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Conquistas, o privilegios
Nuevos pactos, viejo sindicalismo

Claudio Jones Tamayo

El corporativismo sindical en México invariablemente se asocia al control político, a la movilización electoral de obreros y empleados públicos y hasta a la corrupción de líderes. No es menos cierto, sin embargo, que una economía protegida en proceso de industrialización y un sistema presidencialista basado en la hegemonía de un partido socialmente incluyente, también se beneficiaron durante décadas del control sindical o, si se quiere, del acotamiento de las demandas salariales. Más aún, para bien o para mal, los sindicatos y las grandes confederaciones pugnaron por una agenda de reforma social en la que nuevas políticas e instituciones dedicadas al bienestar social cuadraron perfectamente. Todo ello era parte importante del intercambio implícito en la "alianza histórica" que vinculaba, en un pacto corporativo, a obreros y gobiernos postrevolucionarios desde los años 30. Hoy que el país se democratiza y la economía se transforma, apenas si vale preguntar por un sindicalismo que, como el dinosaurio en el gran cuento de Monterroso, despierta cada tanto para verse tendido a la mitad del vertiginoso devenir nacional.

Y es ahí donde vale recordar y reconocer los intentos de líderes y organizaciones sindicales por ascender en la escala del desarrollo político, en su afán por acercarse siquiera a donde algún día estuvieron, es decir, en la vanguardia histórica de la lucha por la democracia y los derechos individuales en múltiples países. De tal suerte, algunos sindicatos han tratado de pasar de la simple retórica de las conquistas sindicales (en un país donde al menos la mitad del empleo carece de mínimos derechos, trabajo productivo y remuneraciones suficientes) a las propuestas de avanzada en materia económica y política. Por eso es que a más de tres décadas de 1968 y a más de cuatro de la insurgencia sindical en tiempos ruizcortinistas, vale la pena preguntar si los sindicatos tienen un lugar relevante en el espacio de la reinvención política mexicana de fin de siglo. ¿Es que ya han despertado o simplemente todavía están allí, a punto de bostezar?

El sindicalismo emergente de nuestro país, quizá más democrático pero ciertamente más autónomo respecto del régimen, se ha abierto paso políticamente por lo menos desde la creación de la Unión Nacional de Trabajadores (UNT) hace un par de años. Y no es casualidad. La tendencia hacia la autonomía política de los sindicatos nacionales de la industria y los servicios se expresó desde hace décadas. No sólo en los intentos de telefonistas, electricistas y otros más (ferrocarrileros, maestros, médicos, etcétera) por reestructurar el andamiaje del movimiento obrero sino su tentativa -unas veces exitosa, otras no tanto- por tener dirigencias y agendas sindicales autónomas. Como muestra está el planteamiento de un pacto solidario entre telefonistas y electricistas del SME en 1960. En aquel tiempo, y en ocasión no solamente de pugnas contractuales sino de dirigencias no reconocidas por el gobierno, sindicatos hermanos decidieron apoyarse al grado de poner de por medio la huelga solidaria (invocada sólo para apoyar las demandas del otro sindicato).

Ahora, las organizaciones hermanas de telefonistas y electricistas plantean un nuevo pacto. En esta oportunidad, y a nombre de la UNT y del llamado Frente Sindical Mexicano, estos gremios plantean un "pacto de acción y unidad sindical" para crear un frente por "la reforma social y democrática del Estado", la autonomía sindical y, en fin, para oponerse a toda clase de privatizaciones -léase industria eléctrica, educación pública (¡?), seguridad social- y desde luego a la corrupción y al corporativismo. Más que un bostezo, pareciera que el sindicalismo despierta, con no pocas banderas y negativas contundentes.

Una vez más puede decirse que los sindicatos nacionales autónomos por intentos no han parado, tanto en el pasado como en el presente. Pero difícilmente puede decirse que hayan logrado convertirse en actores centrales de esta sociedad en vilo, que transita a tumbos a lo que parece ser un orden democrático y en medio de enormes problemas para remontar el crecimiento económico, disminuir la desigualdad y devolver seguridad a sus ciudadanos. Entre otras cosas, la razón yace en el hecho de que históricamente los obreros organizados han sido realmente protagónicos cuando se han colocado al frente de luchas que abarcan a la sociedad en su conjunto. Tal vez ocurrió que entonces -en medio del fragor de las luchas de los siglos XIX y XX- la clase trabajadora se defendía en sus intereses y derechos más esenciales y al hacerlo estaba defendiendo verdaderos proyectos y demandas históricas como el sufragio universal, la socialdemocracia, el Estado de bienestar, etcétera. Uno preguntaría: ¿dónde están aquellos líderes de antaño? ¿Qué se hicieron los constructores de organizaciones nuevas y autónomas?

Hoy, no basta mezclar una visión casi exclusivamente particularista (la defensa de "conquistas" y derechos en los contratos colectivos) con un discurso de derechos sociales y soberanía nacional para llegar a emprender una estrategia política de avanzada (por cierto, por más que busco a los privatizadores de la educación pública no los encuentro). Nuestro nuevo sindicalismo tendrá que hacer algo más que abrazar consignas y gallardas banderas para entrar en esa congestionada vía rápida a la heterodoxia hoy conocida como "tercera vía". El destino del sindicalismo en otras latitudes así parece confirmarlo. Y más cuando el movimiento obrero requiere aliados e interlocutores significativos en la sociedad civil, el sistema de partidos e incluso en el propio gobierno si es que quiere obtener grandes negociaciones, generar apelaciones en torno a grandes consensos y fortalecer nuevas coaliciones de poder político.

Claudio Jones Tamayo es investigador asociado del CIDAC. Correo: cgjones@ibm.net. Sitio: www.cidac.com

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