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textos La disputa por Cataluña Ciro Murayama
El domingo 17 de octubre habrá elecciones autonómicas en Cataluña, en las que se renovará el Parlamento de esta importante comunidad española y, con él, se definirá quién estará al frente de la Generalitat en los siguientes cuatro años. Cataluña es clave porque su resultado electoral puede modificar sustancialmente la correlación de fuerzas políticas en toda España de cara a las elecciones generales del 2000 y, así, el perfil y sello del siguiente gobierno. Esta situación es factible porque, por primera vez en dos décadas, realmente está en juego la presidencia de la Generalitat, ocupada desde hace 19 años por Jordi Pujol, un estadista que ha protagonizado, desde los días de la transición, el proyecto de Cataluña, a tal grado que en ocasiones llegan a confundirse como una misma cosa los intereses de Pujol y los de la comunidad que gobierna. Pujol ha mantenido siempre una línea política que genera estabilidad para España a cambio de obtener competencias regionales cada vez amplias en materias de educación y sanidad. La gestión de 30% de los ingresos recabados en el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas (IRPF), es sólo un ejemplo. A su vez, esos avances en la descentralización de las competencias del gobierno central hacia Cataluña han acabado beneficiando al resto de las autonomías españolas. La fuerza de la Generalitat, o de Pujol, para materializar esos "triunfos frente a Madrid" ha radicado, en los últimos años, en la composición de las Cortes Generales. Desde que en 1993 desapareciera la mayoría absoluta en el gobierno, que Felipe González había mantenido desde 1982, fue necesario contar con los votos de Convergència i Unió (CiU), el partido de centro derecha de Cataluña, para constituir el gobierno central. Más aún, en 1996 la minúscula diferencia de preferencias ciudadanas entre el Partido Popular y el PSOE obligó al equipo de José María Aznar a recurrir al apoyo del nacionalismo catalán, incluso cuando uno de los ejes de la campaña del hoy gobernante se centró en criticar los pactos de González con los nacionalismos pues, a su entender, ponían en peligro la cohesión del país. El último episodio donde Pujol se mostró como el fiel de la balanza en la política nacional consiste en el incremento de las pensiones no contributivas. El debate inició cuando, desde Andalucía, el socialista Manuel Chaves decidió aumentar, con recursos de esa sureña comunidad, el ingreso de las personas mayores que no habían cotizado. El gobierno central reaccionó criticando la medida, tachándola de inconstitucional y, cuando el debate subió de tono y cobró marcado tinte electoral, Pujol apareció en escena aprobando una medida semejante para los pensionistas catalanes: fue entonces cuando Aznar, solo en su negativa, cedió y anunció un aumento generalizado en toda España. El rival de Pujol es Pasqual Maragall, quien fue alcalde de Barcelona por 12 años, dejando méritos que van desde la reordenación urbana hasta la celebración de unos juegos olímpicos que le ganaron el reconocimiento de propios y extraños. El prestigio de Maragall se combina con el abandono del PSOE del poder en Madrid, y ese puede ser un factor importante en el razonamiento de los electores. Ha sido común que el PSOE gane siempre en Cataluña cuando se trata de comicios generales, pero que pierda en las elecciones autonómicas. Este comportamiento de los votantes parece justificarse así: votar por un partido que no gobierne en Madrid para obtener mayores recursos para Cataluña, pero al decidir el rumbo del país se decanta como de izquierda. Actualmente, además de que el gobierno está en manos de la derecha, es socio de CiU, y haber pactado con un partido que se opone a las reivindicaciones del nacionalismo catalán se puede pagar en las urnas. La plataforma PSC (Partido Socialista de Cataluña)-Ciutadans pel Canvi, que arropa a Maragall, ha acortado 16 puntos frente a CiU en las encuestas, y aunque esta última se mantiene como ganadora, las dos semanas de campaña electoral que aguardan pueden acabar con una tradición de centro derecha en el gobierno catalán y, a la vez, dejar sin garantía de apoyo parlamentario al PP en el 2000. Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realiza estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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