etcétera el país el mundo dinero columnas
gente medios ensayos mañana
tianguis libros cultura espectáculos
dinero

cuentas claras
Lo que sobra son promesas
Que cumplan aunque sea la mitad
Sólo que hagan magia

Enrique Contreras Montiel

 

 

 

 

 

dinero

Los salarios como amenaza

Ricardo Becerra

El viernes pasado escuchamos una escalofriante declaración de Armando Baqueiro, director general de Investigación Económica del Banco de México, quien reiteró un "llamado a quienes están involucrados en las negociaciones salariales y tomen en cuenta que si se equivocan en sus percepciones, puede resultar costoso" (Reforma, 1 de octubre). El encabezado del periódico era más elocuente: "Preocupa a Banxico las alzas salariales". Antes, en bocas empresariales, habíamos escuchado argumentos parecidos: "Algunos efectos de incrementos salariales altos son: debilitamiento de la planta productiva, presiones inflacionarias, reducción de plazas laborales y desempleo; además de que un aumento en los salarios puede sacar a México de la competencia internacional" (R. Winkler, del Centro de Estudios del Sector Privado).

Algo anda muy mal en nuestra macroeconomía, si los salarios deben ser permanentemente, en cualquier fase del ciclo, el elemento de sacrificio en la tabla econométrica del gobierno. A nuestros funcionarios y a las cúpulas empresariales les preocupan las alzas de salarios por el efecto que tienen en la inflación. Razonan así: a mayor poder de compra, mayor demanda de productos, mayor presión y riesgo de que los precios suban. Y como la inflación es el gran enemigo entonces, trabajadores y asalariados, más vale aguantar el víacrucis, conteniendo las demandas propias.

En una nuez, ese es el razonamiento dominante en el gobierno. En ese esquema mental y económico, los bajos sueldos no son sólo una desgracia sino una condición, un instrumento, de la desinflación.

Si se me permite un lenguaje pasado de moda: aquí se revela el carácter clasista del modelo macroeconómico. Nos dice el señor Baqueiro que los salarios deben aumentar exclusivamente en función de la inflación esperada. Pero su aserto no se justifica, ni por la oportunidad temporal ni por las cifras disponibles. Veamos.

Su aseveración es inoportuna porque México no viene de un despegue sostenido del salario, todo lo contrario. Es muy difícil sostener que en el último lustro los salarios han presionado a la inflación, pues llevamos cinco años de pérdidas en el poder adquisitivo de los mínimos; convengamos en que la pérdida es cada año menor, pero sigue siendo eso: una pérdida.

En 1999, un incremento de 13% de los salarios mínimos, por ejemplo, implicaría otra pérdida de su poder adquisitivo (la inflación rondará el 15). ¿No sería correcto aceptar incrementos moderadamente mayores al tiempo que se buscan otras variables para la contención de la inflación?

Pero además, desde otro ángulo, las propias cifras oficiales (INEGI) muestran que en los años posteriores a la crisis la productividad media del sector manufacturero registró incrementos mayores a 3%, mientras que las remuneraciones medias reales presentaron dos retrocesos y en 1998 apenas aumentaron 2.6% (ver gráfica). Es decir, los aumentos en la productividad no se corresponden con los aumentos en los sueldos como mandarían su propia teoría y su retórica.

El asunto es éste: los salarios son los verdaderos condenados de nuestra macroeconomía; ¿no es hora de pensar en otro orden de factores y variables?, ¿no habría que poner la productividad en el corazón de la estrategia de crecimiento, y no jugar al mago econométrico cuyos equilibrios funcionan sólo si se somete, sistemáticamente, el ingreso de millones?, ¿no hay que pensar en otra macroeconomía, equilibrada sí, pero menos injusta y más atenta a sus consecuencias distributivas? Se acabó el espacio, Banxico insiste. Hay que volver a esa discusión.

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores