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Develar a Borges tintero
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El mexicano contemplativo Ernesto Soto Páez*
El cartonista regiomontano Abel Quezada fue, al igual que muchos de sus compañeros de profesión, un cabal observador de la realidad mexicana. A su ojo clínico no escaparon las diferentes clases sociales y los clásicos personajes que le dan vida a esos estratos sociales: chorromillonarios, ricos, políticos, clérigos, comerciantes, periodistas, taqueros, obreros, campesinos y todos aquellos que integran al comercio informal. De todo esto tratan los dos volúmenes de caricaturas que recientemente publicó Planeta, en donde el tema tan ampliamente tratado por Quezada a lo largo de casi cuatro décadas destaca por su patetismo, su humor y sus costumbres para hablar y alimentarse del mexicano. Pero no fue el único, ya desde fines de los 30 Gabriel Vargas había estampado el espíritu mexicano en sus cartones de don Jilemón Metralla y su Cuataneta y después en La Familia Burrón; Germán Butze hizo lo propio en Los Supersabios, pero nadie fue tan puntilloso al tratar la nacionalidad como Quezada en las caricaturas que componen sus cartones. El Hombre Verde, como también se le conoce, además de estampar al "peladito", al "taquero con moscas", al policía "trompudo", al ricachón con su enorme brillante en la nariz, estructuró toda una teoría en torno al tema, dijo: "Ser mexicano no es tener una nacionalidad: es tener un vicio". Tanto le afectó a la mente y a la pupila el comportamiento de sus paisanos, que Abel Quezada señaló vitriólico: "Se acepta que el mexicano es un problema, un problema muy serio para la humanidad, sobre todo porque tiene la facultad de reproducirse vertiginosamente; ya ha invadido el sur de EUA, pronto los invadirá totalmente y de ahí seguirá hasta abarcar todo el mundo para lograr el sueño dorado de sus grandes pensadores: `¡qué todo el mundo sea tercer mundo!`". El cartonista abrevó en libros tan reveladores como El perfil del hombre y la cultura en México, de Samuel Ramos; Fenomenología del relajo, de Jorge Portilla; El mexicano. Psicología de sus motivaciones, de Santiago Ramírez y El laberinto de la soledad, de Paz, más lo que él le echó de su "cosecha personal". Entonces no es raro que en "su desesperación mexicanista", Quezada afirme sin tapujos que "el mexicano es el único ser en el mundo que no nace para construir. Nace para acabar con lo que encuentra, incluso consigo mismo. Pronto se da cuenta de lo incómodo de su posición en la vida y decide que lo único que le queda es sacarle una ventaja al medio en que se desenvuelve, una ventaja -claro- que lo beneficia sólo a él". Prueba de esto es aquel cartón -ya clásico- de Quezada, que apareció el 16 de octubre de 1974 en Excélsior: "... Estando Dios haciendo el Universo, llamó a su ayudante y le ordenó: "A este lugar me le pones mucho oro, mucha plata, mucho uranio, hermosos ríos, extensos campos para el ganado y la agricultura y enormes bosques. "El ayudante le dijo: `Pero Señor: ¿no crees que es demasiado? ¿No crees que es injusto darle a esta región más que a otras?`. Y el Señor respondió: "No te preocupes; para que se empareje vas a ver la clase de habitantes que le pongo -Y le puso a los mexicanos." En el prólogo, Alfonso Morales abunda en torno a los habitantes de Mexicalpan: "Aunque podría decirse que el personaje principal de estos cartones ya es parte de la historia de nuestras introspecciones, también es cierto que en las noticias y editoriales de los periódicos de hoy, en sus más airados y prolongados debates, en las secciones de deporte y policía, entre los miembros de cualquier familia, al lado o dentro de usted mismo, hay pruebas fehacientes de que aún permanece entre nosotros, duro como la tortilla, eterno como la piedra del sol, misterioso como el contenido de los tacos que devora". Abel Quezada, El mexicano y El país problema, los mejores cartones 1951-1986, México, Planeta, 1999, 163 pp. *Es periodista egresado de la ENEP- Acatlán. |
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