gobiernos autoritarios es pobre, cuando no se ha visto ni siquiera un intento por proponer alguna reforma sustantiva. No hablemos de los temas obvios, pues es evidente que la policía del DF es hoy tan mala y corrupta como antes y que no ha habido ningún proyecto articulado para su reforma. Mejor volteemos a ver cómo el gobierno que prometió un cambio que no nos iba a costar ha incurrido en las mismas prácticas patrimoniales y clientelares de sus antecesores: baste ver el pánico que viven los funcionarios subalternos cada vez que cambia un director general o la manera como se han repartido puestos y prebendas entre los leales durante los dos años que llevan los revolucionarios en el poder. Por supuesto, ni hablar de una reforma administrativa que tendiera a la profesionalización de la función pública a partir de criterios técnicos, y no políticos, de ingreso, promoción y permanencia. Un gobierno sin imaginación que no ha hecho nada para hacer más habitable una ciudad cuya calidad de vida se deteriora constantemente: eso ha sido la gestión de Cárdenas. Para qué reclamarle que no se ha preocupado por que los peatones no tengan por donde cruzar o que el servicio de limpia sea tan dependiente de las mafias como lo era en el antiguo régimen que prometieron liquidar, cuando problemas más alarmantes, como la impunidad y la inexistencia histórica del Poder Judicial, no han sido tocados ni con el pétalo de una rosa. Esa es la experiencia reciente de un gobierno encabezado por el ingeniero que fue para muchos, hace algunos años, la esperanza de la democracia y la honestidad. Acepto, sin embargo, que no es lo mismo ser alcalde que ser Presidente, así que habría que hurgar en sus propuestas para ver si realmente pasaría algo si ganara la elección presidencial, porque a primera vista lo único que se encuentra en el discurso de Cárdenas es oposición a lo que ha cambiado en los últimos años y una enorme nostalgia por los buenos viejos tiempos del régimen que su padre contribuyó a fundar. Poco hay en el proyecto político del PRD y, sobre todo, en el de Cárdenas, que nos permita vislumbrar un país plural, democrático, ciudadano y donde las leyes sean respetadas. En cambio, abundan en sus planteamientos las críticas a los cambios que, mal que bien, han ido contribuyendo a que el país pase de una sociedad esencialmente rural, cerrada y monopólica a una más abierta, competitiva y eficiente. En el terreno de las políticas sociales para atemperar la terrible desigualdad del país, los perredistas tampoco han mostrado nada más que un conservadurismo a ultranza, que se opone a cualquier reforma al viejo sistema corporativo de seguridad social, descalifica las políticas sociales que promueven la organización comunitaria por ser "electoreras" y rehuye cualquier discusión sobre nuevas formas de financiamiento para el gasto social. Cuando se habla de que el Estado cobre impuestos, Cárdenas ha respondido con llamados a enfrentar el terrorismo fiscal; nunca se le ha oído una idea sobre una auténtica reforma fiscal que permita al Estado cumplir con sus compromisos básicos sin apreturas. Cuando se habla de educación, nada ha propuesto para quebrar el monopolio del SNTE y la manera como éste ha pervertido los incentivos profesionales de los profesores. Débiles han sido sus planteamientos en torno a una reforma laboral que acabe con las formas corporativas de dominación sindical (en este terreno, el candidato permanente ha estado a la saga de su partido). La admiración por la figura de su padre y por el conjunto de políticas que aquél impulsó para consolidar una coalición de poder donde estaban incluidas las dirigencias de las organizaciones de masas -ese momento mítico en la formación del régimen priista, que le dio un tinte progresista y popular-, impide que Cuauhtémoc Cárdenas tenga un planteamiento radical de reforma de un régimen que sustituyó a los derechos ciudadanos por las prebendas a los dirigentes de las organizaciones. En general la izquierda mexicana ha sido poco crítica con el cardenismo primigenio y con las consecuencias antidemocráticas de las instituciones que creó, pero en el caso del ingeniero, esta resistencia al análisis es mayor. Desde su nacimiento, el neocardenismo se ha presentado como el representante del compromiso popular de origen revolucionario que se enfrenta a los reformadores neoliberales y poco ha modificado esa posición. Se trata de un movimiento misoneista sin imaginación que ha hecho política a la manera tradicional: negociando con la desobediencia de la ley. Poco se puede esperar, entonces, de una fuerza así, para el necesario impulso a la legalidad que requiere este país aquí y ahora. El problema, entonces, no es qué pasaría si ganara Cárdenas la Presidencia, sino que probablemente pasaría muy poco, cuando lo que urgen son cambios. Cambios para que exista certidumbre legal en todos los terrenos, para que exista un piso social no corporativo, ciudadano; para que la educación capacite para el empleo y para que tenga calidad; para que el Estado cuente con recursos que le permitan funcionar sin depender de las rentas petroleras; cambios para que la pluralidad genere gobernabilidad y no espectáculos circenses; en fin, un programa de reformas que le dé contenido a la crítica al neoliberalismo y no un proyecto de restauración de un régimen ya periclitado. Por supuesto que si Cárdenas ganara, su barco se llenaría de los náufragos del PRI hundido. Ya de vuelta en la tierra prometida, celebrarían la expulsión del paraíso de los intrusos tecnócratas y neoliberales; pero muy probablemente el país iría otros seis años dando tumbos y perdería de nuevo la oportunidad de encontrar su lugar en el mundo. Jorge Javier Romero es politólogo, investigador en la UNAM. |
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