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cárdenas En el año doce
Ciro Gómez Leyva
Llevo 12 años leyendo y escuchando que Cuauhtémoc Cárdenas es el regressus ad originem de nuestras taras. Presupongo que quienes lo dicen y escriben representan, según las leyes del equilibrio de contrarios, el progressus ad futurum democrático, social, cultural, económico, global. Doce años leyendo y escuchando cómo los pensadores distinguidos se esmeran en la composición del réquiem de quien alguna vez fue el candidato de la esperanza. Pero algo ocurre entonces, no sé qué es, no lo entiendo y creo que ni sus más furiosos e inteligentes críticos lo han sabido explicar. Como cronista me he limitado a repetirlo desde hace 12 años: tantas veces lo mataron, tantas que resucitó; y mírenlo, el aspecto de un fantasma, sí, pero se mueve, saluda desde su elegante traje azul marino, beige o pistache. Doce años leyendo y observando. Concluyo, por descarte, que si algo diferencia a Cuauhtémoc de los políticos mexicanos de primera línea que han ido quedando en el camino es que él conoce los secretos de la supervivencia, sabe cómo manejar el tiempo. Y no puedo dejar de reír, complacido, cada vez que sus críticos furiosos e inteligentes fallan en el pronóstico y se retuercen de rabia, inventando las futuras desgracias que ocasionará el señor del regressus ad originem de nuestras taras, incapaces de aceptar que las hipótesis patibularias terminaron enredadas en una maraña insuperable. Inventan paradigmas para explicar lo inexplicable, pues Cárdenas ha vuelto a sobrevivir. Rara vez conceden que sus pronósticos fueron una incoherencia, un disparate, así que retornan a las catedrales a preparar el próximo réquiem. Si el FDN cardenista rozó el poder en 1988 fue gracias a la petulancia y descuidos del PRI; si el PRD no se extinguió después de las elecciones federales del 91 fue porque el régimen le perdonó la vida; Cuauhtémoc, cartucho quemado, no se retiró tras el fracaso de 1994 por ceguera, egoísmo y una enfermiza sed de poder; si ganó en el 97 fue por la entusiasta irresponsabilidad de los capitalinos. Sólo entonces tomo conciencia de que Cuauhtémoc ha logrado sobrevivir. Es el juego del gato y el canario, del coyote y el correcaminos. Doce años. El réquiem necesita un difunto, es la suma de episodios en la liturgia de la misa de difuntos. Doce años después el siglo se nos va con el debate sobre una alianza opositora. ¿Quién es el personaje estelar (o coestelar, si se prefiere) en este capítulo, el número 100 o 200 en estos 12 años? Cuauhtémoc Cárdenas, naturalmente. Con sólo 12 puntos de preferencia en las encuestas, pero es Cárdenas. Con un discurso simplón y desesperante ("Yo no quiero ser Presidente", "Haré lo que me ordene mi partido"), pero es Cuauhtémoc. Leo a los analistas. Como Fox tiene tres veces más preferencias que Cárdenas debe ir a la cabeza, y Cárdenas en el cabuz; le toca el bronce, el monumento, que es, según Jesús Silva Herzog-Márquez, el lugar en donde anhelaría terminar. ¿Carecen de sentido estas valoraciones? No, son perfectas, lógicas. Es sólo que cuando leo una cadena de esas notas inflamadas en contra el hombre del regressus ad originem de nuestra estupidez repaso a mis propios clásicos, a Le Bon por ejemplo ("Las observaciones colectivas son las más erróneas de todas") y salgo en busca del mítico Cuauhtémoc que, muy quitado de la pena, encoge los hombros y responde que cada quien decide qué hacer con su vida. Marzo de 1994, en un pequeño restaurante de Matamoros, Tamaulipas, famoso por su pan dulce; una campaña presidencial que no despega. Con un acuerdo de 34 puntos por la paz, Manuel Camacho acaba de salir victorioso de San Cristóbal de las Casas. Le pregunto si ha pensado hacerse a un lado para que Camacho se convierta en la cabeza de la transición democrática, como solicita un coro infame disfrazado de opinión público. Responde pellizcando una concha: -Yo no, porque lo sigo viendo como a un hombre del sistema. El dice que tiene lealtad a Carlos Salinas. Quien le tenga lealtad a Carlos Salinas, le tiene lealtad a este sistema de manejo patrimonialista de recursos, de autoritarismo, de corrupción. Dos meses después, en el autobús de campaña camino a un mitin minúsculo en Unión de Tula, Jalisco, apenas una semana después del debate de horror con Diego Fernández de Cevallos y Ernesto Zedillo. Todavía en el uno-dos-tres-cuatro-cinco-seis-siete-ocho de la cuenta de protección, le digo que ya no hay nada que hacer. Pide café, está de buen humor: -No es la primera vez que nos dicen que hemos desaparecido. Es una campaña muy similar a la que vivimos tras de la elección federal de 1991 o de la de Michoacán de 1992. Lo cierto es que los ataques vienen cuando sienten que hay fortaleza de este lado, porque sólo dos sobrevivimos al debate. Enero de 1996, acaba de regresar de Chiapas, fue a recoger un mensaje del EZLN para difundirlo a todo el país; los críticos afirman que en su ruina política no le ha quedado más que aceptar convertirse en vocero de los zapatistas. Le digo que algún despistado escribió que podría ser candidato al gobierno del DF en las elecciones de julio del 97. En paz consigo mismo, la mirada serena, la corbata finísima, el traje impecable, contesta: -Yo tengo un compromiso conmigo y con mi familia de seguir buscando el cambio democrático en el país, seguir empujando para que en México lleguemos algún día a vivir en una democracia. No me estoy planteando ser candidato. No está descartado, pero no me lo estoy planteando. Espero que el partido tenga muchos candidatos, los mejores candidatos para todas las posiciones que tengamos que buscar de aquí al 2000 y más allá del 2000. Abril de 1999, una semana de perros, horrible: la dolorosa, vergonzante retractación en el capítulo del encuentro con Carlos Salinas de Gortari en 1988; los insultos enloquecidos de un Porfirio desmesurado, amnésico, asesorado por quién sabe quién, obsesionado con quién sabe qué; la secuela del desastre electoral del PRD, el resurgimiento de un fiero anticuauhtemismo en los medios electrónicos, el derrumbe en las encuestas, los programas de gobierno que no marchan, y la ciudad insaciable que no perdona, con sus pipas de gas y sus plantones criminales. ¿Se acabó Cuauhtémoc Cárdenas?, le pregunto. -No sé cómo están las encuestas en este momento -se zafa-. Pero es lógico que cuando hay candidatos declarados que entran en contacto con la gente se da una resonancia que impacta en las encuestas. Quisiera que las cosas fueran siempre mejor. Creo que todo mundo quisiera estar siempre en la mejor posición posible. Pero, repito, todavía no estamos en tiempos de campaña. Tantas veces lo mataron, tantas que resucitó. Y aquí estamos, en el año 12 de la era de Cuauhtémoc. Los analistas, estoy seguro, preparan una nueva mortaja. Yo cuento historias y hago preguntas, y con fortuna incalculable he estado en todos los zócalos de Cuauhtémoc, en el 6 de julio I y el 6 de julio II; en La Laguna, Barroterán, la Selva Lacandona; en las entrevistas de televisión, en los mítines de medianoche con los petroleros de Salamanca o en los camiones incómodos en los que le da la vuelta al país, por eso estoy más interesado en la agenda de la próxima semana que en esos cantos mortuorios que, otra vez, salen de las catedrales. El trabajo de ellos, los analistas, es tratar de explicar y hacer pronósticos; el mío es contar, preguntar y recordar. Ellos tienen un profundo respeto por el método, las variables y las hipótesis; yo por los seres sobre los que escribo. Por eso he visto, y veo a un Cárdenas distinto. Los señores del progressus ad futurum lo enjuician y condenan; algunos de los que hemos viajado a pie con él pensamos que tiene un conocimiento sofisticado de la política y de la sociedad, de las causas profundas y, especialmente, de los tiempos muertos. Quizá dentro de 15, 20 o 30 años, cuando Cárdenas ya no esté entre nosotros y su nombre excite menos a los herejes, los analistas podrán pensar que en esta siniestra y a la vez maravillosa década prolongada, la que empezó en 1987, hace 12 años, el único personaje público que pareció decirnos que la vida no se acababa en una tarde se llamaba Cuauhtémoc Cárdenas. Por eso, pienso, los críticos nunca se lo pudieron engullir. Episodio tras episodio terminaban viéndose tan grotescos como el coyote de las caricaturas, aquel que perseguía en el desierto a un correcaminos que tenía por discurso un rústico bip-bip. Han errado consecutivamente durante 12 años. Pero no parece importarles. Si mañana Cárdenas pierde otro punto en las encuestas, o si surge otro documento o testimonio que demuestren que no es tan escrupuloso, honesto o democrático como pregona, bordarán un nuevo axioma para probar que, ahora sí, agoniza. Creo que Cuauhtémoc los excita demasiado. Sólo así me explico que mentes tan privilegiadas fallen con semejante recurrencia y olviden criterios tan elementales de la reflexión. Por ejemplo, que el mejor trazo se logra mirando pormenorizadamente, no en abstracto. O que el estilo debe ajustarse al objeto, y no al revés. O que escribir, pensar, es un proceso de aproximación cautelosa, no una violación tumultuaria. Ciro Gómez Leyva es editor en jefe de Milenio. Director editorial y de Noticias de CNI/Canal 40. |
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