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Fidelidad al origen
A la sombra del general y del poder

Edgardo Bermejo Mora

1. La consagración del mito

La mañana del 1 de mayo de 1934, desde la cabina de transmisión de la XEW, en su calidad de candidato a la presidencia del Partido Nacional Revolucionario, el general Lázaro Cárdenas ofrecía un mensaje a los obreros mexicanos con motivo del día del trabajo. Al término de su discurso el doctor Salvador Zubirán, uno de sus hombres de mayor confianza y consejero médico, se le acercó con una noticia inquietante: su mujer, la joven Amalia Solórzano, con quien se había casado dos años atrás, mostraba signos de estar a punto de parir al cumplirse el octavo mes de embarazo. El general recibió la noticia con más nerviosismo que agrado, un año antes otro parto prematuro le había quitado la vida a su hija que nació de seis meses y murió pocas horas después. Por ello la noticia de un nuevo alumbramiento adelantado lo preocupó. No obstante, el general debía continuar con sus compromisos de campaña. Finalmente, a las seis de la tarde recibió las buenas nuevas.

No sólo era el hijo del futuro Presidente de la República sino un poco más: el primogénito e hijo único del último prócer mexicano del siglo XX; nació el primer año del sexenio épico por antonomasia de nuestra historia postrevolucionaria; en el día internacional de los trabajadores; apadrinado por Francisco Múgica, uno de los ideólogos definitivos de la Constitución de 1917; y en las oficinas donde despachaba su tío Alberto Cárdenas, delegado del Distrito Federal en San Angel. Un manual de historia, y no una carta astral, sería más útil para explicar el anuncio de un futuro prominente que se reflejaba, además, en los nombres del niño: Cuauhtémoc, el último emperador azteca, alegoría de resistencia y martirio; Lázaro, el muerto resucitado que simboliza la esperanza y la fe en la tradición cristiana; y Cárdenas, el apellido de mayor lustre cívico en el Olimpo republicano de la nación, las tres sílabas que tan sólo pronunciarlas producen un efecto hipnótico en la conciencia mexicana. El suyo fue, en todos los sentidos, un nacimiento de Estado.

2. El príncipe y los mendigos

Tenía seis meses de edad cuando su familia se muda a la que entonces todavía era una residencia modesta por el rumbo de Tacubaya y habría de convertirse en el símbolo arquitectónico del poder presidencial en México: la residencia oficial de Los Pinos. Pasará los primeros seis años de su vida en ese pequeño universo. Lo rodean jardines, juguetes, una alberca en la que su padre nada con frecuencia, caballos, militares, políticos y acaso lo más importante: 18 huérfanos que su padre iba recogiendo durante sus giras, y a los que se llevó a vivir al palacio para asegurarles educación y sustento. Mezcla amorfa de filantropía, populismo y solidaridad cardenista, aquella campaña numerosa debió impactarlo de una u otra manera.

En 1940, al terminar el periodo constitucional de Lázaro Cárdenas como Presidente, la familia se establece en Jiquilpan. Sería el principio de un periodo errante e incierto en el que el general busca reacomodo en la vida pública. En 1941 Cárdenas acepta la comandancia del ejército en la Zona del Pacífico, lo cual obliga a la familia a mudarse primero a Mazatlán y después a Ensenada. En aquella ciudad de la península de Baja California, Cuauhtémoc concluye su segundo año de primaria. Un año después, el regreso del general a la primera fila del poder es inminente: Manuel Avila Camacho lo nombra secretario de Defensa Nacional una vez que ha declarado la guerra a los países del eje. El "Tata", como le llamaron sus admiradores y fieles, ocupa de nuevo un papel para el que se consideraba predestinado: proteger a los mexicanos. El pequeño Cuauhtémoc deberá compartir la paternidad congénita del general con el resto de la nación. Sólo entonces la familia regresa a la capital y Cuauhtémoc ingresa a una primaria oficial para cursar el tercer año. Ocurrió entonces un incidente significativo. A los dos o tres meses de iniciados los cursos Cuauhtémoc ya no quiere asistir a clases. Más tarde le confiesa a sus padres que otros niños lo molestan con el asunto del papá ex Presidente. El general acepta sus razones y lo inscribe en otra escuela pública en San Angel. Será la última vez. Al año siguiente ingresa en el Colegio Williams de Mixcoac donde cursará el resto de la primaria y de la secundaria. El hijo del Presidente que impulsó la educación socialista, terminaba por acercarse a un colegio de élite en el que podría crecer e instruirse con más naturalidad de acuerdo con su prosapia.

3. La militancia de los puentes

Al salir de la secundaria, y nuevamente por decisión del general, Cuauhtémoc se instala en Morelia para cursar el bachillerato en el Colegio de San Nicolás. Era necesario ese viaje a la semilla para reencontrarse con su geografía ancestral. En ese periodo se resiste a las conversaciones febriles y al activismo partidario. Se siente más cómodo en las matemáticas que en las ciencias sociales. No es un lector inquieto, no manifiesta alguna inclinación artística en particular, tampoco tiene el temperamento rebelde de otros bachilleres. A pesar de su constante exhibición pública como el hijo del hombre más querido de Michoacán, Cuauhtémoc se descubre tímido, o mejor dicho, intimidado por el peso natural de su origen. Tres años después, en 1951, regresa a la ciudad de México para inscribirse en la Escuela de Ingenieros de la Universidad Nacional, en el antiguo palacio de Minería.

Probablemente la experiencia de viajar por todo el país acompañando a su padre en sus recorridos de trabajo -desde 1947 y hasta 1958 el general Cárdenas se desempeñaba como vocal ejecutivo de la Comisión de Tepalcatepec-, empujaron su inclinación profesional. En el México alemanista de medio siglo, el país necesitaba menos discursos e ideologías que proyectos viables de desarrollo regional e infraestructura. De una u otra manera, su padre y el Estado seguían siendo el mentor y el proveedor, respectivamente, de su nueva circunstancia.

En ese tiempo asiste también a todas las ceremonias del ritual republicano. Esto constituye una fuente directa de formación política en la que conoce desde muy joven a ministros, gobernadores y presidentes. Cuauhtémoc acompaña a su padre y aprende los usos y estilos del gran teatro de la política en el reino omnímodo del PRI. Aprende también a reconocer a los amigos y a los enemigos de su padre, el rey viejo que representa a una corriente histórica desplazada en el banquete de la revolución institucional. Más que poder político, lo que Lázaro Cárdenas le puede heredar a su hijo en estas circunstancias es su patrimonio cívico y moral, la plusvalía del apellido.

En el otro extremo, serían igualmente decisivas las visitas a los presos políticos de Lecumberri al comienzo de la década de los 60. En Lecumberri aprenderá las lecciones éticas del compromiso político: la resistencia. Los comunistas, los sindicalistas, los dirigentes populares, los periodistas perseguidos. A lado de su padre, Cuauhtémoc conoce las entrañas del aparato con todas sus miserias y sus bondades. Su formación política es una dualidad, una tensión permanente entre la fidelidad al régimen de la revolución, por un lado, y sus convicciones a la izquierda del espectro político, por el otro. Para el general y, por ende, para Cuauhtémoc, antes que la disidencia están las instituciones; y antes que la deslealtad, el silencio.

4. El poder y el deber

En la era del milagro mexicano Cárdenas se forma como ingeniero civil al amparo de la Universidad Nacional que vivía años de bonanza. Se recuerda como un alumno "estudioso pero no matado". No fuma, no se aprovecha de su estatus ni practica a pierna suelta el donjuanismo de los juniors. Es, para decirlo de algún modo, un joven discreto, educado en la ética del poder, pero también en la mística del "deber"; 1954 es también el año del golpe de Estado en Guatemala que derrocó al presidente nacionalista Jacobo Arbens. Este hecho marcará la primera participación política del joven Cárdenas. Lo hará, además, en una forma sintomática al peso natural de su apellido: con sólo 20 años, un grupo notable de estudiantes, entre ellos Vicente Leñero, Sergio Pitol, Leonel Durán y Rodolfo Stavenhagen, le nombran presidente del comité universitario de solidaridad con Guatemala.

A principios de 1957, a los 23 años, Cárdenas se titula como ingeniero. La ruta tradicional en el entrenamiento de un futuro estadista indicaría estudiar un postgrado en alguna universidad europea, pero contrario a ello, Cuauhtémoc prefiere una gira de capacitación técnica en la cual visita diversas obras de los ministerios de Reconstrucción en Francia y en Italia, así como las plantas siderúrgicas de Alemania. Son dos años y medio de formación intensa, pero no en las aulas ni en las bibliotecas, sino entre puentes, presas, restiradores y megaproyectos de inversión pública en la Europa pujante de la postguerra. Nuevamente es la figura del Estado, ese gran constructor, lo que más llama la atención del joven ingeniero.

Hacia el final de su estancia convence al general Cárdenas que viaje a Europa para emprender una gira internacional. Y si bien no tuvo el trato de discípulo con los grandes profesores universitarios del momento, en cambio pudo conocer a las figuras estelares de la órbita comunista. Los países elegidos para aquella visita no dejan lugar a dudas: Polonia, Checoslovaquia, la Unión Soviética y China; en todos ellos Lázaro Cárdenas es recibido en calidad de héroe del proletariado internacional.

En 1959, el ingeniero recién capacitado está de vuelta en el país y se pone a disposición del Estado en el arranque del sexenio de Adolfo López Mateos. Tanto él como su padre se incorporan a uno de los proyectos de desarrollo regional más ambiciosos que se han planteado: la Comisión del Río Balsas. La obra de Cuauhtémoc Cárdenas como ingeniero al servicio de proyectos de desarrollo regional abarca un periodo fructífero de 16 años. Entre 1959 y hasta 1975 se dedica principalmente a su profesión. En 1964 lo nombran ingeniero residente para la construcción de la presa La Villita en Michoacán. Una vez concluido el proyecto en 1969, debía ponerse en marcha una siderúrgica que aprovechara la energía eléctrica generada por la presa. Ese proyecto se concreta en Las Truchas, una empresa estatal en la cual su padre figura como presidente del Consejo de Administración. Cuauhtémoc trabaja para la empresa como subdirector y posteriormente como presidente de un fideicomiso para el desarrollo urbano de lo que será Ciudad Lázaro Cárdenas. Ese proyecto se prolonga hasta 1974, y con él termina su incursión en la ingeniería.

Antes, en 1966, tuvo un primer acercamiento orgánico al PRI cuando participa como presidente del Consejo Técnico de la Confederación Nacional Campesina. En julio de 1968 renuncia molesto al cargo por medio de un comunicado de prensa en lo que constituye el primer antecedente público de una relación ríspida y compleja con su partido.

Un año axial y trágico en su vida es 1970. Por un lado, significa la llegada al poder de un grupo que promete rescatar de sus ruinas y su marginamiento a la vieja izquierda nacionalista del PRI: el echeverrismo. Por otro, es el año de la muerte de su padre, quien fallece de cáncer el 19 de octubre.

5. El Movimiento de Liberación Nacional

En la historia de las izquierdas en México -el plural comprende a la enorme heterogeneidad de sus corrientes- hay un acontecimiento cardinal al que aún no se le ha valorado con toda su importancia: la creación en agosto de 1961 del Movimiento de Liberación Nacional (MLN). Es un momento clave en la construcción de la izquierda mexicana del siglo XX, y también lo es en la formación iniciática de quien a la postre habría de ser su dirigente más destacado: Cuauhtémoc Cárdenas.

La división del mundo en dos grandes bloques enfrentados en los años más intensos de la guerra fría, pero sobre todo el triunfo de la revolución cubana, que vino a renovar la propia vocación antiimperialista de la izquierda latinoamericana, componían un cuadro particularmente favorable al reagrupamiento de las llamadas fuerzas progresistas que buscaban por primera vez comprender su entorno más allá del canon marxista ortodoxo de la vieja izquierda molecular. Lázaro Cárdenas era quien mejor resumía este nuevo ímpetu. Tuvo capacidad de convocatoria a nivel latinoamericano, y también a nivel nacional. A esta iniciativa se fueron acercando grupos y corrientes que representaban la renovación de la izquierda en México, al punto de encuentro más cercano entre la vieja izquierda leninista, el antiimperialismo universitario, la disidencia ilustrada y el nacionalismo postrevolucionario de orientación estatista. Para Cuauhtémoc Cárdenas el MLN significó un periodo corto pero intenso que medió entre el regreso de Europa en 1959 y su incorporación definitiva al trabajo profesional como ingeniero en 1963, año que también coincide con el de su boda con Celeste Battel.

En la proclama fundacional del MLN se subrayan las demandas nacionalistas y el combate al imperialismo, pero se deja pasar de largo lo que después sería la bandera central de todo movimiento opositor al régimen: la democracia política, el fin del cesarismo presidencialista bajo la hegemonía del PRI. Tal era la frontera opositora del MLN porque era también la de su guía moral: el general Cárdenas. Era, en ese sentido, un movimiento lisiado en su programa de lucha, y condenado a desaparecer, no tanto por esta insuficiencia programática sino porque finalmente se contaminó del mal que ha enfermado por décadas a nuestra izquierda: una combinación letal de protagonismos desbordados y divisionismo febril.

6. Las novatadas de la política

En sus evocaciones biográficas con Paco Ignacio Taibo II y con James Fortson, Cárdenas refiere con cierto orgullo que no se salvó de las "novatadas" cuando ingresó al bachillerato en el Colegio michoacano de San Nicolás ni cuando se inscribió en la Escuela de Ingeniería de la UNAM. Su descripción incluye rapado obligatorio y la expedición de un certificado de "perro" que le garantizaba la inmunidad. No serían éstas, sin embargo, las únicas veces que debió sufrir los rigores de la novatez. En 1973, tres años después de la muerte de su padre y cuando decide por fin lanzarse a la brega política, recibe un desplante de Luis Echeverría y siente acaso por primera vez el temible peso de la orfandad.

Desde muy joven, Cárdenas comprendió que no podría profesionalizarse en la política a la sombra de un padre como el suyo que todo lo abarcaba con su figura. Pero después fue víctima de una terrible paradoja: la ausencia de su padre lo desprotegía y lo dejaba al amparo de esa otra encarnación omnisciente de la paternidad nacional que era el Presidente de la República. Pasó de esta manera de cargar el peso mitológico de su padre, a sufrir el peso ontológico del presidencialismo mexicano.

De acuerdo con esta historia, Cuauhtémoc Cárdenas colaboró con Luis Echeverría en proyectos de consultoría durante la campaña presidencial en 1970. Una vez terminada la campaña, la relación entre ambos se limitó a las giras de trabajo del ahora presidente por la entidad, en las cuales solía incluirse una visita a la Siderúrgica Las Truchas y al proyecto urbano de Ciudad Lázaro Cárdenas donde trabajaba Cuauhtémoc. A lo largo de 1973 Cárdenas viaja con frecuencia a la ciudad de México para solicitar una entrevista con el Presidente, pero no lo consigue. Comprende que no habrá respuesta positiva a su intención de competir con la candidatura del PRI al gobierno de Michoacán, como se lo habría insinuado en alguna ocasión el presidente Echeverría. Sus dudas se confirmaron en 1974 tras el destape del secretario de Industria y Comercio y compadre del Presidente, Carlos Torres Manzo. Si no Echeverría, José López Portillo habría de ofrecerle la plataforma necesaria para su lanzamiento a la política nacional bajo el canon tradicional de la participación priista. Debió entonces realizar el recorrido completo de la lisonja adulatoria, el besamanos y la espera paciente en la antesala del poder presidencial con José López Portillo. Como el resto de la clase política, a finales de 1975 acude al domicilio del nuevo ungido para felicitarlo y de paso para recordarle su intención de colaborar en su futuro gobierno. López Portillo le ofrece un lugar como senador, pero Cárdenas se resiste. Lo suyo es la administración y la ejecución de proyectos, antes que la discusión parlamentaria. Finalmente acepta, aunque sólo estará tres meses en el Senado y no subirá a la tribuna en ninguna ocasión. El 30 de noviembre, en la víspera de la toma de posesión del nuevo Presidente, el secretario particular de López Portillo le informa que ha sido considerado para ocupar la Subsecretaría de Desarrollo Forestal. Hay que reconocer que López Portillo había entendido con precisión la personalidad y el perfil que representaba el hijo del general: un puesto técnico en la antesala del gabinete, alejado de los asuntos políticos para no despertar la suspicacia entre los grupos conservadores del partido, y ligado a cuestiones operativas y regionales en las que el nuevo subsecretario tenía más de dos décadas de experiencia.

Cárdenas pasa los siguientes cuatro años en esta apetecible ambigüedad: trabajando en lo suyo como técnico del Estado, pero al mismo tiempo abonando el terreno para cuando llegase la oportunidad de Michoacán. Esta llegó en 1980, al término del gobierno de Torres Manzo y por invitación abierta, decisiva y vertical de José López Portillo. Sin oponentes a su alrededor, su campaña en Michoacán es más parecida a un desfile triunfal. Obtiene la victoria en las urnas con más de 70% de la votación. Cincuenta y dos años después de que lo hiciera su padre, Cárdenas toma protesta como gobernador de Michoacán en el inicio de la aciaga década de los 80.

7. La paternidad en el edén

Gobernó el periodo completo de seis años sin brillo pero sin descalabros, con austeridad y con cierta independencia con respecto a la Federación. No hubo a lo largo del sexenio alguna obra mayor de inversión pública, en buena parte por la limitación presupuestaria que produjo la crisis del 82 y la constante devaluación del peso. Como sea, Cárdenas estableció un estilo personal de gobernar que no tenía el arrastre de su padre, pero que de cualquier forma le granjeó el liderazgo en la entidad, como se confirmaría en 1988 cuando 76% de los michoacanos le dieron su voto como candidato opositor a la Presidencia.

Tal vez el único momento que llamó la atención a nivel nacional ocurrió casi a finales de su periodo, cuando en 1985 defendió públicamente la soberanía del estado al que se le pretendía involucrar en el escándalo del agente asesinado de la DEA Enrique Camarena Salazar. Dentro de los cánones del viejo sistema, no era usual que un gobernador tomara esta distancia con respecto del gobierno central. Por otra parte, no renunció a la tentación paternalista que caracterizó al general: impuso la ley seca en el estado entre el sábado y el lunes de cada fin de semana, prohibió las peleas de gallos, mantuvo controles severos sobre la prostitución y perseguió al lenocinio.

La administración de Cuauhtémoc Cárdenas y su equipo fue lo suficientemente limpia como para resistir la fiscalización severa a la que se vería sometida tras la ruptura con el régimen en 1987. Se buscaron irregularidades a toda costa, incluso se castigó a algún funcionario menor, pero lo cierto es que no sería en el expediente negro de la corrupción en donde podrían sorprenderlo en falta.

Con todo, y a pesar de que se pueda atribuir el hecho a la crisis del país y a la caída general de los niveles de vida durante la década perdida de los 80, el gobierno populista y popular de Cuauhtémoc Cárdenas en Michoacán no logró revertir y, por el contrario, agudizó, dos de los aspectos más lacerantes en el estado: la pobreza y, consecuentemente, la emigración masiva a Estados Unidos. Este otro rostro de uno de los estados más pobres del país no se alteró a instancias de un gobernador con carisma.

8. Disidencia y fundación

En 1986, cuando concluye su mandato constitucional en Michoacán, el país ya daba muestras de agotamiento en todos los sentidos: la economía frágil y sometida a un vertiginoso proceso de transformación; el sistema político erosionado e inmóvil, y el viejo discurso de la revolución mexicana definitivamente sepultado por una nueva generación de gobernantes que representaban la ruptura con el pasado estatólatra, frente a personajes como Cárdenas que era un heredero natural de la vieja legitimidad del Estado revolucionario. En ese sentido, aquellos eran en realidad los modernizadores frente a las corrientes nacionalistas como la de Cárdenas que representaban la continuidad, aunque un capricho de la historia los presentará ante la nación en papeles contrarios. En verdad ambos proyectos vestían el traje bifronte de Jano: los tecnócratas en el poder blandían la espada de la modernización de la economía pero se escudaban en un inmovilismo político crecientemente autoritario; por su parte, las corrientes "progresistas" exigían democracia política, pero se horrorizaban con palabras como apertura comercial, privatización y libre mercado. En este doble diálogo de sorderas y prejuicios se acumulaba la tensión que habría de producir finalmente una fractura en la vieja familia revolucionaria.

El nacimiento de la Corriente Democrática del PRI es el resultado de esta colisión en la élite gobernante, pero también se explica por la exclusión definitiva del grupo de Cárdenas y Muñoz Ledo de toda posibilidad por competir en el proceso de sucesión de aquel año. Entre agosto de 1986, cuando se da a conocer públicamente la existencia de la Corriente, y el 14 de octubre del año siguiente, fecha en la cual Cárdenas se postula a la Presidencia bajo las siglas del PARM, no sólo se produjo el destape de Carlos Salinas como entronización definitiva del nuevo grupo, sino que medió además un año de hostilidad y persecución hacia la Corriente Democrática.

La vieja oposición paraestatal no postuló a Cárdenas por un mero arrebato democrático, su propia sobrevivencia estaba amenazada seriamente por las nuevas leyes electorales y sólo en un acto de profunda torpeza hubieran rechazado el gran regalo que de manera involuntaria les había ofrecido el régimen. Cárdenas era, y es, uno de los pocos personajes nacionales que podía sostener una candidatura por el puro peso simbólico de su apellido, un candidato natural y un líder de masas por herencia. Nadie, en el aparato político del PRI, entendió esta obviedad. Los viejos partidos de ornato cumplieron una vez más la metáfora del Golem: la criatura que se escapa de las manos de su inventor. Por años el registro como partido político no pasaba de ser una concesión y casi una vacilada, pero el sistema debió pagar los costos políticos de haber utilizado a su antojo a la normatividad imperante. Contar con un registro legal como partido resultó ser más disruptor y faccioso de lo que nunca se hubiera imaginado. El PPS, el PFCRN y el PARM, que no pasaban de ser piezas del museo del viejo sistema político mexicano, terminaron aportando su cuota a la transición mexicana al postular al cuarto y más importante de los disidentes del régimen que buscaba por su cuenta llegar a la Presidencia: Cuauhtémoc Cárdenas, que sólo en ese sentido recogía la herencia de Juan Andreu Almazán en 1949, de Ezequiel Padilla en el 46. Y de Miguel Henríquez Guzmán en el 52. Ninguno de ellos le había hecho mella al régimen del partido único. Cárdenas, en cambio, suscitaría con su candidatura el movimiento de masas más importante en el último cuarto del siglo XX en México.

En enero de 1998 se crea en Jalapa el Frente Democrático Nacional que, sobre todo después de la declinación de Heberto Castillo a su candidatura por el recién fundado Partido Mexicano Socialista, habría de ser el experimento de unidad de la izquierda más importante de su historia, y el que mejor resultados obtendría en las urnas, a pesar de la competencia desigual, el hostigamiento de los medios, las irregularidades del día de la elección y el manoseo de los resultados en una verdadera operación de Estado. Con la legitimidad de su lado, Cárdenas tenía el camino abierto: un país al que podía incendiar con el desconocimiento del proceso, reeditando la rebelión maderista; o bien reacomodándose en los espacios conquistados para fundar un movimiento democrático de largo plazo. Como Madero, eligió a la democracia como divisa fundamental del cambio radical que se proponían. Eso y no otra cosa significan las siglas del partido que fundó en 1989 y del que se apropió con el paso del tiempo: el Partido de la Revolución Democrática.

9. El águila y el trono

Cuauhtémoc Cárdenas es el político mexicano más votado de la historia. Sumando los votos que obtuvo en 1976 como candidato a senador de Michoacán y los de 1980 al postularse al gobierno de la entidad -un poco más de un millón entre los dos procesos-; los obtenidos en las elecciones presidenciales de 1988 y de 1994 -seis millones en cada una-; así como en la elección capitalina de 1997 -dos millones-; en los procesos internos y una cifra indeterminada de votos arrebatados en forma fraudulenta; podemos considerar que supera en este rubro incluso a Ernesto Zedillo, que es hasta el día de hoy el Presidente con mayor votación en la historia, con 17 millones de sufragios en 1994.

A los 65 años, Cuauhtémoc Cárdenas continúa reinventando y actualizando su mitología; el único político mexicano del siglo XX que se perfila para competir por tercera ocasión a la Presidencia de la República -únicamente Santa Anna, Juárez y Porfirio Díaz lo superan en esta disciplina- y uno de los pocos caudillos mexicanos que habrán de sobrevivir al siglo, con todo lo atávico y lo idiosincrático que ello resulte.

Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx

Extractos del ensayo biográfico que el autor realiza como parte de un volumen dedicado a los candidatos a la Presidencia de la República para el año 2000.

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