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Grass: El dibujo de la escritura

Daniel Rodríguez Barrón

Dibujar es una pasión literaria.
Valerio Adami

Finalmente el Premio Nobel de Literatura ha sido concedido a un artista plástico, Günter Grass quien, como todos aquellos que han trabajado para conseguir el premio, negó la posibilidad de obtenerlo; sin embargo, con Grass la academia sueca cierra el siglo XX premiando a uno de los escritores que han sabido retratarlo mejor y desde el lugar que Borges llamó la conciencia del mundo das Weltbewussisein: Alemania; allí donde se generaron y se resolvieron los conflictos que marcarán, para cualquier historiador del milenio que viene, nuestra época y que de alguna forma permanece como una cicatriz, maquillada y lista para ser la capital de Europa, pero cicatriz que, como asegura el propio Grass, no será tan fácil ocultar y corre el riesgo permanente de abrirse nuevamente.

Günter Grass estudió pintura y dibujo mucho antes de querer escribir, y su formación como artista plástico le ha permitido ahondar en la narrativa forma muy precisa. Al parecer resulta fácil el traslado del dibujo a la escritura -son innumerables los escritores que dibujan o los pintores que escriben- acaso porque una línea de pensamiento puede extender sus redes con mayor facilidad en el papel como otra línea y, para decirlo rápido, porque no se necesitan tantos conocimientos como para abordar el óleo o el acrílico: sencillamente hay que tener un lápiz o una tinta, algo de ojo y destreza en la mano, lo cual no es poco si se piensa que el autor ha tenido que ir más allá de sí mismo, de su medio de trabajo, para traer algo que desconoce y de lo que, supongo, él mismo se asombra. Si los autores insisten en el dibujo es porque incluso para ellos es una fuente de novedad y distracción incomparable, además de que tienen algunos puntos en común: tanto el dibujo como la escritura son artes silenciosos, y tanto la línea narrativa como la pictórica son sucesivas y se deslizan en el tiempo.

Paul Klee aseguraba en sus diarios que "escribir y dibujar son, en el fondo, idénticos". Grass pertenece a esa clase de artistas que acceden a la posibilidad de una comprensión cabal del mundo, de aquellos quienes no sólo tienen el don de ver más y mejor las cosas sino que además pueden escribirlas y dibujarlas. Sus trabajos son ensayos de puntos y líneas convergentes y divergentes, de efectos continuados y fuerzas alternas, de repeticiones rítmicas, de curvas libres y rectas simétricas, ondulaciones, énfasis, temperaturas, como llamaba Kandinsky a las concentraciones de puntos que dan la sensación de crecimiento centrífugo, distribuciones de pesos y, en fin, confrontaciones de formas primarias.

Sin embargo, todo ello sugiere una inclinación más sibilina: la de poner en práctica una idea y un gesto. Max Kliner aseguraba que "la pintura no es el vehículo adecuado para la representación de ideas; éstas deben quedar reservadas al dibujo y al grabado", y Paul Klee lo confirmaba: "Racional: la imagen monocroma; irracional: la imagen en color". Curiosamente, las novelas de Grass se extienden más allá de sus dibujos; Montaigne dijo que llamaba ensayos a sus escritos porque ya no era época para definir el ser, sino sólo "dibujar su paso" -nunca mejor dicho-; el placer de sugerir, de adelantar aquello que deliberadamente no ha de completarse es el propósito de una pequeña pieza en papel: en la economía de trazos, en la síntesis se reconoce a un dibujante; en la economía de palabras, en el ágil uso de la elipsis se encuentra con mayor frecuencia la lucidez; no obstante, la obra escrita de Grass pertenece a esa clase de obras que Borges llamaba tumultuosas, repletas de escenarios y personajes, más cercanas a la tradición novelística del siglo XIX que del nuestro, con la debida excepción de Thomas Mann, y es porque intenta rescatar para la imaginación un mundo perdido. Dibujar es medir, deslindar un espacio: dar forma; narrar es imaginar una forma para un mundo caótico. La densidad de ideas sugerentes en sus novelas se resuelven en la aparente facilidad de sus dibujos.

Ambas prácticas, obra literaria y su trabajo en la plástica, tienen como centro y guía la ironía, un sentido del humor agresivo, un arma crítica que en su obra escrita subraya y matiza, al mismo tiempo, un doble sentimiento de frustración e inutilidad con respecto a las acciones humanas; en toda su obra Grass ejerce la crítica como un proceso de readaptación de clásicos alemanes que le permite deslindar entre lopermanente en la narrativa y aquello que se debe al gusto de la época; y no sólo se conforma con hacer ese ajuste, sino que toma de su tradición poética aquello que sirva para aquí y ahora; desde ese punto imaginario, donde los tiempos corren a la velocidad de la novela, Grass se permite valorar los acontecimientos actuales, así como poner en los términos más claros aquellos problemas a los que se enfrenta el hombre contemporáneo para ofrecer no una salida, pero sí un planteamiento narrativo que responda apropiadamentre a esa situación.

Si no resuelve el conflicto de sus personajes, y sólo plantea dudas -y a veces incluso puede ser realmente insidioso, como en su visión pesimista de la Alemania reunificada- que hacen enloquecer a los críticos alemanes, se debe a que, como buen escritor, jamás pretende que su obra tenga una utilidad social directa -el escritor no interfiere en las tareas del teólogo, el predicador, el economista o el sociólogo-, su función "de tiempo en tiempo puede hacernos un poco más conscientes de los profundos e innominados sentimientos que forman el sustrato de nuestro ser y hasta los cuales calamos raramente, pues nuestras vidas son una continua evasión de nosotros mismos y una evasión del mundo visible y sensible" (T. S. Eliot); las novelas ofrecen posibilidades, conjeturas, no es fácil deslindar una posición ética y política. En una novela de Grass nada es conclusivo salvo la permanente desconfianza contra todo aquel que pretenda unificar las distintas formas de ver la vida, y estar alerta contra las simplificaciones que dividen la conciencia, los titubeos, las contradicciones con un muro que pretende tener de un lado lo bueno y del otro lo malo, contra ese muro ha luchado Günter Grass durante toda su vida y hoy, por fin, recibe un merecido homenaje.

Daniel Rodríguez Barrón es ensayista. Publica en "El Semanario" del periódico Novedades y Viceversa.

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